CAPÍTULO 25.
ALEXANDRA.
—¿Cómo prefieres las tostadas…? ¿Te valen así?
—Así están bien —respondió Logan mientras se servía un vaso de leche en la mesa de la cocina.
Hacía tiempo que no me levantaba tan tarde un domingo. Tan tarde… y tan feliz, pensé mientras abría la nevera y, casi sin querer, recordaba algunos de los momentos vividos el día anterior. La sola evocación bastó para que una oleada de calor me recorriera el cuerpo.
—¿Quieres mermelada también…?
—No, gracias… aunque quizá debería tomar algo de azúcar. Con las agujetas que tengo después de ayer… —se quejó masajeándose los bíceps doloridos—. Me refiero a la escalada —añadió enseguida con una sonrisa burlona.
No pude evitar soltar una pequeña risa.
Me senté frente a él, observándolo con curiosidad. ¿Cómo era posible que tuviese un aspecto tan fresco recién levantado? Cualquiera habría jurado que nos habíamos dormido a las once de la noche, y no a las tres de la madrugada.
—¿Tienes planes para hoy…? —pregunté con aparente despreocupación tras dar un sorbo a mi vaso de agua. En realidad, contaba con pasar el día con él, aunque no hubiéramos acordado nada.
—Ninguno en especial —respondió encogiéndose ligeramente de hombros—. Podíamos hacer algo juntos, si quieres…
—Por mí, sí…
—¿Alguna sugerencia?
—No. Hoy te toca a ti decidir.
Él consideró la cuestión durante unos instantes, antes de proponer:
—¿Te apetece que vayamos al club a jugar un partido de tenis y, de paso, comemos allí?
¡Vaya, vaya! Me estaba proponiendo el plan que tantas veces había anhelado cuando era adolescente y me pasaba los fines de semana en el centro de menores, remoloneando por la biblioteca o jugando en la desvencijada cancha de baloncesto a algo más parecido a una batalla campal que a un juego de pelota.
—Me parece perfecto.
Dejamos a César en casa en esta ocasión y atravesamos la ciudad mientras escuchábamos las canciones que Logan iba seleccionando en su Spotify, tarareando algunas de ellas con más entusiasmo que acierto.
Al llegar a nuestro destino, traspasamos la imponente entrada del club, flanqueada por sus habituales guardias de seguridad, que saludaron a Logan con una deferencia casi ceremonial.
A mí apenas me dedicaron una mirada, algo perfectamente comprensible teniendo en cuenta que rara vez había aparecido por allí y que, probablemente, desconocían mi identidad.
Aparcamos cerca del edificio principal y caminamos hasta la zona donde se encontraban las pistas de tenis. El día era espléndido, con un sol radiante, temperatura agradable y un aire ligero que invitaba tanto a practicar deporte como a pasear sin rumbo por las amplias instalaciones del club.
Las pistas de tenis estaban prácticamente llenas, pero Logan había tenido la previsión de reservar una desde el coche. Empezamos a pelotear durante un buen rato mientras él, con paciencia de profesor exigente, iba señalándome algunos de mis errores.
Estábamos en pleno intercambio cuando una pareja se acercó a la red, interrumpiendo el juego.
Rondarían los treinta y pocos y encajaban a la perfección con el tipo de gente que solía frecuentar aquel lugar: sonrisa impecable, peinados cuidadosamente trazados con raya al lado y ropa deportiva de marca que parecía recién salida de un catálogo.
—Buenos días. ¿Os apetece jugar un mixto con nosotros? —preguntó el hombre, un moreno de ademanes confiados. A su lado, la mujer, alta y esbelta, nos observaba con una sonrisa amable.
Logan se giró hacia mí y me lanzó una mirada interrogante. Asentí con un breve gesto de cabeza.
—De acuerdo —respondió entonces, volviéndose hacia ellos—. Empezad sacando vosotros.
—¿Seguro?
—¡Seguro! —replicó Logan antes de acercarse a mí con aire conspirador—. Tú cubre la banda derecha. Si la pelota va al centro y dudas… voy yo, ¿de acuerdo?
—De acuerdo…
Nunca me había gustado recibir órdenes, pero yo tenía el mismo espíritu competitivo que él y quería ganar.
Por un momento recordé aquellos partidos de baloncesto en el gimnasio del colegio en los que jugábamos en equipos contrarios, lanzándonos mutuamente pelotazos para intentar hacernos daño.
Decididamente, la vida daba demasiadas vueltas.
Comenzamos el partido perdiendo. La otra pareja jugaba muy bien y no mostró misericordia conmigo en cuanto comprobaron que, de los dos, yo constituía el eslabón más débil.
Logan me miraba ceñudo y se acercaba de vez en cuando para darme indicaciones y, de paso, echarme veladamente la bronca.
Entre aquellos tres idiotas me estaban poniendo nerviosa y no daba una a derechas.
Tuve el impulso de cargarme la raqueta contra el suelo, al más puro estilo de Nick Kyrgios, pero conseguí dominarme y concentrarme en el juego.
Remontamos hasta llegar al definitivo tie break del tercer set y fue entonces cuando Logan comenzó a fallar, desperdiciando su saque dos veces y brindando la victoria a nuestros rivales, que se acercaron a la red con cara de satisfacción para ofrecernos el protocolario apretón de manos.
