Mi querido enemigo CAPÍTULO 24.
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CAPÍTULO 24.

LOGAN.

Abrí el armario, repasé la ropa con rapidez y me decidí por unos pantalones cortos de deporte, una camiseta de entrenamiento y las New Balance anaranjadas que Madison me había regalado por mi último cumpleaños.

Me vestí sin perder tiempo, imaginando que Alexandra estaría a punto de aparecer.

Mientras me ataba las zapatillas, volví a preguntarme a dónde demonios pensaba llevarme a esas horas de la mañana. Aunque también existía la posibilidad —bastante real, por cierto— de que al final no apareciera.

No había tenido noticias suyas desde la noche anterior, cuando se bajó de mi coche casi dándome con la puerta en las narices.

Para qué negarlo, aquello todavía me escocía. Más que nada porque había pasado buena parte de la noche dando vueltas en la cama, fantaseando con la idea de volver a besarla. De besarla… y de algunas cosas más, para ser exactos.

—Dios… —murmuré para mí mismo.

¿Qué demonios me estaba ocurriendo?

¿Por qué una simple mirada suya conseguía convertir mi cabeza en un auténtico hervidero de pensamientos poco decorosos?

Estaba desconcertado. Ninguna mujer había provocado jamás algo parecido en mí.

Ni siquiera Carolyn.

¡Carolyn! ¿Cuándo había pensado en ella por última vez…? Ni lo recordaba.

Inspiré profundamente un par de veces tratando de ordenar mis ideas antes de mirar el reloj.

Las diez en punto. Aquella maníaca de la puntualidad estaría a punto de llegar.

Salí a la calle justo cuando el impecable Volvo blanco de Alexandra se detenía frente a mí.

Abrí la puerta del copiloto y me acomodé en el asiento con aire tranquilo.

—Buenos días… —saludé con tono neutro, reprimiendo el impulso casi automático de inclinarme para besarla.

—¡Buenos días! —respondió ella con una amplia sonrisa—. ¿Has dormido bien? —añadió con una ligera sorna, como si de algún modo supiera que me había pasado media noche pensando en ella.

—Como un bebé —mentí con total descaro mientras me abrochaba el cinturón de seguridad—. ¿A dónde vamos?

Alexandra arrancó el coche con decisión y se incorporó al tráfico.

—A Raven’s Bluff —respondió.

—¿Raven’s Bluff?.

Sabía que era una zona de paredes rocosas y acantilados bajos situada en las colinas boscosas al oeste de Harbor City, muy frecuentada por escaladores y senderistas los fines de semana.

—Es un sitio al que suelo ir a escalar —explicó con absoluta naturalidad.

—¿A escalar? —repetí con alarma—. No pretenderás que lo haga contigo, ¿verdad?

Ahora empezaba a entender por qué desaparecía todos los sábados por la mañana.

El problema era que lo más alto que yo había escalado en mi vida era la cuerda que colgaba del techo del gimnasio.

—Pues claro que sí —contestó con entusiasmo—. Ya verás, te va a encantar.

—¿Encantar?… No lo tengo yo tan claro.

—Haremos una de las rutas fáciles —dijo encogiéndose de hombros—. Cualquier persona con un mínimo de forma física y un buen monitor podría hacerlo.

—¿Y tú vas a ser mi monitor? —pregunté con evidente desconfianza.

Si hubiese sabido que ese era el plan, probablemente me habría quedado durmiendo.

—Por supuesto —respondió con una sonrisa traviesa—. Vas a tener a la mejor profesora de escalada de todo Harbor City.

—No sé si fiarme… Lo mismo tu plan es despeñarme por una montaña o algo así.

Alexandra soltó una carcajada.

—Tranquilo. Tengo otros planes para ti.

Aquella frase quedó flotando en el aire del coche durante unos segundos. Estuve a punto de preguntarle a qué se refería exactamente, pero no lo hice, quizá porque mi futuro con ella seguía siendo demasiado incierto.

Tardamos cerca de una hora en llegar. La carretera empezó a serpentear entre bosques de pinos y robles hasta desembocar en un pequeño aparcamiento de grava junto a un cartel de madera que decía:

“Raven’s Bluff – Climbing Area”.

El nombre, por sí solo, ya me dio mala espina.

Alexandra apagó el motor y abrió el maletero.

—Toma —dijo entregándome unas mallas deportivas negras muy ajustadas y un par de zapatillas de escalada de mi número, ambas prendas sin estrenar—. Cámbiate de pantalones. Las zapatillas más adelante.

Miré la ropa con expresión incrédula.

—¿En serio tengo que ponerme esto? —pregunté levantando las mallas entre dos dedos—. Voy a parecer un bailarín de ballet.

—Más te vale ponértelas si no quieres destrozarte las rodillas contra la roca —respondió con toda tranquilidad.

—Está bien… — refunfuñé mientras me colocaba detrás del coche para cambiarme. No tenía escapatoria.

Media hora después caminábamos por un sendero estrecho que atravesaba el bosque. El aire olía a tierra húmeda y resina de pino, y el sol de la mañana se filtraba entre las ramas formando manchas de luz sobre el suelo.

Tras unos treinta minutos de caminata, el sendero desembocó en un claro.

Y entonces vi una serie de enormes paredes de roca gris que se alzaban frente a nosotros, elevándose varios metros hacia el cielo como gigantes dormidos.

Tragué saliva.

—Dime que no vamos a subir ahí… —murmuré.

Alexandra sonrió.

