Mi querido enemigo CAPÍTULO 26.
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CAPÍTULO 26.

ALEXANDRA.

—¿De verdad te tienes que ir tan pronto?

El paraíso debía de ser algo muy parecido a aquello: Logan y yo recostados en el sofá de mi casa mientras sus dedos jugueteaban con mi pelo y en la televisión desfilaban los tesoros descubiertos en la tumba del faraón Tutankamón.

Yo me identificaba por completo con la sensación de euforia que revelaba el rostro de Howard Carter, el famoso arqueólogo, cada vez que miraba sonriente a la cámara.

—De verdad —musitó Logan deslizándose ligeramente en el sofá hasta apoyar la cabeza en el hueco de mi hombro, un gesto que ya se había convertido en una costumbre entre nosotros—. Mi madre lleva todo el día enviándome mensajes y recordándome que llegue pronto a casa para cambiarme…

—¿Pero qué fiesta es esa a la que tienes que ir…?

Recordaba que me había mencionado algo al respecto, pero sin ser demasiado pródigo en detalles pues, a pesar de que llevábamos tres semanas viéndonos prácticamente todos los días, mi escurridizo acompañante seguía siendo algo reservado conmigo en todo aquello que tuviera que ver con su madre, familiares y amigos.

—Una que organizan unos íntimos amigos de mi madre. Le he prometido que le acompañaría, y si no voy, revienta… — contestó en tono resignado antes de depositar un beso en mi cuello —. ¿Y tú?, ¿dónde vas a ir esta noche con Paige?, ¡cuéntame!

—Ya te conté… Vamos a una especie de cóctel organizado por uno de los principales accionistas de ScarCompany. Un tipo simpático, aunque, si te digo la verdad, me da una pereza ir que no veas…

—¡Pues estamos en las mismas!

—¿Qué haces mañana…? —pregunté con cautela. Empezaba a darme cuenta de que Logan Dawson tenía algo peligrosamente adictivo. Al menos para mí.

Nuestra relación avanzaba con la fuerza y la naturalidad de un río en pleno deshielo, pero aún no lograba deshacerme de ese leve recelo que me recordaba lo frágil que podía ser todo aquello.

—Si me dejas dormir un poco, lo que quieras… —respondió dedicándome una sonrisa que consiguió erizarme los vellos de la nuca—. Todo menos que me lleves de nuevo a la montaña esa del infierno.

—La próxima vez empezarás a cogerle el gustillo, ya verás —vaticiné con aire de seguridad.

—Umm… No lo tengo claro —murmuró acercándose hasta atrapar mi boca con la suya, en un beso que alargamos durante unos segundos antes de separarnos—. Ahora sí que me tengo que ir… —anunció tras echar un rápido vistazo a su reloj de pulsera.

Lo acompañé hasta la puerta, empezando ya a echarlo de menos. Antes de marcharse volvió a besarme, y cuando lo vi desaparecer por el pasillo me quedé unos segundos inmóvil, pensativa y con pocas ganas de hacer nada.

Fue entonces cuando escuché mi móvil sonar en algún rincón de la casa. Fui a buscarlo con una sonrisa involuntaria, imaginando que sería él… pero no. Era Paige.

Descolgué sintiéndome, de pronto, un poco idiota.

—Paige, dime.

—Lexi…

—¿Te estás arreglando ya? —. Sabía que mi amiga tenía un protocolo para peinarse, vestirse y maquillarse mucho más complejo y extenso que el mío.

—¡Qué va!, me encuentro fatal… Creo que tengo gastroenteritis o algo así —musitó en tono quejicoso—. ¿Ves?, me pasa por ir a comer a un sitio de esos modernitos de los que te gustan…

—¿Y el cóctel…? —pregunté, temiéndome lo peor y obviando su comentario sobre mis gustos culinarios.

—Imposible que vaya así, me pasaría media noche en el cuarto de baño, pero podrías ir tú por las dos…

—¿Yo sola?, ¿estás loca…?

—Oh, vamos, ¡no seas sosa! Es la reunión más in de toda la ciudad, todo el mundo que es alguien  en el mundo empresarial va a estar allí.

—No tengo interés en ser alguien en el sentido en el que lo dices —repliqué empezando a pensar que, en el fondo, aquella gastroenteritis podría ser un golpe de suerte para mí; el empeño de mi amiga constituía el único motivo por el que, en su momento, había aceptado la invitación.

—Oh, vamos, ¡Lexi…! Te recuerdo que nos ha invitado personalmente el propio anfitrión, uno de nuestros principales accionistas —comentó con voz persuasiva—. Pásate un rato, echas un vistazo y mañana me cuentas todo con pelos y señales…

—No sé, Paige, no me apetece ir sola. ¿Y si llego y nadie me habla? No conozco a casi nadie…

—No te preocupes, apuesto a que habrá muchas personas que querrán hablar contigo; hombres, fundamentalmente —declaró antes de soltar una risita divertida—.

Estará lleno de peces gordos y empresarios; no está de más que los conozcas, ¿no crees?

—agregó en un tono más serio y apelando a lo único que, en verdad, me podría convencer.

Nos convenía cultivar relaciones con ese tipo de gente.

—De acuerdo, me pasaré un rato —claudiqué con resignación—. Aunque me podías prestar a uno de tus novios para que me acompañe, ¿no?

—No puedo. Harry tiene una cena de empresa y Charlie está aquí conmigo, cuidándome.

