CAPÍTULO 23.
LOGAN.
—Gloria, por favor, ¿podrías darme una puntada a esta camisa? Se me ha descosido un poco el bolsillo… —rogué en tono casi implorante mientras entraba en la cocina y miraba el reloj con evidente agobio.
Había quedado en recoger a Alexandra en su casa en menos de veinte minutos y aún no estaba listo. Aunque, pensándolo bien, ¿qué más daba qué camisa llevara? Era solo una cena.
—Ahora no puedo, tengo mil cosas que hacer… Tráemela el lunes, mejor —respondió Gloria con su habitual desparpajo.
Aquella mujer era imposible. No solo corría a contarle a mi madre cualquier visita femenina que pasara por la casa, sino que, además, jamás me echaba una mano cuando realmente la necesitaba.
Mascullé algo por lo bajo, resignado, y subí a toda prisa a buscar otra camisa. Cinco minutos después salía de la casa casi corriendo.
Más me valía darme prisa.
Alexandra ya me estaba esperando frente al portal de su edificio cuando llegué. Miraba el reloj con gesto impaciente.
—Llegas tarde —dijo en cuanto abrió la portezuela del Jeep.
—Solo cinco minutos —me defendí.
—Más bien ocho —replicó con una sonrisa ligeramente burlona mientras se acomodaba en el asiento del copiloto.
También ella se había arreglado con esmero. Llevaba un elegante mono oscuro de pantalón largo y tirantes, el cabello cuidadosamente peinado y un maquillaje discreto que resaltaba aún más sus rasgos armoniosos.
Estaba espectacular.
Me obligué a apartar la mirada y fijarla en la carretera; no quería que notara hasta qué punto la estaba observando.
—¿A dónde quieres ir? —pregunté mientras aceleraba el Jeep y me incorporaba al tráfico.
—¿Conoces el 323?
—No he ido, pero he oído hablar de él. —Se refería a uno de los restaurantes más de moda de toda la ciudad. Se rumoreaba que era imposible evitar la lista de espera si no se contaba con la amistad de los dueños—. ¿Has reservado…?
—¿Tú qué crees?
—Pues espero que sí —repliqué en tono desconfiado—. ¿Cómo has conseguido mesa? —.Sabía que Madison y su oftalmólogo habían intentado reservar un par de veces hasta darse por vencidos.
—Llamando y reservando. Vamos, lo normal… —contestó en tono socarrón. A veces era odiosa, sobre todo cuando pretendía burlarse de mí. Decidí no preguntar más al respecto.
El tráfico, a pesar de ser un viernes por la noche, era relativamente fluido y en poco más de quince minutos llegamos a nuestro destino.
Dejamos el Jeep al aparcacoches y, en cuanto Alexandra se identificó a la extravagante recepcionista del local, esta nos acompañó a nuestra mesa mientras nos daba conversación, haciendo gala de un acento extranjero que no identifiqué.
El sitio parecía un tanto extraño. La iluminación era tenue para ser un restaurante y la música estaba un poco alta, aunque por fortuna era buena.
Estudiamos la carta con detenimiento antes de pedir, pues los platos eran de los que había que leer dos veces para enterarse de los ingredientes que llevaban.
Nunca me ha gustado demasiado ese tipo de menús, pero debía reconocer que el sitio era subyugante y la comida, una vez servida por un elegante camarero de ademanes ceremoniosos, estaba deliciosa.
Hablamos de todo un poco y la cena transcurrió de manera apacible hasta que nos trajeron los postres. Fue en ese momento cuando empezó a torcerse la cosa.
—¿Entonces, habías venido alguna vez aquí…? —curioseé mientras desmenuzaba con el tenedor mi exótico soufflé antes de llevarme un trozo a la boca.
—Alguna que otra vez —contestó Alexandra, haciendo girar distraídamente su copa de agua entre los dedos. Empezaba a fastidiarme que, en ocasiones, fuera tan hermética conmigo. —. ¿Te ha gustado el sitio? —preguntó a continuación con gesto intrigado.
—Sí, aunque es un poco… estrafalario.
—Puede, pero la comida es excelente.
—¿Sueles venir aquí con tus ligues? —. La pregunta salió de mi boca de forma espontánea. De inmediato me arrepentí de haberla formulado; no quería que pareciese que aquello me importaba.
—¿Mis ligues…? —repitió con una mueca divertida.
—Sí, bueno… Nunca me has contado nada sobre tu vida amorosa —aclaré, algo apurado, tratando de justificar mi curiosidad.
—Tú tampoco me has contado demasiado sobre la tuya, la verdad —replicó enarcando las cejas en un significativo gesto—. Aunque, respondiendo a tu pregunta, las veces que he venido, han sido con Paige. ¿Algo más que quieras saber…?
