Mi querido enemigo CAPÍTULO 24. #3
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CAPÍTULO 24. #3

Me lavé los dientes con meticulosidad y abrí el grifo de la ducha, dejando que el agua comenzara a caer. Fue entonces cuando me dejé llevar por el impulso, casi irresistible, de ir a buscarlo.

Lo encontré en uno de los baños de invitados, aún vestido y con el cepillo de dientes en la mano, como si se hubiera quedado a medio gesto.

—Mi ducha es mucho mejor que esta… —dije tendiéndole la mano a modo de invitación.

Logan la tomó sin decir una palabra y me siguió. Mientras caminábamos por el pasillo, tuve la clara sensación de que su excitación se mezclaba con la mía.

El agua de la ducha ya estaba caliente cuando dejé caer el albornoz al suelo bajo la atenta mirada de Logan.

Después me adentré en el amplio rectángulo de granito negro que ocupaba el centro de la ducha, separado del resto del cuarto de baño por un panel de cristal que empezaba a empañarse con el vapor.

Las luces del techo estaban apagadas, pero la estancia se iluminaba suavemente con la claridad que entraba desde las ventanas de mi dormitorio.

Incliné la cabeza bajo el chorro de agua, dejando que el calor me recorriera la espalda, mientras detrás de mí Logan comenzaba a desprenderse de la ropa sin atisbo de pudor, lo que me resultó inesperadamente atractivo.

Cuando por fin quedó desnudo, sentí cómo mis pulsaciones se aceleraban de forma alarmante.

¿Sería posible sufrir un infarto por algo así?

Esperaba que no. Y, si ocurría, que al menos fuera al día siguiente.

Entró en la ducha y, sin decir una palabra, me rodeó con los brazos, acercándome a él mientras buscaba mi boca. Sus manos comenzaron a recorrer mi cuerpo con una lentitud que me hizo estremecer.

Aquello era pura química. Una descarga continua que parecía recorrer cada centímetro de mi piel. Durante un instante tuve la absurda sensación de que, con tanta chispa entre nosotros, podríamos acabar electrocutados allí mismo, bajo el agua.

Cuando sentí que su mano resbalaba hacia abajo para introducir sus dedos en mí, entré en un estado de puro delirio.

¡Dios! No sabía muy bien qué era aquello, no podría describirlo siquiera.

Busqué con mis manos su pene erecto y me pareció que, por un momento, se quedaba sin respiración, lo que contribuyó a acelerar significativamente la mía.

Poseer su cuerpo no era suficiente para conseguir saciarme de él; necesitaba más, mucho más.

Pasados unos minutos, Logan se arrodilló ágilmente frente a mí y colocó mi pierna derecha doblada sobre su hombro.

Después, acarició con la lengua mi zona más privada en un recorrido escalofriante.

Notaba sus manos sujetándome por los glúteos mientras yo agarraba su cabeza, dirigiéndole sutilmente con pequeñas presiones.

Cuando por fin me dejé ir, lo hice soltando un suspiro profundo y aferrándome a él para no perder el equilibrio. Sentí cómo las piernas me temblaban ligeramente.

Logan se incorporó enseguida y me rodeó con los brazos mientras recuperaba el aliento. Permanecimos así un par de minutos, bajo el agua caliente, sin decir nada.

Después tomó el bote de gel y dejó caer un poco en la palma de la mano antes de comenzar a enjabonarme con una lentitud deliberada, deteniéndose con especial atención en ciertas partes de mi anatomía.

No pude evitar pensar que nunca nadie había hecho algo tan sensual conmigo.

Me dejé hacer, sintiendo cómo mi cuerpo reaccionaba con pequeños estremecimientos a cada una de sus caricias, hasta que, finalmente, le arrebaté el bote de gel de las manos para devolverle el gesto.

LOGAN.

Salí de la ducha con una ligera sensación de mareo. No sabría decir si era por el vapor que había invadido el cuarto de baño o por la intensidad del momento que acabábamos de compartir. Lo único que tenía claro era que deseaba continuar en el dormitorio lo que habíamos comenzado bajo el agua.

Me detuve un instante, observando cómo Alexandra se secaba lentamente con la toalla. Aquella simple imagen bastó para avivar de nuevo el fuego en mi interior.

Me acerqué a ella sin pensarlo demasiado y, sujetándola con suavidad, la conduje hacia la cama.

—Aún no hemos terminado, ¿no crees? —murmuré empujándola con cuidado contra el colchón.

—Espero que no —susurró, dedicándome una sonrisa cargada de malicia que consiguió encender aún más mi sangre.

Aquello tenía que ser obra del mismísimo diablo. En mis casi veintiocho años de vida jamás había sentido que mi cuerpo reaccionara de esa manera por otra persona.

Me incliné sobre ella, posando mis labios sobre su cuello y explorando con la mano la zona de su entrepierna. Enseguida comprobé que estaba de nuevo húmeda y predispuesta a mis caricias.

Minutos después, cuando exploté en un sensacional orgasmo mientras Alexandra convulsionaba bajo mi cuerpo murmurando mi nombre contra mi oído, pensé que aquello estaba muy lejos de ser algo normal, como si hubiera cruzado una frontera invisible de la que ya no sería posible regresar.

El resto de la tarde, y buena parte de la noche, lo dedicamos a besarnos… y a otras actividades igual de absorbentes. Cuando por fin caí rendido y me dormí, estoy bastante seguro de que lo hice con una sonrisa de satisfacción plantada en la cara.