Mi querido enemigo CAPÍTULO 28.
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CAPÍTULO 28.

LOGAN.

El tráfico por el centro de la ciudad parecía, en ocasiones, obra del mismísimo demonio.

¿Cómo era posible avanzar solo tres manzanas en veinte minutos?

Me prometí no volver a votar al mismo alcalde, pues los atascos iban in crescendo , la ciudad parecía estar siempre en obras y, por si fuera poco, aquel hombre me caía cada día peor.

Afortunadamente, solo me faltaban un par de calles por atravesar antes de llegar al elegante edificio donde vivía Alexandra.

Desde la visita de aquel esperpéntico abogado en mi despacho del club, había necesitado un par de días para decidirme a aparecer en su casa sin avisar, pero me veía empujado a ello después de todos los mensajes que le había enviado sin obtener respuesta por su parte.

Tampoco contestaba mis llamadas, por supuesto, ni me las devolvía.

Su actitud me desconcertaba. Comprendía que hubiese decidido cortar por lo sano conmigo, pero…

¿retirarme la palabra? Me parecía excesivo; excesivo e irritante.

Divisé a lo lejos un pequeño espacio para aparcar justo enfrente de su casa, lo que podría calificarse como una especie de milagro.

Aceleré hasta tomar posesión del sitio e inicié las maniobras de aparcamiento a pesar de que el vehículo de delante, un brillante BMW color plateado, estaba tan separado de la acera que me dificultaba la tarea.

—¡Idiota! —murmuré dirigiéndome al desconocido dueño del BMW tras apagar el motor.

Me observé en el espejo retrovisor antes de salir del coche y enseguida me encaminé hacia el portal mientras comprobaba la hora en el reloj del móvil: las ocho y cuarto de la tarde.

¿Y si no estaba en casa? Aún tenía sus llaves, pero no me parecía correcto entrar al ático sin su permiso.

Quizá hubiese sido mejor acudir a su oficina en horario laboral, aunque intuía que su secretaria, esa que parecía odiarme con saña, me impediría el paso.

Notaba que el corazón me latía apresurado, casi al compás de mis pasos, y acabé por detenerme en mitad de la calle, algo dubitativo.

Fue en ese preciso instante cuando vi salir a Alexandra del portal acompañada de un hombre moreno y bastante fornido que portaba una gigantesca carpeta, de esas que suelen llevar los arquitectos.

Mi estómago se encogió de inmediato; no esperaba que estuviera acompañada, y menos por alguien así.

Quise desaparecer, volverme invisible, pero los dioses no escucharon mi deseo puesto que Alexandra se percató al instante de mi presencia, deteniéndose y mirándome con fijeza.

Segundos después, reaccionó y se acercó a mí con gesto inexpresivo.

Podría estar contenta de verme o todo lo contrario, imposible saberlo con seguridad.

—Logan…

—¡Hola! —saludé tratando de aparentar calma.

—¿Qué haces aquí?

—He venido a hablar contigo, como no me coges el teléfono…

—aclaré mientras el hombre de la carpeta se dedicaba a consultar con disimulo su móvil a unos cuantos pasos de distancia.

Vestía con estilo y era atractivo, con un hoyito en la barbilla bastante marcado.

Lo odié con toda mi alma; era obvio que Alexandra no perdía el tiempo.

—Me pillas en mal momento —dijo ella mirando de reojo a su acompañante, que aprovechó para acercarse antes de decir:

—Alexandra, te espero en el coche, ¿te parece?

—¡Claro, ahora voy! —respondió ella, algo incómoda quizá—. Por cierto, Robert, este es Logan, un antiguo compañero de instituto —añadió señalándome e improvisando así una especie de presentación.

—¡Encantado! —declaró el tal Robert dedicándome una sonrisa cortés. Por un momento mi cabeza me jugó una mala pasada e imaginé a aquel tío besándose con Alexandra. Juro que tuve ganas de pegarle un puñetazo en toda la cara.

—Igualmente, encantado… —me obligué a contestar educadamente antes de que el hombre se dirigiera al BMW plateado que me había dificultado la maniobra y entrara en su interior.

Mi odio hacia él se multiplicó por dos, pero no era ni la mitad del que sentía en esos momentos por Alexandra, por mucho que le tuviera tanto que agradecer—.

