CAPÍTULO 25. #3
El silencio envolvió nuestra mesa como un pesado y opresivo manto. Mi madre parecía no saber muy bien qué responder, lo cual constituía una especie de milagro, y yo me devanaba los sesos para encontrar algo ingenioso que decir. Alexandra era la única que parecía tranquila y relajada.
—Pues sí, una desgracia —comentó finalmente mi madre tras emitir un hondo suspiro—.
Y ahora, cuéntame: creo que tienes una empresa de informática, o algo así…
—. Me pareció que, por primera vez desde que había llegado, observaba a Alexandra con cierta deferencia, lo que me hizo esbozar una media sonrisa; tal vez reconocía en ella a una digna rival.
La conversación continuó por un cauce algo más llevadero y, aunque mi madre no renunció a su habitual dosis de impertinencia, Alexandra demostró una sorprendente habilidad para manejarla con una educación impecable.
Terminamos de comer y, tras un café, dimos por concluido el encuentro. Para mi sorpresa, mis dos compañeras de mesa se despidieron con dos besos perfectamente correctos, como si nada incómodo hubiese ocurrido entre ellas, aunque, bien pensado, cosas más raras había visto.
—Espero que nos veamos otro día por aquí… —musitó mi madre dirigiéndose a Alexandra—. Y ya me contarás la historia de tu cicatriz, querida —añadió bajando aún más la voz con gesto cómplice.
Para ahogarla, la verdad.
—¡Mamá!
—Por supuesto, nos vemos otro día —contestó Alexandra, siguiéndole la corriente y haciendo caso omiso de su último comentario.
¡Dios mío!, mi madre se caracterizaba por ser bastante indiscreta, pero aquel día había batido todos sus récords. De pronto eché de menos a mi padre, el único que había sido capaz de controlarla un poco.
Ya en el coche y de regreso a casa de Alexandra, no esperé demasiado antes de preguntar:
—¿Ha sido muy incómodo…?
—Creo que más para ti que para mí —repuso ella con una risita divertida.
—Espero que no te hayan molestado alguno de sus comentarios…
—No te preocupes. ¿Siempre es así?
—Así, ¿cómo? —. Me interesaba conocer su opinión al respecto.
—Así de… —pareció buscar la palabra «impertinente», pero al final no la utilizó—, así de… curiosa.
—Solo cuando alguien le interesa.
—¡Me lo tomaré como un halago! —exclamó en tono socarrón.
—¿Es cierto lo que has contado de tus padres? —. Había sentido la tentación de indagar varias veces al respecto, pero apenas llevábamos una semana intimando y no había encontrado el momento adecuado para hacerlo.
—Rigurosamente cierto —afirmó con rotundidad.
—¿Y lo de la cicatriz?, ¿me vas a contar ya qué te pasó?
—Me encantaría tener una buena historia que contar, pero lo cierto es que no lo sé. Era demasiado pequeña cuando ocurrió y mi madre jamás me lo quiso explicar. Imagino que alguna responsabilidad tendría al respecto…
—¡Vaya!, y yo que me esperaba una explicación truculenta… —comenté en tono jocoso, tratando de quitar hierro al asunto. Su aclaración me había dado dolor de corazón; el maltrato infantil, por acción u omisión, me ponía los pelos de punta.
Estuvimos un tiempo en silencio, ella conduciendo y yo mirando distraído el tráfico que nos rodeaba, sumidos en nuestros propios pensamientos hasta que, por fin, me decidí a hablar otra vez.
—¿Sabes? A veces echo la vista atrás y no me reconozco…
—¿Te refieres a…? —dejó la frase en el aire, aunque era evidente a qué se refería.
—Sí. No entiendo cómo pude comportarme así contigo. Lo único que me consuela es que, en realidad… digamos que solo ocurrió contigo.
—Vaya… no sé muy bien cómo tomarme semejante honor.
Su ironía llevaba una pequeña carga de rencor que me hizo sentir peor de lo que ya me sentía.
—Me refiero a que, por lo que sé, no hay por ahí más damnificados o damnificadas a los que deba pedir disculpas —añadí con un suspiro—. Bueno… quizá a Paige. Aunque en su caso fue más por ser tu amiga que por otra cosa.
Hice una breve pausa antes de preguntar:
—¿Me sigue odiando?
—No utilizaría exactamente la palabra «odio»… —respondió Alexandra—, pero desde luego tampoco soy la presidenta de tu club de fans.
—Ya me lo imaginaba…
Guardamos silencio unos segundos.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó entonces. Lo dijo con calma, pero con la sensación de que llevaba años queriendo formular esa pregunta. Probablemente tantas veces como yo me la había hecho a mí mismo.
—No estoy seguro —admití—. Quizá porque eras diferente a las demás.
—¿Diferente?
—Sí. No te dejabas impresionar por nadie. Ni siquiera por mí. Tenías una actitud… desafiante, como si todos los demás te pareciéramos un grupo de chicos ridículos y malcriados. Aunque, bien pensado, supongo que en el fondo lo éramos.
Alexandra no respondió. Se limitó a fruncir levemente el entrecejo, concentrada en el tráfico que se abría ante nosotros.
La observé de reojo mientras conducía: el gesto concentrado, la serenidad con la que sostenía el volante, la línea firme de su mandíbula. Siempre había tenido una belleza distinta a la de las otras chicas del instituto, menos evidente quizá, pero mucho más poderosa.
Comprendí entonces que la admiraba, que probablemente ya la admiraba incluso en aquella época, aunque jamás me hubiera detenido a reconocerlo.
Estuve a punto de alargar la mano y tomar la suya en un gesto sencillo, casi instintivo, pero no lo hice. No sé por qué.