CAPÍTULO 24. #2
—¿Y por qué me has traído a mí? —no pude dejar de preguntar intrigado, pues comprendía de sobra a quiénes se refería con ese «alguien» .
Me miró de reojo mientras parecía sopesar la respuesta. Tuve la impresión de que estaba a punto de decir algo importante, y por un instante me quedé casi sin respirar, esperando sus palabras. Intuía, de algún modo, que tenía que ver conmigo.
Pasaron unos segundos antes de que hablara. Cuando lo hizo, fue en ese tono socarrón tan suyo, como si en el último momento hubiera decidido guardarse lo que realmente pensaba decir.
—Solo quería comprobar si es verdad eso de que haces tanto deporte…
—¡Ya!
No sabría explicar exactamente qué sentí en ese momento. Quizá una vaga sensación de decepción.
ALEXANDRA.
Debía andarme con cuidado. Algo en mi interior me advertía que no era buena idea precipitarme a la hora de revelarle lo que sentía por él. Paciencia. A lo largo de mi vida había logrado todo aquello que me había propuesto, pero empezaba a temer que Logan pudiera convertirse en mi primer fracaso.
¿Y si se me escapaba entre las manos, como un puñado de arena que inevitablemente acaba deslizándose entre los dedos?
El pensamiento me hizo incorporarme de un salto.
Sacudí con energía la fina arenilla adherida a las perneras de mis mallas, como si pudiera apartar también aquella idea de mi cabeza.
Logan me observó con curiosidad, quizá consciente del extraño momento que acabábamos de compartir.
Después comencé a inspeccionar meticulosamente la cuerda y el resto del equipo.
—¿Preparado para la bajada?
—¡Si no hay más remedio! —exclamó Logan ajustándose la hebilla del casco y mirando hacia abajo con gesto de inquietud. En realidad, había ascendido increíblemente bien; tenía alma de escalador, aunque él aún no lo supiera.
—Acuérdate: las piernas perpendiculares a la pared y a la altura de la cintura. Baja despacio y sin saltos, siempre mirando los pies, ¿entendido?
—Entendido.
—Venga, tú primero. Yo te iré dando instrucciones desde aquí.
Lo observé bajar con el corazón palpitante, cruzando los dedos para que no tuviera ningún percance; ¡solo me faltaba que se acabara escalabrando por mi culpa! Para mi sorpresa, lo hizo aún mejor que en la subida. No parecía que fuese su primera vez.
Cuando tocó el suelo, respiré con alivio. La escalada deportiva era bastante segura siempre que se respetaran una serie de normas, pero, aun así, el riesgo de un posible accidente estaba siempre presente.
Inicié el descenso ante la atenta mirada de Logan, que esperaba mi llegada sacándose los molestos esparadrapos de los dedos.
—¿Cómo demonios lo puedes hacer tan rápido? —preguntó en cuanto posé los pies en tierra firme.
—Tú también lo harás así de rápido en un futuro… —contesté quitándome el arnés y dando a entender que repetiríamos el plan.
—Aún no sé si deseo volver… —replicó con gesto de duda mientras me ayudaba a recoger el equipo—. Más de una vez he pensado que me rompía la crisma, sobre todo bajando.
—Oh, vamos, te ha encantado, ¡confiesa! Ahora mismo tienes la adrenalina por las nubes y hace tiempo que no te sentías así de bien, ¿a que sí?
Su cara de sorpresa me indicó que había acertado en mis conjeturas, lo que me hizo sonreír.
—Bueno, reconozco que no ha estado mal… —admitió devolviéndome la sonrisa, aunque sin dar del todo su brazo a torcer.
El ambiente se había cargado repentinamente de electricidad, como si estuviera a punto de llegar una arrolladora tormenta a pesar de que el sol lucía en todo su esplendor. Por un momento, cruzamos las miradas.
—Bueno… eh…, habrá que comer, ¿no? Me muero de hambre.
—¡Claro!, vamos hacia el coche. Te voy a llevar a un restaurante de un pueblo cercano que me encanta.
Comimos carne a la brasa, patatas fritas, ensalada y un postre que compartimos y del que a duras penas conseguimos tomar más que un par de cucharadas.
Cuando, ya de regreso a la ciudad, Logan se quedó profundamente dormido en el asiento del copiloto, respeté su sueño y conduje por la autopista sumida en mis pensamientos.
Esperé a aparcar en el garaje de mi casa antes de decidirme a despertarlo.
—Logan, hemos llegado.
—¿Dónde estamos? —preguntó con voz somnolienta mientras miraba a su alrededor, desubicado.
—En el garaje de mi casa… —. Ni se me había pasado por la imaginación llevarlo a la suya, por supuesto.
Esperamos unos segundos a que se espabilase un poco antes de salir del coche y dirigirnos al ascensor. De nuevo flotaba en el ambiente aquella especie de tensión sexual no del todo resuelta. Para cuando entramos en el ático, él ya se había despejado por completo.
—Me empieza a doler todo… —se quejó frotándose los hombros mientras dejaba la pequeña mochila que llevaba con sus cosas en la mesita de la entrada. Yo sabía que al día siguiente iba a tener unas agujetas mortales, pero me abstuve de comentarle algo al respecto—. ¿Dónde está César?
—Se lo he dejado a Paige esta mañana… No me gusta que esté solo en casa demasiado tiempo.
—Si tuvieses un hijo, creo que serías buena madre… —apuntó con una sonrisa divertida.
—Probablemente. ¿Tú piensas tener hijos?
—Eh… Pues no sé, quizá… —respondió algo desconcertado. ¿Le incomodaba hablar de aquel tema conmigo? Probablemente se imaginaba teniendo hijos con alguna de esas snobs de sonrisa falsa y apellido ilustre con las que solía relacionarse en el club.
Decidí cambiar de tema.
—Necesito una ducha urgentemente…
—Yo también.
—Me parece que tienes toallas limpias en todos los baños de invitados.
—Tranquila, si no, sé dónde están guardadas —dijo antes de adentrarse hacia el interior del piso. A veces olvidaba que debía conocerlo como la palma de su mano.