Mi querido enemigo CAPÍTULO 27.
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CAPÍTULO 27.

LOGAN.

Me esforcé por concentrarme en la interminable hilera de cifras que desfilaban por la pantalla de mi portátil, pero no aguanté ni cinco minutos.

Acabé levantándome de la silla con gesto de hastío y me acerqué a la ventana en busca de algo de aire fresco.

Apoyé las manos en el marco y dejé vagar la mirada por las pistas de tenis, donde varios partidos se desarrollaban en ese mismo momento.

Durante unos segundos me limité a observarlos, hasta que suspiré con resignación.

Las cuentas del club tendrían que esperar, pues me sentía completamente incapaz de concentrarme en el informe trimestral que el contable me había enviado para su revisión.

Quizá debería coger los palos de golf y pasarme por el campo de prácticas.

Tal vez golpear unas cuantas bolas consiguiera despejarme, o al menos aliviar esa extraña apatía que arrastraba desde hacía exactamente dos semanas, dos días y unas cuantas horas, es decir, desde aquella noche en la que Alexandra me había dejado, poco más o menos, con la palabra en la boca en la fiesta de William Harcourt.

La había llamado infinidad de veces. Le había enviado mensajes, correos electrónicos… Pero todo era en vano. Jamás respondía.

El hecho de que no quisiera saber nada de mí había convertido mi vida en una sucesión de días difusos y repetitivos, casi idénticos entre sí.

Todo a mi alrededor parecía haber perdido intensidad, como si alguien hubiera decidido amortiguar todo tipo de emoción en el mundo.

Aquella sensación, a medio camino entre la apatía y la frustración, me exasperaba y me desesperaba a partes iguales.

El problema era evidente: la única “cafeína” capaz de sacarme de ese estado estaba, de pronto, fuera de mi alcance. Y esa cafeína tenía nombre y apellido.

Alexandra Bennet.

Volví a maldecir, una vez más, el momento en que se me ocurrió aceptar aquel maldito baile con Carolyn.

Durante un instante, me obligué a darle la vuelta a la situación. ¿Y si hubiese sido al revés?

¿Y si hubiera visto a Alexandra de la mano de otro hombre?, ¿me habría molestado tanto?

La respuesta fue inmediata: por supuesto que sí, y no poco.

El sonido del teléfono móvil me sustrajo con brusquedad de tan tortuosos pensamientos. Descolgué de inmediato al comprobar que la llamada provenía de la recepción del club.

—¿Sí?

—Logan —escuché decir a Kate, una de las dos eficaces recepcionistas—. Aquí hay un señor que pregunta por ti…

—¿Un señor? —pregunté con curiosidad—. ¿Quién es?

—Se trata de un abogado, un tal Jonathan Prescott, por lo que leo en la tarjeta de visita que me ha facilitado.

—¿Un abogado? —Se me empezaron a encender todas las alarmas—. ¿Y qué quiere exactamente?

—Dice que viene de parte de Alexandra Bennet… —aclaró Kate tras emitir un breve carraspeo. Ella también debía estar intrigada con la extraña visita, pues a esas alturas todo el personal conocía de sobra la identidad de la nueva copropietaria del club.

—Dile que suba a mi despacho, por favor. Lo espero.

Me senté de golpe, obligándome a respirar con normalidad. Un abogado. Alexandra iba a cerrarme el club. O quizá era algo aún peor… aunque, sinceramente, no alcanzaba a imaginar qué podía serlo. En cualquier caso, la visita no auguraba nada bueno.

Unos golpecitos en el quicio de la puerta me obligaron a intentar recomponerme para afrontar lo que, sin duda alguna, me venía encima como un vendaval del que era imposible escapar.

—¡Adelante!

Un hombrecillo de mediana edad y aspecto siniestro, vestido de negro riguroso, entró resueltamente en el despacho portando un maletín.

Tenía aspecto de enterrador más que de abogado.

Puede que Alexandra lo hubiese escogido aposta con aquella pinta, dado el cariz de la noticia de la cual sería portador.

—Buenos días, ¿Logan Dawson?

—Sí, soy yo. ¿Y usted es…?

—Jonathan Prescott, abogado personal de Alexandra Bennet —se presentó, alargando su diestra para saludarme con un formal apretón de manos antes de tomar asiento frente a mí.

—Bien, pues usted dirá a qué obedece su visita…

Rogué para que no se notara demasiado el calvario por el que estaba pasando.

—Por supuesto. Traigo de parte de la señorita Bennet un contrato que afecta a ambos como socios del Magnolia Harbor Club.

La confirmación de mis peores sospechas a punto estuvo de paralizarme el corazón. De pronto imaginé la sonrisa de Alexandra, pero ya no era sexy y burlona como yo la recordaba, sino malvada y aterradora. Tuve miedo, lo admito, un miedo atroz a la ruina, al fracaso y al desastre más absoluto.

