CAPÍTULO 21.
ALEXANDRA.
Caminaba a través de la niebla, pero la visibilidad era tan limitada que apenas conseguía ver algo.
Tenía miedo, aunque no sabía muy bien de qué o por qué.
Me detuve unos instantes, tratando de orientarme dentro del opresivo silencio que me rodeaba, aunque fue inútil; estaba perdida.
Una figura de elevada estatura y anchísimos hombros apareció a lo lejos, mirándome con gesto sombrío mientras su corto cabello, apenas alborotado por una ráfaga de viento, despedía reflejos dorados.
Era Logan. Traté de correr hacia él gritando su nombre, pero mis piernas se rebelaron, negándose a obedecer mis órdenes.
De pronto, él se alejó hasta que, para mi desesperación, lo perdí de vista.
Cuando recuperé la movilidad, no fui capaz de encontrarlo.
Después, conseguí llegar a casa, pero mi ático pertenecía a una persona que no conocía, mi perro había desaparecido e intuí que mi empresa ni siquiera existía.
Me entró el pánico y hui en una loca carrera por la calle.
Un precipicio apareció de la nada y, aunque intenté detenerme a tiempo, no lo conseguí.
Caí al vacío, gritando.
—¡Logan!
Desperté incorporándome sobre los codos en un brusco movimiento. Me sentía angustiada y sudorosa, con la respiración agitada.
—Era una pesadilla, ¡tranquila! —dijo Logan, retirándome el pelo de la frente. Lo miré extrañada, tratando de comprender el significado de su presencia en mi cama; estaba desnudo y sentado al estilo indio, con las sábanas arremolinadas en la cintura—. ¿Estás bien…?
Tardé un rato en responder, el necesario para asimilar que, efectivamente, se trataba de la pesadilla de siempre, aunque con alguna que otra variación, como la aparición de Logan. Era la primera vez que formaba parte de aquel endemoniado sueño.
—Sí, estoy bien… —respondí dejándome caer hacia atrás y esforzándome en sonreír de forma despreocupada. La ocasión lo merecía, sin duda, pues la fascinante realidad que tenía ante mis ojos superaba, con creces, la peor de las pesadillas.
—¿Qué soñabas? —curioseó Logan con una sonrisa que me resultó absolutamente irresistible mientras se tumbaba a mi lado.
—No lo recuerdo… —mentí, dejándome invadir por una sensación de felicidad tan plena que casi resultaba irreal.
Mi casa seguía siendo mi casa, César roncaba plácidamente en su cama y mi empresa continuaba creciendo como la espuma. Pero nada de todo eso se acercaba siquiera a la sensación de despertarme con Logan Dawson a mi lado después de haber pasado la noche entre sus brazos.
Sin duda, el universo estaba de mi parte.
—Parecías atormentada… —insistió tras acercarse a mí hasta que nuestras caras quedaron a escasos centímetros de distancia.
—Puede que tuviese algo que ver con la lasaña esa que preparaste el otro día… —dije con sorna. No estaba preparada para compartir con él ciertas inseguridades que aún me asaltaban y que tenían su origen en una época en la que sentía que el mundo confabulaba contra mí.
—¡Muy graciosa! —.La expresión de su rostro, entre adormilada y risueña, me pareció irresistible. Lo miré tratando de ocultar la impresión que me causaba, maldiciendo por un instante la posibilidad de que aquel hombre no llegara a formar parte de mi futuro. Me inquietaba la idea.
—¿Desayunamos? —pregunté, resignada, tras echar una rápida ojeada al reloj de mi mesilla de noche.
Eran casi las diez y a las once tenía una cita importante en mi despacho.
Debía apresurarme—. Tengo una reunión y voy con el tiempo justo —añadí tras detectar cierta desilusión en su mirada.
En verdad, nada en el mundo me hubiese gustado más que quedarme en la cama con él.
Desayuné con pocas ganas y me vestí sin pensar demasiado en mi outfit.
Mi mente estaba distraída y no dejaba de rememorar lo sucedido la noche anterior.
¿De verdad había ocurrido? Si no fuese por la constante presencia de Logan, preparando las tostadas con una sonrisa traviesa o tirado en la cama mientras contemplaba cómo me vestía, habría tenido mis dudas.
Por un momento me pregunté si Logan también sentía aquella extraña conexión que flotaba entre nosotros desde la noche anterior.
Probablemente no. Al fin y al cabo, para él quizá aquello no era más que una aventura morbosa que deseaba vivir… y después, tal vez, olvidar.
