CAPÍTULO 26. #3
—Ese beso ha sido completamente inesperado, te lo juro…
—No. No me expliques nada —me interrumpió levantando las manos—. No hace falta… Y ahora, si no te importa, me voy a casa. Estoy cansada.
Se dio media vuelta.
—Espera —dije adelantándome, bloqueándole el paso—. No te vayas así.
—¿Así cómo?
—Enfadada.
—Tranquilo. No estoy enfadada.
Su tono de voz desmentía sus palabras.
—Vamos, Alexandra… —insistí, sin saber muy bien cómo reconducir la situación—. No te enfades, por favor. Además, si somos sinceros… tú y yo tampoco tenemos exactamente un compromiso.
En cuanto lo dije, supe que había cometido un error, pues incluso a mí me sonó a un argumento vacío, ridículo.
—Muy bien —respondió ella con calma—. No tenemos ningún compromiso. Aclarado el asunto.
Me miró fijamente.
—¿Algo más?
—Alexandra…
—Creo que lo mejor será dejarlo aquí.
Sentí un golpe seco en el pecho, confieso.
—¿Qué quieres decir?
Lo sabía perfectamente, pero me negaba a aceptarlo.
—Que prefiero no volver a verte.
La rotundidad de sus palabras me dejó sin aire.
—Me parece que estás exagerando.
—No —replicó—. Simplemente, no me apetece seguir perdiendo el tiempo con niñatos caprichosos con ganas de marcha.
—¿Cómo me has llamado?
—Lo que has oído.
Me sostuvo la mirada con frialdad.
—Y ahora te dejo con tu novia, exnovia o lo que sea. Pero a mí… me olvidas.
—Vamos
… ¿qué estás diciendo…?
Pero ya no me escuchaba. Se había dado de nuevo media vuelta y se alejaba hacia la salida con paso airado.
Estuve a punto de ir tras ella, pero me detuve en el último instante; intuía que lo más sensato era dejar que las cosas se enfriaran antes de intentar explicarle de nuevo lo de Carolyn, por lo que me limité a observar cómo se alejaba, acompañada por uno de los vigilantes de la entrada, hasta desaparecer tras el portón.
Entonces regresé junto a Troy.
Tenía la garganta seca y las pulsaciones, curiosamente, más lentas de lo normal, como si mi corazón estuviera tratando de recomponerse.
Intenté beber una copa de vino blanco, pero tras un par de sorbos comprendí que ni siquiera el alcohol conseguía aliviar la desagradable sensación que oprimía mi pecho.
Una sensación que, para mi sorpresa, se parecía mucho a la pérdida.
ALEXANDRA.
Arranqué el coche pisando el acelerador con más fuerza de la necesaria y salí del aparcamiento con un brusco tirón que dejó al vigilante que me había acompañado hasta el vehículo visiblemente sorprendido.
Unos segundos después, me obligué a calmarme y reduje la velocidad.
Nunca me había dejado llevar por arrebatos pasionales y no iba a empezar a hacerlo entonces.
Ni siquiera por Logan. Traté de tranquilizarme mientras serpenteaba por las intrincadas calles de aquella compleja urbanización en busca de la salida.
Me sentía otra vez dominada por esa extraña furia contra el mundo que en el pasado había motivado gran parte de mis actos.
¿De verdad había sido tan ingenua como para pensar que Logan Dawson era algo parecido a un novio para mí… ?
La imagen en la que agarraba de la mano a su ex mientras tonteaba descaradamente con ella me seguía golpeando con tanta fuerza que me costaba respirar con normalidad, aunque peor todavía era recordar aquel significativo e íntimo beso sobre la pista de baile.
Por un momento me pregunté si también se estarían acostando, llegando a la inmediata conclusión de que, probablemente, sí.
Un puñal clavado en el pecho me hubiese causado menos dolor.
Empecé a ver borroso y conecté los limpiaparabrisas.
Me llevó unos segundos entender que no era una repentina lluvia lo que nublaba mi vista, sino las lágrimas que brotaban tímidamente de mis ojos.
Me avergoncé de mi propia debilidad y apreté con rabia el volante hasta que los nudillos se quedaron prácticamente blancos.
Me sentía como una auténtica idiota, pues no era Logan quien había tratado de cambiar las reglas de un juego que ya era algo ambiguo desde un primer momento, sino yo.
Él tenía razón. En el fondo, no teníamos compromiso alguno.
Retiré el coche a un lado de la calzada con los cuatro intermitentes encendidos a la espera de poder recomponerme un poco.
Solo me faltaba tener un accidente por culpa de aquel cretino.
Cerré los ojos y me obligué a inspirar y espirar con profundidad durante unos minutos, relajando los hombros y tratando de dejar la mente en blanco tal y como nos enseñaba la profesora de yoga en aquellas aburridísimas clases a las que Paige conseguía arrastrarme de tanto en cuanto.
Me reincorporé de nuevo al tráfico sintiéndome igual de mal que antes, pero al menos había dejado de ser un peligro público al volante.
Conduje la última parte del trayecto hasta llegar a casa con el cerebro funcionando a una velocidad de vértigo, analizando el asunto desde todos los puntos de vista y calculando las probabilidades de todo lo que podía, o no, ocurrir a partir de entonces con Logan.
Reconozco que mi primer impulso fue destruirlo, arruinarlo y quitarle todo aquello que le importara, pero enseguida me avergoncé de tan vengativa idea.
Lo quería demasiado como para causarle daño, aunque la martirizante imagen de aquella rubia, besándolo y agarrando su mano de forma amorosa, me hiciera fibrilar.
Empezaba a comprender que Logan jamás me daría lo que yo quería de él, por lo que más me valía olvidarme hasta de su nombre y seguir mi camino.
Entré en el garaje con el estómago encogido y la moral por los suelos.
Comprendí entonces lo que debió de sentir Ícaro al precipitarse en caída libre antes de estrellarse contra el mar de un golpe brutal.