—¿Qué contrato? Explíqueme, por favor —logré decir con voz algo estrangulada. Prefería pasar aquel trago cuanto antes; ¿para qué alargar lo inevitable?

—Léalo usted mismo, se lo ruego —dijo sacando un fajo de documentos de su manoseado maletín antes de depositarlo sobre la mesa con extremada delicadeza, como si fuesen de cristal y no de vulgar papel.

Tuve que releerlo un par de veces para comprender del todo el significado de aquel contrato. ¡No podía ser!

—Si lo he entendido bien, Alexandra me vende su parte del club por… ¿diez dólares? —pregunté con incredulidad mientras terminaba de asimilar las palabras impresas en el documento.

—Efectivamente, se trata de un contrato de compraventa en el que usted adquiere el 60% del accionariado del club, propiedad de la señorita Bennet, por el precio total de diez dólares —aclaró el lúgubre abogado con una media sonrisa que me pareció un tanto sádica.

De inmediato comprendí que ese hombre se estaba divirtiendo a mi costa.

Probablemente sabía que me tenía al borde del infarto desde que me anunciaron su llegada; era un digno esbirro de Alexandra, desde luego.

—¿Diez dólares…? —repetí tontamente, todavía escéptico y tratando de encontrar la trampa de aquella increíble oferta.

—Efectivamente, ese es el precio. Todos los gastos e impuestos que deriven de la operación correrán a cargo de la señorita Bennet.

—¿Se trata de una broma? ¿Cómo me va a vender su parte por esa cantidad tan ridícula?

—Le aseguro que no es ninguna broma, señor Dawson —dijo el hombre mirando su reloj con impaciencia—. Así que, si está usted de acuerdo, solo tiene que enseñarme un carnet de identificación y firmar el documento…

¡Jesús!, así que… Alexandra pretendía regalarme sus acciones, pero…

¿por qué? Me recoloqué en mi asiento tratando de asimilar las implicaciones de tan generoso gesto.

Recuperaría el club y podría hacer frente a las numerosas deudas familiares todavía pendientes, incluyendo la estratosférica hipoteca de la casa en la que había crecido.

La tentación de aceptar la oferta estaba ahí, pero mi orgullo era demasiado fuerte como para permitirme actuar de esa manera.

—Lo siento —musité negando con la cabeza tras considerarlo durante unos segundos—. No puedo aceptar.

—Como quiera —dijo el hombre en un tono de ligera irritación—, pero si no salgo de aquí con su firma, tengo instrucciones concretas de la señorita Bennet para tomar de inmediato las medidas pertinentes con el fin de clausurar el club.

—Pero… ¡no puede hacer eso! —objeté elevando la voz lo suficiente como para provocar que el repelente abogado arrugara el ceño en señal de reprobación.

—Oh, ¡claro que puede! Usted sabe, mejor que nadie, que la señorita Bennet tiene la mayoría del accionariado…

No entendía nada. O me regalaba el club o me arruinaba. ¿Por qué Alexandra hacía aquello? Se me ocurrían unas cuantas teorías, pero ninguna me convencía del todo.

—Entiende que todo esto es bastante extraño, ¿verdad? —comenté tratando de ganar algo de tiempo. ¡Dios!, ¿qué debía hacer?

—Si supiera usted la de cosas extrañas que he visto en el desempeño de mi profesión… —replicó el hombre mirando de nuevo el reloj tras emitir un hondo suspiro.

—¿Me puede dejar hasta mañana para pensarlo? Prometo darle una respuesta a primera hora.

Necesitaba hablar con mi propio abogado. O con Troy, cuanto antes.

—Lo siento, debe decidirse ahora. Son las instrucciones que he recibido de la señorita Bennet.

¡La señorita Bennet, la señorita Bennet…! Me empezaban a cargar esas palabras.

—De acuerdo, firmaré… —claudiqué sin tener todas conmigo de estar actuando de manera correcta.

—¡No me cabía la menor duda! —exclamó el abogado sonriendo de nuevo de forma siniestra. Aquel hombre me daba cien patadas—. ¿Tiene diez dólares? —añadió frotándose ligeramente las manos en un gesto que me pareció de cierto regocijo.

—¿Diez dólares?

—Sí, para formalizar el pago, claro está.

—¿Tiene cambio de veinte…? —pregunté al tiempo que rebuscaba en mi cartera hasta sacar un billete de ese importe. ¡Jesús!, aquello empezaba a ser kafkiano.

—Me temo que no.

—Pues le tengo que pagar parte en monedas… —dije volcando sobre la mesa toda la calderilla de monedas que llevaba—. Y aquí tiene mi licencia de conducir...

Cinco minutos después, el extraño abogado dio por finalizado el acto y se levantó agarrando su maletín como si fuese un tesoro.

