Mi querido enemigo CAPÍTULO 25. #2
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CAPÍTULO 25. #2

Bastaba con ver la expresión resignada de Logan para saber que aquella comida prometía ser de todo menos aburrida.

—Perfecto —dijo Elizabeth con visible satisfacción—. Así tendremos ocasión de conocernos mejor.

Su sonrisa no era exactamente hostil… pero tampoco acogedora.

Logan, sentado a mi lado, soltó un leve resoplido que solo yo parecí escuchar.

LOGAN.

¿Qué demonios hacía mi madre allí? Maldije mentalmente a la tía Margaret y, ya de paso, al pobre suegro de la tal Caroline. ¿A quién se le ocurría tener un accidente precisamente ese sábado?

Por suerte, la llegada del camarero para tomar nota de nuestros pedidos me concedió unos segundos preciosos para recomponerme.

Conocía a mi madre lo suficiente como para saber que aquello no había hecho más que empezar.

En cuanto tuviera ocasión, iniciaría un interrogatorio digno de la mismísima Gestapo.

Desde que había descubierto quién estaba detrás de la enigmática empresa que había comprado parte del club, no había dejado de preguntarme por Alexandra.

Y no precisamente en un tono amable, pues no le hacía ninguna gracia que los Dawson ya no fuéramos los socios mayoritarios.

Yo siempre respondía con evasivas, refugiándome en la excusa de que, aunque casualmente había coincidido con nuestra nueva socia en el colegio, apenas la conocía.

No me apetecía explicarle el panorama completo.

Crucé los dedos bajo la mesa con la esperanza de que mi madre no se mostrara demasiado impertinente. Tener a aquellas dos mujeres juntas en el mismo lugar era, sin duda, una mezcla potencialmente explosiva.

—Bueno, Alexandra… —comenzó mi madre en cuanto el joven camarero nos dejó de nuevo a solas—. Logan me ha contado que fuiste un par de años al St. Thomas. ¡Qué coincidencia!

—La vida está llena de coincidencias —respondió Alexandra con calma.

—Aunque no recuerdo a tus padres… Bennet, Bennet… —murmuró mi madre, frunciendo ligeramente el ceño mientras rebuscaba en su memoria.

Empecé a arrepentirme amargamente de haber sido tan escueto con ella cada vez que sacaba el tema de Alexandra. Aquella situación incómoda era, en parte, culpa mía.

—Bennet, sí —repitió Alexandra sin añadir nada más.

—Mamá, los padres de Alexandra murieron cuando ella era pequeña —intervine antes de que la conversación tomara un rumbo aún más delicado, lanzándole una mirada de advertencia.

Era un asunto que Alexandra solía evitar, y no pensaba permitir que mi madre lo convirtiera en tema de sobremesa.

—Vaya, lo siento… ¿Cómo fue? ¿Un accidente, quizá?

Lo confieso: durante un segundo tuve auténticas ganas de cometer un parricidio.

¿Se podía ser más indiscreta ? Ni siquiera yo me había atrevido a preguntarle por ese asunto; aún recordaba los siniestros rumores que circulaban por el instituto al respecto.

Aquello empezaba a resultar francamente incómodo.

Alexandra guardó silencio unos segundos antes de responder. Parecía sopesar la pregunta con calma mientras jugueteaba distraídamente con el tenedor. Finalmente, respondió:

—No exactamente.

—¿No exactamente? —repitió mi madre, arqueando las cejas con visible curiosidad mientras llevaba su copa de vino a los labios—. ¿Qué ocurrió…?

Insistía con una naturalidad que me resultaba casi dolorosa. Sin embargo, para mi sorpresa, Alexandra no parecía molesta. Al contrario: había en su mirada un brillo divertido, como si la escena la estuviera entreteniendo.

—Bueno… —empezó a decir con voz tranquila—. En lo que respecta a mi padre, en realidad no sé si está vivo o muerto. Nunca he sabido quién es.

Mi madre se atragantó con el vino.

—Y en cuanto a mi madre… —continuó Alexandra con la misma parsimonia— tampoco sabría decir si murió de una sobredosis o de una borrachera monumental. Probablemente fuese una mezcla de ambas cosas.

—¡Jesús, qué barbaridad! —exclamó mi madre cuando por fin logró dejar de toser, sin que quedara del todo claro si se refería a la historia en sí o a la serenidad con la que Alexandra acababa de relatarla.

—Tiene toda la razón. Una barbaridad —concedió Alexandra con una leve sonrisa.

Empecé a sospechar que, más allá de la veracidad de sus palabras, se estaba divirtiendo a costa de mi madre.

—Mamá, ¿qué te parece si cambiamos de tema? —intervine.

—¿Y por qué? Estas cosas ocurren, hijo. No pasa nada por hablar de ellas… ¿verdad, Alexandra?

—Cierto. Estas cosas pasan… —respondió ella encogiéndose ligeramente de hombros—. Usted misma perdió a su marido en circunstancias bastante trágicas. Una lástima.

El comentario cayó sobre la mesa como una piedra.

Mi madre se quedó visiblemente desconcertada. Nunca hablaba de la muerte de mi padre. Jamás. Y mucho menos de cómo había sucedido realmente.

Muy poca gente sabía que se había quitado la vida, completamente borracho, después de una noche de juego en la que había perdido hasta la camisa en el casino.

Durante un instante me pregunté si Alexandra lo sabría. Algo dentro de mí me dijo que sí.