Quería saber muchas cosas, como, por ejemplo, con quién se relacionaba habitualmente, cuántos novios había tenido y si se había enamorado alguna vez, pero la mirada burlona que me dirigió me desanimó a plantear tales cuestiones. Alexandra podía ser encantadora y, al minuto siguiente, algo cortante.
—Bueno, eeh… ¡No sé!, nada en concreto… ¿Y tú?
Permaneció unos cuantos segundos en silencio mientras trazaba con el dedo una especie de dibujo abstracto en el mantel. Parecía estar dándole vueltas a algo.
—La verdad es que sí, tengo curiosidad por algunas cosas… —anunció con una expresión en el rostro indescifrable—. Por ejemplo: ¿te gusta ir de caza…?
—¿Cómo? —pregunté desconcertado. ¿A qué venía eso ahora?
—Que si te gusta ir de caza a matar ciervos, por ejemplo… —repitió en un tono que me recordó al del profesor que se dirige a un alumno no demasiado brillante, lo que reconozco que me molestó.
—La verdad es que no, ¿por qué lo preguntas?
—No sé, ¡es una pregunta cualquiera! Y, ya que estamos, ¿qué opinas de los negacionistas del cambio climático…?
—La comunidad científica internacional es bastante clara con ese asunto, ¿tengo pinta de negar ese tipo de cosas? —inquirí a mi vez, algo amoscado por el cariz que empezaba a tomar la conversación.
—Yo no he dicho eso. Se trata de una pregunta inocente…
—¡Ya!, dudo mucho que, precisamente tú, peques de formular preguntas inocentes.
—¿Y qué piensas del feminismo? —planteó a continuación, haciendo caso omiso de mi comentario.
—¿En relación con qué, exactamente…?
—Respecto a su significado como movimiento social —aclaró encogiendo los hombros sin dejar de mirarme con una sonrisa algo torcida que, de pronto, me sulfuró.
—Pues creo en la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, por supuesto, aunque tampoco me gustan los extremos…
—¿A qué te refieres con extremos? —. Su actitud era, de pronto, desconfiada, como la del policía que pretende sonsacar la verdad al presunto delincuente a base de perseverancia.
—¿Se puede saber a qué viene tanto interrogatorio raro sin venir a cuento?
—No es un interrogatorio raro… Solo me gustaría saber algunas cosas más de ti —explicó efectuando un gesto con las manos que podría significar cualquier cosa—. Aunque, hablando de extremos, ¿te puedo preguntar a qué partido político sueles votar?
—Pero bueno, ¿tú de qué vas? No me gusta que me examinen, y menos aún de manera tan prejuiciosa…
—¿Prejuiciosa? ¿Me vas a hablar, precisamente tú, de prejuicios? —inquirió con insolencia tras doblar meticulosamente su servilleta de una forma que, no sé muy bien por qué, me pareció irritante.
—Si tienes esas ideas sobre mí, no deberías quedar conmigo, ¿no crees?
Ella consideró por un instante mis palabras con aire reflexivo, pero no respondió; se limitó a pedir de un gesto la cuenta a la camarera ignorando mi comentario, lo cual me pareció bastante ofensivo. De nuevo estaba presente la gélida brecha que antaño nos separaba.
—Aquí tienen… —anunció la camarera depositando salomónicamente la nota en una bandejita de plata en mitad de la mesa.
Alexandra hizo amago de cogerla, pero me adelanté y, sin comprobarla siquiera, me la quedé ofreciendo a la chica mi tarjeta de crédito; no me apetecía dejarme invitar.
Alexandra no dijo nada, sonrió divertida mientras la camarera pasaba por segunda vez mi tarjeta por el datáfono.
Entonces recordé el cobro que me habían cargado aquella misma mañana: una de las cuotas atrasadas de los préstamos de mi difunto padre.
Maldita fuese. Durante un par de días, hasta que me ingresaran lo del club y entraran algunos pagos pendientes, mi cuenta corriente podía estar peligrosamente cerca de los números rojos.
Eché un rápido vistazo a la nota del restaurante y casi me caigo redondo del susto; aquello era un atraco a mano armada.
—Me da error por tercera vez, lo siento —se excusó la amable camarera antes de devolverme la tarjeta.
—Pruebe con la mía… —intervino Alexandra, observándome de reojo con gesto de guasa. Me dieron ganas de asesinarla, lo reconozco.
Esperé a quedarnos otra vez a solas para tomar la palabra:
—¿Qué es lo que te parece tan divertido, se puede saber…?
—Tu cara de apuro. ¡Si te vieras! —respondió soltando una risita que me pareció insultante.
—Pues ale, guapa, espero que te sigas divirtiendo el resto de la noche tú sola. Yo me voy a casa.
Me levanté furioso, dispuesto a dirigirme hacia la salida con toda la dignidad de la que fui capaz.