Bueno, veo que estás ocupada, así que seré breve —dije dirigiéndome ya a ella, que me miraba con expresión expectante—.

Quería darte las gracias por tu… por lo del club, aunque debes saber que jamás hubiese aceptado si no me hubieras forzado a ello.

—Lo sé… —admitió cambiando el peso de una pierna a otra, como si para ella aquel encuentro también fuese un poco embarazoso.

La estudié sin demasiado disimulo, desde el gesto sombrío de su rostro hasta los ceñidos vaqueros que llevaba y que le quedaban increíblemente bien. No recordaba que fuera tan imponente, o sí, solo que prefería olvidarlo.

—¿Por qué lo has hecho? —Me sentía incapaz de irme de allí sin obtener una respuesta; necesitaba dejar de dar vueltas a aquella cuestión.

—¿Qué más da el porqué? —preguntó a su vez encogiéndose de hombros—. Además, aunque no te lo creas, ni siquiera lo tengo del todo claro —agregó bajando la voz a apenas un susurro.

¿Qué tipo de respuesta era aquella?, ¿y por qué sentía esas irresistibles ganas de… besarla?

—Si me lo dices así, tendré que creerte…

—Tengo que irme —anunció tras echar una rápida ojeada al odioso BMW plateado, recordándome de esa manera que ni estaba sola, ni tenía tiempo para mí. Reconozco que el gesto me provocó un latigazo de dolor en algún punto cercano al corazón.

—De acuerdo… ¡Adiós! —musité introduciendo las manos en los bolsillos de los pantalones, tratando de mantener la compostura.

No me apetecía que se percatara del intenso ataque de cuernos que estaba padeciendo y que, de pronto, me recordó a un episodio del pasado en el que una Alexandra adolescente se besaba en la fiesta de graduación del colegio con otro chico.

¡Dios!, ¿fue eso lo que me ocurrió?, ¿celos?

No era el mejor momento para pensar en tan rocambolesca idea, desde luego.

—Adiós —repitió ella tras permanecer unos segundos en reflexivo silencio. Después giró el cuerpo y se encaminó hacia el BMW.

—¡Alexandra!

La llamé dejándome llevar por un súbito impulso; algo me decía que no debía dejar que se marchara así. Ella se dio media vuelta con expresión de sorpresa.

—¿Qué…?

—¿De verdad quieres dejarlo así?

Me negaba a creer que aquello fuese el final; era una idea demasiado deprimente.

—Sí, es lo mejor —dijo moviendo con sutileza la cabeza de forma afirmativa, como si de esa manera quisiera enfatizar su respuesta. Me pregunté si para ella sería tan fácil pasar página como estaba dando a entender. Mi mirada se dirigió de manera involuntaria al conductor del BMW.

—No te entiendo, de verdad, ¿cómo puedes ser tan fría?

—pregunté dando rienda suelta a la exasperación que, hasta el momento, había logrado contener—.

¿De verdad que no me vas a dejar explicarte exactamente lo que ocurrió?

—añadí mirando a mi alrededor con gesto de impaciencia, consciente de lo extraño que era mantener una conversación de semejante calibre en mitad de la calle, rodeados de transeúntes que iban y venían.

—Ahora ya no tiene demasiada importancia —contestó con resquemor, dando muestras, por fin, de que mi presencia no le era tan indiferente como quizá pretendía demostrar—.

Al fin y al cabo, tú mismo has dejado bien claro que no teníamos ningún compromiso.

Quizá sea el momento de que tú sigas con tu vida, y yo con la mía.

—¿De verdad tiene que ser todo tan drástico…? Además, te juro que no he tenido nada con Carolyn desde que lo dejé con ella, si es eso lo que te preocupa.

—A mí ya no me preocupa nada —replicó ella de inmediato con altanería, prácticamente escupiendo las palabras.

—Pues no lo parece…

—Oh, vamos, Logan, ¿se puede saber qué demonios quieres de mí?

La pregunta quedó flotando en el aire. Ninguna respuesta me parecía adecuada y, de pronto, las palabras se bloquearon en mi garganta.

—Ahora sí que me tengo que ir…

—¡Espera! —exclamé avanzando un paso hacia ella—. ¿Y tú?, ¿qué quieres tú de mí?