—Me sigue sorprendiendo cómo diablos consigues mantener la paz entre esos dos…

—Pues más me sorprende a mí que sigas liada con ese mal bicho de Logan.

—Bueno, ¡tengamos la fiesta en paz!

—¡Tengámosla en paz, sí!, y hazme una videollamada antes de salir, que quiero ver cómo te queda el vestido ese que compraste el otro día…

Me quedé un buen rato tumbada en el sofá en actitud meditabunda, con César dormitando bajo mis pies, hasta que me levanté con desgana para comenzar a arreglarme.

LOGAN.

La fiesta era, si cabe, aún más fastuosa que la de años anteriores.

La espectacular mansión donde se celebraba —una construcción señorial de arquitectura sureña, con amplios pórticos sostenidos por columnas blancas, balcones de hierro forjado y largas galerías con vistas al jardín— parecía iluminada como un palacio.

Los ventanales abiertos dejaban escapar la música y el murmullo constante de las conversaciones, que se mezclaba con el perfume de las magnolias y el jazmín que crecían alrededor de la casa.

Casi trescientos invitados, cuidadosamente escogidos entre el mundo de la política, el arte y las finanzas de Harbor City, se distribuían por el jardín como piezas de un extraño dominó humano.

Todos, siguiendo una estricta etiqueta de protocolo, vestían exclusivamente de blanco y negro.

Aquella combinación otorgaba a la escena un aire elegante y ligeramente irreal, como si todos formáramos parte de una representación cuidadosamente ensayada.

El matrimonio anfitrión, los Harcourt —amigos de mis padres desde hacía décadas y poseedores de una fortuna que parecía no tener fin— recorría el jardín por separado, repartiendo besos, saludos y apretones de manos con la sonrisa perfecta de quienes saben que, al día siguiente, todo lo que ocurriera allí se convertiría en materia de comentarios, cotilleos y crónicas sociales.

—Ven, vamos a pedir una copa —propuse a Troy, tomándolo suavemente del brazo.

También él estaba invitado. Su tío estaba casado con la hermana de nuestro anfitrión, lo que en aquel tipo de reuniones equivalía a una entrada asegurada.

Caminamos hacia la barra instalada junto a una pérgola iluminada con guirnaldas de luces mientras echaba un vistazo alrededor.

Había gente de todo tipo: empresarios, políticos locales, jóvenes herederos y mujeres deslumbrantes con vestidos imposibles.

Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, ninguna de aquellas mujeres conseguía atraer realmente mi atención.

La presencia de Alexandra en mi vida era demasiado poderosa.

Me sorprendí pensando en ella con una mezcla de incredulidad y desconcierto.

¿Cuánto tiempo duraría aquella extraña atracción que sentía hacia ella?

Al principio había pensado que bastaría con dejarme llevar unas cuantas veces para que todo se calmara.

Pero después de varias semanas sumergido en aquella especie de torbellino emocional… ya no tenía las ideas tan claras.

—Un whisky con hielo, por favor —pidió Troy al barman—. ¿Y tú?

—Una tónica —respondí, obligándome a salir de mi ensimismamiento.

Troy arqueó una ceja.

—¿Tónica? ¿En una fiesta como esta?

—Luego tengo que conducir.

—Como quieras, santo varón.

—No seas bobo…

El barman nos entregó las bebidas con una sonrisa amistosa.

—Voy a saludar a mi tío —dijo Troy—. Luego te busco.

—De acuerdo.

Lo vi alejarse entre los grupos de invitados mientras yo me apoyaba ligeramente en la barra.

La orquesta tocaba, a golpe de violín, versiones elegantes de canciones de Beyoncé y Adele.

En mitad del jardín, bajo la luz suave de una luna creciente, varias parejas bailaban en la pista instalada sobre el césped.

Fue entonces cuando la vi.

Apareció al otro lado del jardín como una figura salida del pasado, y el corazón se me detuvo durante un segundo.

Carolyn.

No esperaba encontrarla allí. No la veía desde aquel día —algo borroso ya— en que había decidido dejarme con una explicación elegante y ambigua que, sin embargo, yo había sabido interpretar perfectamente.

Estaba guapa, como siempre. Llevaba un vestido beige que se ajustaba con elegancia a su figura y unos tacones altísimos que estilizaron aún más su silueta. Su melena rubia caía sobre la espalda con una naturalidad impecable.

En ese momento, ella también me vio, y una sonrisa apareció lentamente en su rostro mientras se separaba del pequeño grupo con el que estaba hablando para caminar hacia mí.

—Cuánto tiempo, Logan —saludó mientras se ponía de puntillas sobre sus tacones para depositar un beso en mi mejilla.

—Sí… mucho tiempo —respondí con corrección, intentando contener el aluvión de recuerdos que se abría paso en mi cabeza a toda velocidad.

—Te veo muy bien —dijo, observándome con detenimiento.

—Gracias.

No le devolví el cumplido.

—Me han dicho que las cosas te van bastante mejor —continuó—. Que el club funciona de maravilla y que estás reconduciendo la situación… familiar que dejó tu padre.

Las noticias volaban rápido en aquella ciudad, estaba claro.

—Si tú lo dices… —respondí en tono ambiguo, dando un sorbo a mi tónica.

Carolyn inclinó ligeramente la cabeza, posando sus ojos azules sobre mí con expresión calculadora.

—¿Bailamos?