Mi querido enemigo CAPÍTULO 22.
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CAPÍTULO 22.

LOGAN.

—Espera, ¡hoy invito yo! —dijo Troy apartando mi mano de la taquilla y sacando su tarjeta de crédito para pagar las entradas del cine—.

Y a las palomitas, también…  —añadió meneando los hombros en una especie de baile extraño que de inmediato atrajo la mirada de las personas que estaban en la cola, detrás de nosotros.

—¡Venga!, que la peli va a empezar… —intervine interrumpiendo su delirante baile.

Era obvio que mi amigo estaba eufórico; había recibido la llamada de su antiguo jefe ofreciéndole la reincorporación inmediata al bufete con un sustancioso bonus por las molestias del «malentendido» de su despido. No había dado más explicaciones, ni Troy se las había requerido.

—Todavía no me has aclarado del todo cómo lo has conseguido. No sabía que te llevabas tan bien con Alexandra últimamente… ¿Habéis enterrado el hacha de guerra, por fin?

—Tampoco es que nos llevemos tan bien… —aclaré de inmediato—. Simplemente hemos aprendido a respetarnos —continué diciendo en tono despreocupado.

No sabía muy bien por qué, pero de momento no tenía ninguna intención de revelar la verdadera naturaleza de la relación que mantenía con Alexandra.

Alexandra y yo. ¡Dios santo!, ya era bastante raro lo que estaba ocurriendo, como para plantearme algo más trascendental. Además, salir en serio con una mujer no entraba dentro de mis planes.

—Sigo sin entenderlo. Hace un par de meses quería hundirnos en la miseria y ahora consigue que me devuelvan mi trabajo y te libera de la esclavitud antes de tiempo… Es extraño, ¿no crees? —insistió mi amigo mientras entrábamos en la sala de cine, todavía iluminada, buscando nuestros asientos.

—¿Y yo qué quieres que te diga? No estoy en su cabeza como para saber el motivo de sus acciones —repliqué sin faltar del todo a la verdad y deseando cambiar de tema cuanto antes.

—No me fío de ella. ¿No será que nos tiene preparada otra sorpresa? Recuerda que nos la tiene jurada, sobre todo a ti…

—Olvídate, Troy. Creo que nos ha perdonado. Es tan sencillo como eso…

—Espero que tengas razón.

—La tengo —afirmé con rotundidad. Todavía existían unos cuantos interrogantes referentes a Alexandra, pero estaba relativamente seguro de que la época de las vendettas había finalizado.

Las luces se apagaron y me preparé para disfrutar de la película, aunque apenas fui capaz de seguir el argumento; mi mente no dejaba de pensar en Alexandra y en todo lo sucedido la noche anterior.

Tenía la extraña impresión de que el aire estaba impregnado de su aroma y de que mis manos aún sentían la calidez de su piel.

Una parte de mí deseaba salir de aquella sala e ir en su busca para continuar donde lo dejamos la noche anterior, pero no lo pensaba hacer, por supuesto; me negaba en rotundo a someterme a aquella especie de debilidad que parecía dominarme en los últimos tiempos y que me tenía bastante desconcertado.

Cuando terminó la película, Troy insistió en celebrar su regreso al trabajo, así que acabamos recorriendo unos cuantos garitos de moda mientras él bebía como si quisiera secar hasta el agua de los floreros.

Reímos, tonteamos con un par de chicas y dejamos que la noche siguiera su curso.

Pero cuando regresé a casa, cerca de las tres de la madrugada, descubrí que, a pesar del cansancio, me resultaba imposible conciliar el sueño.

Sentía la piel caliente, las hormonas revolucionadas y la respiración acelerada. La imagen de Alexandra, omnipresente en todas y cada una de mis cavilaciones, me incitó a tratar de alcanzar el placer por mí mismo.

En honor a la verdad, no era la primera vez que hacía aquello pensando en ella…

ALEXANDRA.

—Alexandra, ¿tenemos entonces luz verde para desarrollar el proyecto?

El director del departamento de ingeniería informática de ScarCompany me miró con gesto inquisitivo.

Yo llevaba toda la reunión distraída, jugueteando con un bolígrafo y escuchando a medias las exposiciones de los informáticos.