Mientras caminaba, me juré una vez más que, en cuanto me librara de todas las deudas que mi padre había dejado tras de sí, devolvería al apellido Dawson el prestigio que le correspondía y me convertiría en uno de los hombres más ricos y poderosos de Harbor City.
Y, una vez más, sentí que odiaba a Alexandra Bennet con todas mis fuerzas.
ALEXANDRA.
Permanecí unos segundos sentada a la mesa, observando cómo Logan abandonaba el restaurante con paso airado, preguntándome en qué momento exactamente la cita se había ido al garete.
La culpa, en parte, era mía. Había estado dándole demasiadas vueltas a todo lo que me había dicho Paige. Era evidente que Logan se había ofendido con mis preguntas… aunque el episodio de la tarjeta tampoco había ayudado demasiado, la verdad. ¿Por qué demonios me había tenido que reír?
Quizá todavía estuviese a tiempo de reconducir aquello.
Me levanté y salí tras él, alcanzándolo unos metros más allá, en plena acera.
—¡Logan, espera!
Se detuvo, pero no se giró inmediatamente.
—¿Qué quieres?
—¿Te has enfadado…? —pregunté con cara de inocencia mientras aceleraba el paso para ponerme a su altura.
—No, qué va —respondió con una ironía que casi chirrió en el aire—. Es que tengo sueño.
En ese momento hizo una seña al aparcacoches para que le trajera el Jeep.
—Venga, no seas bobo… —dije intentando suavizar el ambiente—. Siento haberme reído… pero es que tenías una cara de lo más graciosa…
Error.
Por la mirada de furia que me dedicó, comprendí al instante que no era el mejor momento para hacer bromas. Me abstuve de añadir nada más.
El chico del aparcamiento nos acercó el Jeep apenas un par de minutos después. Logan subió al volante sin decir una palabra mientras yo ocupaba el asiento del copiloto. Después arrancó el motor y se incorporó al tráfico.
Esperé unos segundos antes de hablar.
—No sabía que eras tan susceptible…
—Pues yo sí sabía que eras tan cretina, mira tú por dónde.
—¿Cretina? —repetí con fingida indignación.
No respondió. Se limitó a lanzarme una mirada cargada de rencor que, en el fondo, me resultó casi divertida.
Nunca lo había visto tan enfurruñado.
Cuando llegamos a mi calle, Logan detuvo el coche frente al portal y apagó el motor. La noche estaba tranquila y la luz amarillenta de una farola se colaba por el parabrisas, iluminando su perfil.
Seguía con cara de pocos amigos, y aun así estaba increíblemente guapo. Sentí un impulso casi irresistible de besarlo, pero me contuve.
—¿Nos vemos mañana? —pregunté al final, esbozando una pequeña sonrisa conciliadora.
—Ya veremos… —replicó mientras tamborileaba distraídamente con los dedos sobre la guantera.
—Te recojo a las diez de la mañana —dije ignorando deliberadamente su respuesta.
—¿Para qué exactamente?
—¿Te va a durar mucho esa rabieta?
—Lo que estime conveniente…
No le dejé terminar.
Me incliné hacia él de forma impulsiva, lo sujeté por el cuello de la camisa y posé mis labios sobre los suyos.
Al principio se quedó quieto, claramente sorprendido. Pero apenas un segundo después sentí cómo su boca respondía a la mía y cómo su cuerpo se movía ligeramente para acercarse más.
Cuando nos separamos, lo hicimos dejando apenas unos centímetros de distancia entre nuestros rostros.
—Entonces… ¿te recojo a las diez? —susurré contra sus labios mientras le acariciaba el mentón.
—No sé si a esa hora estaré durmiendo… —respondió en tono juguetón antes de inclinarse y morder suavemente mi labio inferior en un gesto posesivo, casi impaciente, que me encantó.
—Pues te despiertas… —conseguí decir mientras sentía todavía la presión de sus dientes sobre mi boca.
—¿Se puede saber a dónde quieres ir un sábado tan temprano? —preguntó, intrigado, separándose apenas unos centímetros.
—Es una sorpresa.
—¿Qué tipo de sorpresa?
—Las sorpresas no se cuentan, pero vístete con ropa deportiva.
—Todavía no he dicho que vaya a ir contigo a ninguna parte…
Abrí la puerta del coche.
—Eh… ¿te vas ya? —dijo de pronto con un tono distinto, entre sorprendido y decepcionado, como si mi marcha no formara parte de sus planes.
Sonreí.
—Hasta mañana, Dawson...
Había decidido no ponérselo todo tan fácil, por mucho que me apeteciera invitarlo a dormir conmigo.
Subí a casa con una mezcla de irritación y satisfacción, con la piel todavía caliente por el beso y la siempre inquietante cercanía de Logan.
Definitivamente iba a necesitar una ducha bien fría para serenarme.