—Espera, te has abrochado mal la camisa. —Su voz, divertida, interrumpió el hilo de mis pensamientos.
Se acercó a mí con gesto de suficiencia y lo recibí con un ligero beso en los labios. Los dioses debían estar recompensándome por algo bueno que había hecho en el pasado, seguro.
—¿Nos vemos esta noche? —pregunté en tono despreocupado, soltando de una vez por todas la cuestión que me llevaba un rato quemando en la boca. ¿Y si me daba largas…?
—He quedado con Troy para ir al cine y tomar algo… está un poco de bajón y no quiero darle plantón —respondió tras un leve titubeo—. Pero mañana, si quieres, estoy libre.
Mi corazón se relajó tras sufrir un ligero acelerón. Mañana. Podía esperar al día siguiente, por supuesto.
—De acuerdo.
—Por cierto, hablando de Troy… —dijo mirándome con repentina seriedad. De inmediato supe lo que me iba a pedir—, ¿está en tu mano que recupere su trabajo?
—Podría ser… —repliqué un tanto ambigua. Por supuesto que estaba en mi mano; no en vano me había convertido en uno de los mejores clientes de Whitmore había intentado sonsacarme en varias ocasiones sobre los motivos de mi petición de despido para Troy, pero siempre se encontraba con la misma respuesta: «Cuestiones personales que no vienen al caso» .
Seguro que se alegraba de poder reincorporarlo a su plantilla.
—Piensa lo que quieras, pero hazme este favor —dijo antes de sujetarme por la cintura y estamparme un beso de despedida en la boca que me dejó ligeramente mareada y con el corazón palpitante—. Por cierto, ¿no se te olvida algo…? —añadió mientras yo recogía mi bolso para dirigirme a la salida.
—¿El qué…?
—La lista esa del infierno que me dejas todos los días, ¿o la has escrito ya y no me he enterado?
—.Su expresión corporal, con los fornidos brazos cruzados y las piernas algo separadas, reflejaba un innegable aire de fastidio que me hizo sonreír.
Pensaba enviarle un mensaje por teléfono sobre ese asunto en unos minutos, pero se me había adelantado.
—Te libero de tu penitencia. A partir de hoy la considero cumplida. Lo único: dale un buen paseo a César antes de irte, por favor.
Me miró con gesto extrañado, como si no me hubiese escuchado bien del todo. Tardó unos segundos en contestar.
—¿En serio…?
—En serio.
—¿Qué te ha hecho cambiar de idea? —preguntó intrigado—. ¿Es porque hemos…? —Dejó la interrogación a medias, pero esbozó una sonrisa de lo más significativa.
—¿Qué más da el motivo? El caso es que doy por cumplido nuestro acuerdo.
De pronto deseaba que se comportara conmigo con absoluta libertad, sin elementos de por medio que pudieran enturbiar la peculiar relación que acabábamos de iniciar.
—¿Y qué pasa con el club…?
—Pues lo que acordamos en su momento: manéjalo a tu antojo, no me inmiscuiré. Y cuando tengas capital suficiente como para comprar mi parte, te la venderé al mismo precio por el que la adquirí, si quieres.
Sabía que tardaría algunos años, por supuesto, pues la operación no me había salido precisamente barata. Aun así, vistos los últimos acontecimientos, empezaba a pensar que había comprado a precio de saldo.
—¿Seguro que mantendrás tu palabra? Aunque en un futuro tú y yo no… —dejó la frase en el aire, como si no encontrara la forma adecuada de nombrar aquello que, sin embargo, ambos entendíamos perfectamente.
Me dolió que sacara ese tema justo en ese momento, como si diera por hecho que, tarde o temprano, aquello terminaría. Como si lo nuestro ya llevara implícita una fecha de caducidad.
¡Con lo bien que había empezado el día!
Apreté los dientes, incómoda, incapaz de apartar la idea que de pronto se abría paso en mi cabeza: la posibilidad de perderlo. Odiaba pensar que el destino pudiera ser tan cruel, tan mezquino, como para arrebatarme aquello que llevaba tanto tiempo deseando.
—Tienes mi palabra —afirmé con una sonrisa falsa antes de alargar mi mano derecha con solemnidad para sellar el acuerdo.
Cuando me la estrechó, tuve el impulso de apretar la suya con rabia, pero no lo hice, por supuesto.
No me convenía dejarme llevar por las emociones; era preferible utilizar cierta estrategia para tratar con aquel espécimen de la aristocracia local de quien me había enamorado.
Cuando salí a la calle, lo hice con un sentimiento agridulce, una extraña y desconcertante mezcla entre felicidad y decepción.