—Bien, pues con esto hemos terminado. Encantado de conocerle, señor Dawson —se despidió alargando de nuevo su diestra con aire de formalidad.

—Lo mismo digo, Sr. Prescott. Y dígale a Alexandra de mi parte que… ¡Déjelo!, ya se lo diré yo mismo —respondí antes de acompañarlo a la puerta.

Sí, mejor se lo diría yo.

ALEXANDRA.

—¡Dime que me estás tomando el pelo! —imploró Paige tapándose la cara dramáticamente con uno de los numerosos cojines que abundaban en el salón de su casa para, a continuación, soltar un par de puñetazos sobre sí misma.

—No te estoy tomando el pelo…

—Pero ¡Alexandra! —exclamó utilizando mi nombre completo, cosa que solo hacía cuando estaba enfadada conmigo—. ¿Cómo diablos se te ha ocurrido regalarle el club?

—No lo quería para nada —dije sin faltar del todo a la verdad. Logan no formaba ya parte de mi vida y prefería deshacerme de lo único que me unía a él.

—«No lo quería para nada» —repitió mi amiga con sarcasmo, poniendo los ojos en blanco—. ¿Pero tú eres consciente del dineral que has regalado a ese… a ese…? —.No parecía encontrar el insulto adecuado—. Mira, no sé ni cómo llamarlo —admitió antes de dejarse caer con fuerza en el respaldo del sofá.

—Oh, venga ya, ¡será por dinero…! Aun así, soy consciente de ello, tranquila, que no soy idiota.

—¿Que no eres idiota? ¡Permíteme que lo dude!

—¡Está bien!, puede que sí lo sea un poco, pero ya está hecho y no tiene vuelta atrás. Y aunque la tuviese, actuaría de la misma manera.

—No te entiendo, Lexi, en serio —musitó mi amiga en tono impaciente—. Ese mal bicho se ha dedicado a jugar contigo mientras, probablemente, seguía liado con su ex… ¿Y tú vas y le haces semejante regalo de despedida ?

—Siendo justos, técnicamente no considero que haya jugado conmigo —objeté tratando de hacer razonar a Paige—. Nunca me prometió fidelidad, ni teníamos compromiso alguno; es más, ni siquiera hablamos de ello…

—¡Eso, tú, encima, defiéndelo! Hay cosas que no es necesario hablarlas, Lexi, se sobreentienden…

—No lo defiendo, solo expongo las cosas tal y como son.

—Pues nada, a partir de ahora, Logan es una especie de santo bendito, y se ha comportado genial contigo, ¡San Logan de Jesús! —exclamó juntando las manos como si estuviera rezando—. ¡Hay que fastidiarse…!

—¡Venga, Paige!, yo no he dicho que sea un santo, ni mucho menos. Pero tampoco lo voy a crucificar por no darme lo que jamás me prometió.

—Detesto que seas tan condescendiente con él…

—En el fondo yo también —admití encogiéndome de hombros—. Y confieso que lo odio con todas mis ganas, aunque el problema es que también lo quiero.

—Pues mejor te iría si lo odiaras más y lo quisieras menos —sentenció Paige con sorna, rebajando un poco el tono de la conversación.

Entendía a la perfección su postura, pues ni yo misma alcanzaba a comprender del todo el porqué de mi decisión.

Había pasado de maquinar una cruenta venganza a actuar haciendo justo lo contrario; era una auténtica locura.

—¿Cuánto crees que me durará esto ?

Por fin me había atrevido a formular en voz alta la pregunta que tanto me martirizaba.

—¿El qué…?, ¿el encoñamiento que tienes con ese cabrón? —preguntó a su vez Paige mirando al techo con desesperación, como si allí pudiera encontrar respuestas a mi actitud—. Espero que no mucho, en serio, porque estoy de hablar de ese tío hasta las narices.

—¡Ojalá…! —exclamé tocando supersticiosamente la madera del suelo, deseando desprenderme cuanto antes de aquel enfermizo enamoramiento que el mismo Cupido parecía haberme inoculado en las venas con especial saña.

—Lo que tú necesitas es correrte una buena juerga y, de paso, buscarte otro ligue. ¿Por qué no vamos este viernes al Purgatorio?

—No sé si estoy para salir por ahí, la verdad.

—¡No seas tonta, pues claro que lo estás! —dijo mi amiga con convicción antes de lanzarme un cojín a la cara como si fuera un bumerán—. Ya tenemos plan para este viernes, acuérdate.

En realidad, no me apetecía estar con nadie más. La imagen de Logan, omnipresente en la práctica totalidad de mis pensamientos, conseguía sofocar cualquier idea al respecto.

Seguía sin comprender cómo lo podía echar tanto de menos cuando había pasado veintisiete años de mi vida sin él.

Un auténtico misterio.