—¡Bien jugado! —exclamó el moreno con una sonrisa deslumbrante que contrastaba con la expresión sombría que había adoptado el rostro de Logan, y que, sospechaba, debía de ser muy similar a la mía.
—¡Enhorabuena! —lo felicité estrechándole la mano con deportividad, mientras Logan hacía lo propio con la chica haciendo gala de una corrección algo más seca.
—Otro día nos dais la revancha —añadió él, aunque su tono dejaba claro que no le hacía ninguna gracia haber perdido.
Nos alejamos de allí en silencio, con Logan girando la raqueta entre los dedos con impaciencia.
—Podríamos haber ganado… —murmuré finalmente.
—¡Pues sí!, sobre todo si no te hubieses dedicado a tirar tanta bola fuera en los primeros juegos —acusó con resentimiento. Estaba claro que no tenía buen perder.
—¿Y qué tal si hablamos de tus últimos saques? Parecía que jugabas con una sartén en la mano.
—¡En algún momento tenía que fallar!
—Ya… ¡pues vaya momento has elegido para hacerlo! Pero no pasa nada, te perdono —repuse en tono jocoso al darme cuenta de que aquella conversación empezaba a parecer más propia de dos niños de doce años que de dos adultos.
Logan me miró entonces y esbozó una sonrisa divertida, como si acabara de llegar a la misma conclusión.
—Voy a tener que darte unas cuantas clases si queremos ganarles, lo sabes, ¿verdad?
—Cuando quieras.
Era la primera vez que mencionaba algo que podríamos hacer juntos en un futuro, aunque fuese próximo.
¿Se trataba de un desliz o su subconsciente lo había traicionado?
Me hubiese gustado conocer la opinión de Sigmund Freud al respecto, aunque imaginaba que su ausencia de comentarios sobre posibles planes en común evidenciaba la eventualidad de nuestra relación.
Acudimos al vestuario para darnos una ducha rápida y cambiarnos de ropa.
Después dimos un paseo tranquilo por las amplias instalaciones exteriores del club hasta terminar en uno de sus dos restaurantes.
Nos asignaron una de las mejores mesas de la terraza, situada en la esquina y con una vista privilegiada sobre el campo de golf.
Apenas nos habíamos acomodado cuando una señora se acercó a nuestra mesa.
Me observó de arriba abajo sin el menor disimulo.
Era una mujer atractiva, de esa belleza altiva que suele acompañar a quienes han vivido siempre rodeados de privilegios, y vestía con una elegancia excesiva para la hora y el lugar.
Había algo en ella que de inmediato me resultó familiar.
—Logan, querido… no esperaba encontrarte por aquí.
—¡Mamá! ¿Qué haces aquí? ¿No tenías una comida con las del grupo de bridge ? —. La cara de Logan reflejaba tal desconcierto que, de no ser por la tensión que empezaba a respirarse en el ambiente, me habría echado a reír.
—La hemos pospuesto para otro día. Tu tía Margaret se ha puesto mala y al suegro de Caroline lo han ingresado tras una caída… —explicó la elegante señora con una voz ligeramente atiplada.
Mientras hablaba, no dejaba de lanzarme miradas de reojo, esperando que su hijo tuviera la cortesía de presentarnos.
Yo la observé también, correspondiéndole con una media sonrisa educada.
Así que aquella era la famosa viuda del difunto Simon Dawson, heredero de una de las familias más reputadas de Carolina del Sur.
Decidí intervenir antes de que el silencio se volviera demasiado incómodo.
—Usted debe de ser Elizabeth, la madre de Logan —dije poniéndome en pie y tendiéndole la mano—. Soy Alexandra Bennet, encantada.
—Así que tú eres la famosa Alexandra Bennet… —comentó estrechándome la mano con una delicadeza estudiada, deteniéndose apenas un instante más de lo necesario en mi nombre, como si pronunciarlo le produjera una leve molestia—. Un nombre… interesante.
—Y el suyo muy distinguido —repliqué con una seriedad impecable, no exenta de cierta ironía.
Tuve la clara impresión de que mi presencia no le hacía la menor gracia. Algo en su mirada sugería que consideraba que me había apropiado de algo que, en el fondo, seguía creyendo suyo por derecho.
—Tenía curiosidad por conocer a la misteriosa compradora de parte de nuestro club —continuó, subrayando el “nuestro” con un matiz apenas perceptible antes de acomodarse en la única silla libre de la mesa sin esperar invitación.
—Es un sitio maravilloso —respondí, más por cortesía que por convicción.
—Lo es. Lo fundó el padre de mi difunto marido hace ya cincuenta años… ¿lo sabías?
—Mamá, claro que lo sabe —intervino Logan al fin, como si despertara de un incómodo letargo—. De hecho, estuvo en la fiesta del aniversario.
—Lástima que yo no pudiera asistir —dijo Elizabeth con una leve inclinación de cabeza—. Aquel día sufrí un dolor de cabeza espantoso.
—Qué pena —respondí, acompañando las palabras con un gesto discretamente compungido.
Logan carraspeó.
—Mamá, imagino que ya habrás comido, ¿no?
—Pues la verdad es que no… —contestó ella, volviendo sus ojos hacia mí—. ¿Os importaría que me uniera a vosotros?
—En absoluto —respondí con una sonrisa que apenas conseguí disimular.