Mi querido enemigo CAPÍTULO 26. #2
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CAPÍTULO 26. #2

La propuesta me sorprendió, lo reconozco, y aunque detestaba bailar, algo —quizá su sonrisa, tan familiar, quizá la inercia de lo que habíamos sido en el pasado— me hizo aceptar.

Nos incorporamos a las parejas que se movían con lentitud sobre la pista y sus manos se posaron en mi espalda. Yo rodeé su cintura con las mías mientras empezábamos a balancearnos al ritmo de la música.

Durante unos minutos el pasado pareció deslizarse suavemente sobre nosotros.

El aliento de Carolyn rozaba mi mejilla mientras hablaba conmigo en voz baja, preguntándome por mis amigos, por el club, por todo tipo de banalidades.

La escena tenía una intimidad casi peligrosa, la de dos personas que conocen demasiado bien los movimientos del otro.

Y, sin embargo, había algo que ya no encajaba.

Su perfume, por ejemplo. Antes me parecía irresistible, pero en ese momento me resultó demasiado dulce, demasiado pesado, muy distinto del aroma fresco y limpio que siempre parecía acompañar a Alexandra.

Lo mismo ocurría con su voz. Antes me parecía delicada, casi musical, pero de pronto me sonaba ligeramente aflautada; nada que ver con la voz firme, grave y segura de Alexandra.

Carolyn levantó la mirada hacia mí.

—He pensado mucho en ti últimamente, Logan.

Meses atrás me habría encantado escuchar esas palabras de su boca, pero aquella noche, para mi sorpresa, apenas sentí algo parecido al desconcierto.

No respondí. Continué bailando, esperando que la pieza terminara, pero entonces ocurrió algo inesperado: Carolyn se inclinó ligeramente hacia mí para besarme en la comisura de los labios.

Fue un gesto breve, casi anecdótico… pero cargado de significado.

Durante un segundo sentí la tentación de seguirle el juego y dejarme llevar un poco, pero la imagen de Alexandra apareció con una claridad sorprendente en mi mente, con su sonrisa irónica y la firmeza de su mirada

Y la tentación desapareció.

Supe, con una certeza tranquila y casi desconcertante, que el vínculo que me había unido a Carolyn en el pasado pertenecía ya a otra vida, una vida que no tenía ningún deseo de recuperar.

El baile terminó y salimos de la pista mientras Carolyn agarraba mi mano con gesto confiado.

Fue entonces cuando mi imaginación me jugó una mala pasada, porque durante un segundo hubiese jurado que la mujer que me observaba con expresión sombría, a apenas unos metros de distancia, era idéntica a Alexandra.

Parpadeé, incómodo, intentando dominar un corazón que empezaba a latirme demasiado deprisa.

No podía ser ella, pero… ¡Dios mío! Lo era.

Llevaba un impresionante vestido blanco de alta costura que contrastaba con su melena oscura, suelta sobre los hombros. Iba agarrada del brazo del mismísimo William Harcourt, el anfitrión de la fiesta, que charlaba con ella mientras la miraba con evidente fascinación.

Me quedé helado.

¿Qué demonios hacía Alexandra allí?

¿Desde cuándo su cóctel era mi fiesta ?

¿Y por qué tenía la absurda sensación de que el destino —o quizá el mismísimo diablo— había decidido divertirse a mi costa aquella noche?

Tardé apenas un segundo en darme cuenta de algo más: la mirada de Alexandra estaba fija en mi mano, en la mano que aún tenía enlazada con la de Carolyn.

Me solté de inmediato, como si acabara de tocar un hierro al rojo vivo, y Carolyn se giró hacia mí con expresión sorprendida.

Todo ocurrió en apenas dos segundos, aunque a mí me pareció una eternidad.

—Logan, ¿cómo estás? —saludó William Harcourt estrechándome la mano con entusiasmo—. No sabía que vendrías.

—William, ¿cómo estás tú? —respondí, todavía aturdido—. Bonita fiesta.

Intenté sonar natural, pero me sentía como un delincuente al que acaban de sorprender en pleno delito.

—Hola, Logan —intervino Alexandra.

Su tono era tan frío que sentí un escalofrío a pesar del calor de la noche.

—Hola… no sabía que estabas invitada —respondí torpemente, sin poder apartar los ojos de ella.

Estaba sencillamente espectacular.

La ondulación de su cabello contrastaba con el blanco luminoso del vestido, y la fina cicatriz que cruzaba su rostro —esa que tantos rumores había provocado en el instituto— le daba un aire temerario y fascinante que atraía las miradas ajenas como un imán.

—Alexandra y yo tenemos negocios juntos —explicó Harcourt con una sonrisa satisfecha—. Y sospecho que tendremos aún más en el futuro.

Ahora lo entendía. No había cosa que le gustara más a aquel hombre que rodearse de mujeres hermosas y poderosas.

—Lo que no sabía es que os conocierais —añadió, mirándonos alternativamente con curiosidad.

—Sí… nos conocemos desde hace tiempo —respondió Alexandra con calma.

No añadió nada más, y aquel silencio fue mucho más incómodo que cualquier explicación.

—Por cierto, soy Carolyn —intervino entonces Carolyn con su habitual elegancia—. Encantada.

Estrechó las manos de los recién llegados con una sonrisa impecable, aunque irritada, seguramente, porque no me hubiera molestado en presentarla.