Al final, iba a tener razón Paige cuando decía que aquel pedazo de cabrón sería mi perdición; se refería a Logan, por supuesto.

—Déjame darle una vuelta. Lo hablaremos de nuevo la semana que viene —sentencié levantándome de mi asiento y dando por terminada la reunión, incapaz de centrarme lo suficiente como para adoptar una decisión.

Mi mente estaba en otra parte, concretamente en el prometedor fin de semana que me esperaba con Logan.

Sabía que, en realidad, solo habíamos quedado para la noche del viernes, pero daba casi por hecho que el encuentro se prolongaría hasta el lunes por la mañana.

Al menos, eso era lo que esperaba. Aunque también existía la incómoda —y bastante deprimente— posibilidad de que él tuviera otros planes.

Al fin y al cabo, tampoco teníamos ningún compromiso, tan solo compartíamos un affaire algo extraño.

Me dirigí sin demora al despacho de Paige. Me había citado con ella para comer y la reunión se había alargado más de la cuenta. Conociéndola, me estaría esperando impaciente.

—¿Qué horas son estas…? —refunfuñó apagando su ordenador en cuanto me vio aparecer—. Llegas veinte minutos tarde y me muero de hambre.

—¡Perdona! —me disculpé esperando a que terminara de recoger sus cosas—. En compensación, te dejo elegir el sitio e invito yo—. Imaginaba que acabaríamos en ese italiano que tanto le gustaba a mi amiga, en el que servían unas pizzas algo grasientas.

—¡Perdonada!, pero ya sabes entonces dónde vamos…

—De acuerdo —contesté con voz resignada mientras nos dirigíamos al ascensor que bajaba hasta el subsótano del edificio—. Pero alguna vez me contarás por qué seguimos comiendo en los mismos sitios que frecuentábamos de estudiantes…

—¡No me hagas hablar! Paso olímpicamente de la nouvelle cuisine esa que tanto te gusta. ¡Pura bazofia!

Aquella era una discusión perdida; los gustos culinarios de Paige parecían haberse estancado en su época adolescente.

Entramos en el garaje y ella se dirigió hacia su última adquisición, un Mercedes deportivo color rojo chillón.

Era el tercero que se compraba en los dos últimos años de esa categoría, a cada cual más extravagante y cantoso que el anterior.

Estaba claro que mi amiga tenía alma de futbolista de élite.

—¿Por qué no vamos mejor en el mío? Para ir al centro de la ciudad es más discreto… —sugerí con cautela, aun sabiendo que tenía la batalla perdida. Paige, al contrario que yo, no tenía inconveniente en ir llamando la atención con ese tipo de cosas.

—No seas plasta y entra de una vez —replicó abriendo el vehículo y haciendo caso omiso de mi propuesta—. Hablando de coches, ¿qué piensas hacer con la antigualla esa que tienes escondida en tu garaje? Hace un año que lo compraste y jamás te lo he visto usar…

Se refería al antiguo coche de Logan, un espectacular Porsche 911 de los años setenta, restaurado con esmero, que su padre, el difunto Simon Dawson, le había regalado al cumplir la mayoría de edad.

Logan, sin embargo, se había visto obligado a venderlo para hacer frente a las deudas que su propio padre había dejado tras su fallecimiento.

Yo lo había adquirido tras localizar al nuevo dueño, un coleccionista, ya entrado en años, al que tuve que convencer con un buen cheque y la mejor de mis sonrisas para que se deshiciera de él.

Desde entonces, lo tenía aparcado en el garaje de mi casa tapado con una lona.

Tan solo lo arrancaba de tanto en cuanto para darle una vuelta y evitar su deterioro.

—Aún no lo sé. En el fondo lo considero como una especie de inversión… El precio de los coches de época no deja de subir —contesté sin saber muy bien a quién intentaba convencer con semejante argumento, si a Paige o a mí misma.

—¡Una inversión! —exclamó ella con voz de falsete tras arrancar el Mercedes de un brusco acelerón—. Sigo sin entender por qué lo compraste.

—¿Me creerías si te digo que yo tampoco?

—Sí, te creo —afirmó tras reflexionar durante unos segundos—. Te creo porque empiezo a pensar que todo lo que tenga que ver con ese cabrón te está nublando el juicio… —agregó, mirándome de reojo—. Eres consciente de ello, ¿verdad?