—Bienvenido a tu primera escalada, Logan Dawson. Hoy ascenderemos por el «Risco de los principiantes» —dijo señalando el más pequeño de los riscos, que, a pesar del nombre, seguía siendo bastante imponente.

—¿Ese…? —repetí con la voz estrangulada. Definitivamente, aquello me empezaba a parecer una malísima idea.

—¡No seas gallina!, apenas son cuarenta metros. Hasta una abuela sería capaz de subir por ahí… —dijo tratando de apelar a mi orgullo.

—¿Y qué pasa si resbalo? —pregunté con desconfianza.

—Te quedarías colgando de una cuerda y te rasparías un poco el cuerpo, pero tranquilo, que no voy a dejar que eso ocurra, ¿de acuerdo? —Su tono de convicción me tranquilizó lo suficiente como para seguir adelante.

—Está bien —claudiqué—. Pero esfuérzate en que salga de aquí sano y salvo…

—¡Alexandra! —gritó de pronto un chico barbudo que se encontraba a cierta distancia acompañado de una pareja de ambos sexos—. ¿Te vienes con nosotros?

—¡No puedo! —respondió Alexandra colocando las manos alrededor de su boca para conseguir el efecto de un altavoz—. Hoy voy a subir el «Risco de los principiantes» .

—¿Y eso?, ¿estás de niñera? —intervino la chica, una pelirroja de larga melena y de cuerpo atlético, señalándome con el dedo.

—¡Algo así! —gritó Alexandra, provocando de inmediato la risa de los otros.

—¡Otro día, entonces!

—¡Claro, otro día!

—¿Sueles ir con ellos…? —pregunté con curiosidad, algo molesto por lo de «niñera»; ¿tanto se notaba que era mi primera vez?

—A veces —contestó sin extenderse en más explicaciones—. Y ahora, presta mucha atención a todo lo que te voy a decir…

Los siguientes cuarenta minutos transcurrieron mientras yo asimilaba sus explicaciones y advertencias sobre el uso adecuado del arnés, las aseguradoras, las cuerdas, los mosquetones y las poleas.

Por último, me vendó los dedos de las manos con un esparadrapo especial mientras me daba las últimas indicaciones.

Después me obligó a ponerme los pies de gato que había traído, un instrumento de tortura que, según ella, debía llevarse así de apretado.

En los primeros metros del ascenso me sentí torpe, casi ridículo, imaginándome a mí mismo resbalando por la pared y dejándome los dientes contra la roca.

Aun así, conseguí avanzar sin demasiados contratiempos, más por pura fuerza que por técnica, agradeciendo sinceramente el buen estado físico que tenía, fruto de largas horas en el gimnasio del club.

Alexandra, en cambio, escalaba por delante con una facilidad casi insultante. Se movía con soltura, señalándome los apoyos y dándome indicaciones sin perder el ritmo, como si aquella pared fuera poco más que una escalinata.

Tardamos cerca de una hora en alcanzar la cima. Cuando por fin me senté sobre la roca, tratando de recuperar el aliento bajo el cálido sol de verano, levanté la vista al cielo y di gracias mentalmente a todos los santos por seguir de una pieza.

¿Quién demonios me había mandado meterme en semejante jardín?

—¿Qué tal…? —preguntó Alexandra, sentándose a mi lado con las piernas entrecruzadas al estilo indio.

—Salvo por un par de raspones en las manos y en las rodillas, bien. Aún estoy haciéndome a la idea de que continúo con vida…

—¡Serás exagerado! —exclamó riendo—. A ver, déjame ver…

Me sujetó las manos para examinarlas con detenimiento. Tenía los músculos agotados, la adrenalina todavía disparada y una inquietud creciente al pensar en la bajada que aún nos esperaba, pero el simple contacto de sus dedos me dejó sobrecogido.

Jesús… ¿por qué mi cuerpo reaccionaba así por un simple roce de manos? Últimamente me estaban pasando cosas bastante extrañas.

—Voy a vendarte de nuevo algunos dedos —añadió con naturalidad mientras rebuscaba en su mochila—. Así no te harás daño cuando bajemos haciendo el rápel.

—Creo que me impone más la bajada que la subida… No se soltará la cuerda, ¿verdad?

—Bueno, eso nunca se sabe, ¡todo se puede romper en esta vida!

—contestó encogiéndose de hombros y dirigiéndome una sonrisa un tanto sádica—.

Es broma, ¡es broma! —rectificó de inmediato tras ver mi cara de desconcierto—.

Te prometo que no se va a romper. Tú solo sigue las indicaciones que te he dado antes, ¿de acuerdo?

—¡Qué graciosa eres!, me parto de risa con tus bromas, en serio —repliqué en tono furibundo mientras miraba con respeto el abismo que caía a nuestros pies.

Estuvimos un buen rato en la cima recuperando fuerzas y admirando el paisaje. Alexandra me daba conversación tratando de relajarme, aunque reconozco que yo no me sentía demasiado comunicativo. Me preocupaba el descenso.

—Mira, esa nube parece un cocodrilo, ¿lo ves?

—No… —. Estaba yo como para ver cocodrilos, la verdad.

—Y esa otra es la cara de un gato, ¡se ve clarísimo! —señaló en tono burlón, divertida ante mi actitud recelosa.

—Si tú lo dices…

—Es la primera vez que traigo a alguien aquí, ¿sabías? —dijo tras permanecer unos segundos en silencio, consiguiendo que olvidara momentáneamente la espeluznante bajada que me esperaba.