—Bueno, si me disculpáis, voy a continuar enseñándole mi casa a esta encantadora señorita —anunció Harcourt, tomando de nuevo a Alexandra del brazo—. Espero que disfrutéis de la fiesta.

Observé cómo se alejaban mientras una desagradable sensación se instalaba en mi estómago.

—¿Quién es ella? —preguntó Carolyn con ese tono aparentemente casual que las mujeres utilizan cuando acaban de identificar a una rival.

—Una antigua compañera de colegio… —respondí. No era exactamente mentira.

—Logan… creo que tenemos que hablar.

—¿Sobre qué?

Hubo un breve silencio.

Carolyn pareció dudar. Bajó ligeramente la mirada, como si midiera sus propias palabras, mientras yo, casi sin darme cuenta, desviaba los ojos por encima de su hombro, buscando a Alexandra.

La localicé a lo lejos, conversando con un grupo de personas. Reía con naturalidad, ajena a nosotros… o fingiendo estarlo.

—Te he echado de menos, ¿sabes? —dijo Carolyn, al fin, en voz baja mientras sus ojos se clavaban en los míos con intensidad—. He pensado mucho en ti estos últimos meses —continuó, suavizando aún más la voz—. Creo que… quizá nos precipitamos al dejar lo nuestro.

Guardé silencio, no porque no supiera qué decir, sino porque no sentí absolutamente nada, solo una extraña claridad.

—Carolyn… —empecé a decir en tono cauteloso—. Admito que hace unos meses me habría encantado escucharte decir eso…

Sus ojos brillaron durante un instante.

—Pero ahora… —añadí— me temo que es tarde para cualquier cosa entre nosotros.

El desconcierto cruzó su bellísimo rostro en un destello fugaz, casi invisible… pero suficiente para resquebrajar, aunque solo fuera por un segundo, la seguridad de la que siempre hacía gala.

—¿Estás seguro…?

—Sí. Lo estoy —respondí con firmeza antes de señalar, con un gesto discreto, hacia su grupo de amigos, invitándola a regresar con ellos.

Carolyn no se movió durante un segundo, solo me observó como si intentara encontrar en mí al Logan que había conocido.

Pero ese Logan ya no estaba.

Finalmente, suspiró, forzando una sonrisa elegante que no lograba ocultar del todo su decepción. No estaba acostumbrada a perder.

La acompañé con corrección hasta su grupo antes de despedirme de ella con cierta frialdad, sabiendo que acababa de cerrar definitivamente una parte de mi vida.

Después, busqué a Troy entre los invitados y me reuní con él y unos cuantos viejos conocidos. Durante un buen rato fingí divertirme, reír las bromas de los demás e interesarme en las conversaciones que me rodeaban, pero en realidad no hacía más que buscar a Alexandra con la mirada.

Se movía por la fiesta como si aquel fuera su territorio natural. Estaba rodeada, fundamentalmente, de hombres de todas las edades, que parecían acercarse a ella con el instinto de los leones que rodean a una nueva hembra en la manada.

Sentí un nudo desagradable en el estómago y la tónica comenzó a saberme demasiado amarga.

Me llevó unos minutos comprender lo que me estaba ocurriendo.

Tenía celos, unos celos espantosos que parecían apretar mi cuello con mano de hierro.

¡Justo lo que me faltaba!

—Menudo baile te has marcado con Carolyn… —comentó Troy con tono burlón, dándome un leve codazo—. ¿Algo que quieras contarme?

—Nada en absoluto —respondí, sin apartar la vista de Alexandra—. Solo ha sido un baile.

—Ya… —replicó, poco convencido, siguiendo la dirección de mi mirada—. No sabía que Alexandra estaba aquí también. ¿La has visto…? —añadió con media sonrisa.

—Sí.

—Está impresionante, hay que reconocerlo.

—Ya…

Apuré mi tónica de un trago, como si eso pudiera ayudarme a ordenar el caos que empezaba a instalarse en mi cabeza, pero no lo hizo.

Todavía me costaba creer que Alexandra estuviera allí, mezclándose con aquella gente que ella en el fondo despreciaba e ignorándome por completo, pues desde nuestro breve saludo al borde de la pista de baile no se había dignado a mirarme ni una sola vez.

Más tarde, cuando la noche estaba ya bastante avanzada, observé que se despedía de los anfitriones con la intención de, seguramente, marcharse a casa.

La seguí hacia el enorme portón de hierro que separaba el jardín de la calle.

—¡Alexandra, espera!

Ella se volvió, observándome con una expresión completamente inescrutable mientras me acercaba.

—¿Te vas ya? —pregunté, intentando ganar tiempo.

—Sí.

Su voz era firme, gélida. Y no hacía falta ser un genio para saber por qué.

Decidí coger el toro por los cuernos.

—Escucha… si te ha molestado lo de Carolyn, simplemente me la he encontrado aquí.

—Te la has encontrado… —repitió con una media sonrisa cargada de ironía—. Parecíais muy compenetrados durante ese baile tan íntimo.

—Ha sido solo un baile. Me lo pidió y… bueno, no ha sido más que eso.

Me miró con una decepción tan evidente que me sentí algo miserable, lo reconozco.

—Si te digo la verdad, empieza a darme cierta pereza todo este asunto… — dijo con gesto de hastío al tiempo que jugaba distraídamente con las llaves de su coche.

—¿El qué, exactamente?

—Todo. Creo que ni siquiera quiero saber por qué estabas de la mano de tu ex… o por qué ella te besaba mientras bailabais.

Maldita sea. También había visto el beso.