Ya estábamos con eso otra vez. Desde que la había puesto al corriente de lo ocurrido con Logan durante los últimos días, no hacía más que lanzarme pullas.

—Soy mayorcita para saber lo que hago, ¿no crees? —repliqué algo escocida. Sabía que lo decía por mi bien, pero había cosas que no deseaba escuchar, ni siquiera de ella.

—Está bien, ¡perdona! —se disculpó soltando por un momento la mano derecha del volante para darme un golpecito cariñoso en la pierna—. Pero dime que solo pretendes acostarte con él unas cuantas veces y luego olvidarlo…

—No te puedo decir tal cosa… —contesté con total sinceridad. No era eso, ni remotamente, lo que tenía en mente.

—¡Lexi!, no me digas que te has enamorado de ese… de ese… ¡idiota!

—Pues no te lo digo, pero entonces faltaría a la verdad.

Nunca le había mentido a Paige y no era cuestión de empezar a hacerlo ahora, y menos con una cuestión como esa.

—¡Jesucristo! —exclamó tras soltar un sonoro bufido, aumentando la velocidad hasta conseguir traspasar el semáforo en ámbar—. ¡Con la de hombres que hay en el mundo! Si lo llego a saber, jamás te habría ayudado a llevar a cabo tu particular ajuste de cuentas —se lamentó en tono irritado.

—Venga, Paige, no seas tan cerrada de mente. Ya te he dicho que, en el fondo, Logan no es mal tío.

— En el fondo …, ¡ya! Suponiendo que tengas razón, ¿tú sabes en dónde te metes? Ese niño pijo pertenece al círculo más ultraconservador y rancio de esta ciudad, un ambiente de «hijos de» con olor a naftalina y valores decimonónicos, Lexi…

—¡Exageras!…

—No te quiero aguar la fiesta, pero no te hagas ilusiones con él.

Seguro que es de los que salen de caza a matar ciervos por pura diversión, niegan el cambio climático, votan a políticos extremistas y odian la palabra «feminismo».

¿Tú crees que encajarías con alguien así…

? Seguro que lleva toda la vida escuchando que tiene que buscarse una mujer de renombre para prolongar su estirpe con unos cuantos mocosos a los que educar en los mismos ideales…

—¿Y qué tendrá que ver lo que lleva toda la vida escuchando?

—¡Lexi! Solo te digo lo que ese hombre tendrá metido en la cabeza...

—Puede que tengas razón, pero apuesto a que él tiene sus propias ideas al respecto…

—. Intuía que el enfoque de Paige no se alejaba demasiado de la realidad, aunque algo me decía que Logan no era de los que se dejaban llevar por lo que se suponía que los demás esperaban de él. Esperaba no equivocarme.

—Y luego está su madre… Según mis padres, es una esnob insoportable con ínfulas de grandeza y una ideología propia de Gilead , ya sabes, de la serie El cuento de la criada.

—¿Y a mí qué rayos me importa su madre?

—¡Simplemente era un comentario!

—Ya…

—Con sinceridad, no sé si desearte buena suerte o esperar que fracases.

—Ah, ¡pues muchas gracias! —repliqué con ironía—. Me encanta el apoyo que me brindas.

—No seas boba, ¡claro que tienes mi apoyo! Pero piensa que tú te habrás acostado con él, aún no sé por qué diabólicos designios del destino, pero yo lo sigo viendo como el chico que me llamaba Ratita con gafas en el instituto y que te tiraba botes de pintura en la cabeza…

—Te entiendo, pero si alguna vez llega el momento y te lo pido, prométeme que le darás una oportunidad.

—Ya sabes que lo haré —admitió, apartando por un segundo la mirada de la calzada para fijarla en mí—. Pero si ese idiota se pone tonto, pasa de él, ¿ok?

—Llegado el caso, pasaré de él —concedí cruzando los dedos de manera supersticiosa. No entraba en mis planes permitir que ocurriera tal cosa.

Comimos las grasientas pizzas sin volver a tocar el tema, algo que, la verdad, agradecí. El presente era un regalo demasiado valioso como para empañarlo con preocupaciones que, en realidad, escapaban a mi control.

En cuanto al futuro… ya me ocuparía de él cuando llegara el momento.