—Nada, ya nada… —contestó con expresión sombría tras considerar la cuestión durante unos instantes. A continuación, se alejó para introducirse en el interior del BMW.

Me quedé observando al plateado vehículo hasta que desapareció de mi vista, confundido entre el resto del tráfico.

ALEXANDRA.

Tuve que hacer un auténtico esfuerzo de contención para no dar media vuelta y regresar junto a Logan, pero si no aspiraba a tener algo serio conmigo, lo más sensato era dejarlo ir.

Además, mi acompañante llevaba un buen rato en el coche esperándome, seguramente sorprendido con la escena.

Robert era el arquitecto que había realizado la vanguardista obra interior del edificio donde estaba ubicada la sede de ScarCompany, así como la impresionante reforma de mi casa, y aunque nuestra relación era estrictamente profesional, entre nosotros existía una corriente de mutua simpatía que se iba incrementando con el paso del tiempo.

Aquel día fui yo quien propuso tomar algo juntos tras una larga visita en la que me había mostrado los planos de lo que constituiría mi nueva casa en las afueras de la ciudad.

—Disculpa… —me excusé, apurada, en cuanto accedí al coche por la puerta del copiloto.

—No te preocupes, he aprovechado para contestar un par de correos —respondió dedicándome una sonrisa amable y arrancando a continuación el motor para desaparcar el vehículo con ciertas dificultades.

El hombre era un encanto, pero conduciendo tenía pinta de ser un auténtico desastre—.

¿Va todo bien…? —preguntó a continuación, extrañado, quizá, por la seriedad que reflejaba mi semblante.

—No… Digo, quiero decir, sí —rectifiqué de inmediato, haciéndome un lío con las palabras. No podía evitar que el breve encuentro con Logan me hubiese afectado más de la cuenta.

—No parece que lo tengas demasiado claro… —comentó él en tono de guasa, pretendiendo, quizá, suavizar la tensión que mi actitud desprendía.

—Bueno, es que no esperaba encontrarme a mi… amigo.

—Ya… —musitó el arquitecto mirándome de reojo, como si quisiera preguntar algo más pero no se atreviera.

—En realidad no es mi amigo… —admití dejándome llevar por el extraño impulso de sincerarme con él.

—¿Tu novio? —preguntó de inmediato con una sonrisa cómplice.

—Él nunca ha querido ostentar ese título —aclaré encogiendo los hombros de manera inconsciente.

—¿Y eso?, ¿por qué?

—No lo sé… —admití tras unos segundos—. Puede que no le guste lo suficiente… o quizá, sencillamente, no cree en los compromisos amorosos.

—Vaya… —murmuró Robert, apartando un instante la vista de la carretera para observarme con curiosidad—. Aunque, por cómo te miraba, yo descartaría la primera opción.

—No lo tengo tan claro… —musité mientras revisaba con disimulo el móvil por si recibía algún mensaje suyo. Nunca los abría, pero había configurado el teléfono para que aparecieran directamente en la pantalla y así poder leerlos.

—¿Sabes? Mi novio era un poco así al principio… —comentó Robert con una media sonrisa traviesa.

Parpadeé, sorprendida. Robert era un hombre atractivo, con ese tipo de encanto que no pasa desapercibido, y más de una vez me había sentido tentada a preguntarle por su vida personal, pero, por alguna razón, nunca lo había hecho.

—¿Tienes novio?

—Sí, se llama George. Creo que te caería muy bien —añadió con naturalidad—. Un día de estos te lo presento...

—Claro, cuando quieras… —respondí, aún algo sorprendida por el giro de la conversación. Era la primera vez que hablábamos de cuestiones personales—. ¿Cómo lo conociste? —pregunté, dejándome llevar por una curiosidad inesperada.

—Es una historia larga… —respondió con una sonrisa—. Te la cuento si quieres, pero luego me devuelves el favor. Me da la impresión de que lo tuyo con ese tal Logan esconde una historia interesante.

—Trato hecho —acepté, riendo.

Tomamos algo juntos mientras la tarde se alargaba casi sin que nos diéramos cuenta, entre anécdotas, confidencias y alguna que otra risa compartida. Cuando finalmente nos despedimos, le prometí mantenerle al tanto de cualquier novedad que pudiera ocurrir con Logan.

Siempre que hubiera algo que contar, claro.