Mi querido enemigo CAPÍTULO 20. #3
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CAPÍTULO 20. #3

Durante unos segundos me quedé sin respiración, observándola sin el menor disimulo. Su cuerpo era esbelto, elegante, con los músculos ligeramente cincelados, como si cada línea hubiera sido trazada con una precisión casi artística.

En ropa interior era aún más impresionante que vestida.

— Quid pro quo . Te toca —dijo ella.

Se acercó con paso lento y deliberadamente seductor hasta obligarme a levantarme de la cama. Luego ocupó mi lugar con total naturalidad, acomodándose donde yo había estado sentado.

Su petición me pareció justa, por lo que me alejé un par de pasos y me saqué la camiseta por la cabeza. Después me desabroché los pantalones antes de empezar a bajarlos no sin cierta dificultad, pues la erección que sobresalía bajo mis calzoncillos era más que evidente.

Me acerqué a ella hasta quedar justo enfrente, con mi abdomen a la altura de su cabeza.

Levantó la cara y nuestras miradas se cruzaron en lo que me pareció un silencioso intercambio de mensajes.

A continuación, dejó que sus manos recorrieran mis muslos con una lentitud provocadora, en una caricia tan sensual como desconcertante.

Sentía el cuerpo arder y me pregunté, de forma absurda, si aquel calor llegaría a quemarle las manos.

Instantes después, cuando agarró el elástico de mis calzoncillos para bajarlos de un movimiento fluido hasta dejarlos caer al suelo, me quedé, por un momento, paralizado.

Ella sonrió divertida antes de empujarme ligeramente hacia atrás para obtener una panorámica completa, examinando mi desnudez con desparpajo y recreándose en unas zonas más que en otras.

Creo que nadie me había mirado de aquella manera, como si quisiera memorizar cada recoveco de mi anatomía.

Por un instante pensé en detener semejante escrutinio, pero por alguna razón no lo hice. Quizás, en el fondo, me gustara.

—¡Guau…! —exclamó con cierta sorna tras acercarme de nuevo a ella tirando de mis caderas. Parecía como si acabara de resolver uno de los grandes misterios de la vida.

Su reacción consiguió que se endureciera, aún más, mi ya abultada virilidad.

En un impulso apenas contenido, la empujé suavemente hacia atrás hasta dejarla tendida boca arriba sobre la cama. Después me deshice de su ropa interior, esforzándome por mantener a raya la urgencia que me recorría el cuerpo.

La desnudez de Alexandra me impactó más de lo que estaba dispuesto a admitir. Durante unos segundos me quedé de rodillas sobre el colchón, inmóvil, permitiéndome observarla con la misma calma con la que ella me había examinado a mí unos instantes antes.

Había fantaseado con aquella escena más de una vez, pero nunca imaginé que la realidad pudiera superar a la más incendiaria de mis ensoñaciones secretas.

Al final me incliné sobre ella con cuidado, acercándome despacio hasta que nuestros rostros quedaron a escasos centímetros.

Cuando nuestras bocas se encontraron, el beso que siguió fue inevitable: profundo, eléctrico, cargado de una intensidad que parecía haber estado aguardando mucho tiempo para desatarse.

Sentí sus manos desplazarse por mi espalda, en una caricia espeluznante, hasta detenerse en mis glúteos.

Fue entonces cuando comencé a besar sus pechos para, después, recorrer con las manos su cuerpo en una larga caricia hasta llegar a su zona más íntima ¡Dios santo!

, ¿de verdad estaba ocurriendo aquello? Estuvimos largo rato así, sin dejar de acariciarnos y besándonos con vehemencia.

¿Cuánto? Imposible saberlo, pues el tiempo había dejado de existir y el espacio no era más que un concepto difuso.

Cuando sentí que ya no podía esperar más, me alejé de ella en busca de mi pantalón.

Ella me observó durante un instante, desconcertada, hasta que comprendió.

Me llevó apenas un minuto ponerme uno de los preservativos que llevaba cuidadosamente guardados en la cartera y enseguida volví a su lado.

Ella me recibió envolviéndome con las piernas, en una invitación silenciosa que no necesitaba palabras. La penetré con la mayor suavidad posible, luchando por dominar la intensidad que corría por mis venas con furia desaforada.

—¿Te gusta así…? —susurré contra su oído mientras intentaba adaptarme al movimiento de sus caderas. Comprendí que no me quedaba mucho para alcanzar el clímax y, aunque deseaba ralentizar el momento, me sentía incapaz de frenar durante mucho más tiempo lo inevitable.

—Sí… —respondió en el mismo tono, dejándome el corazón al borde de la taquicardia.

Un par de minutos después me rendí por completo, arrastrado por un torbellino de sensaciones que culminó en un orgasmo arrollador. Sentí su lengua invadiendo mi boca mientras seguía moviéndome sobre su cuerpo, hasta que ella empezó a convulsionar bajo el mío.

Lo reconozco: si en aquel momento me llegan a preguntar por mi apellido hubiese tenido que pensarlo, pues mi mente permanecía abstraída, transportada a un universo de puro delirio.

Permanecimos en la misma postura un buen rato, sin movernos demasiado, intercambiando caricias suaves mientras recuperábamos poco a poco el aliento.

Fui yo quien rompió finalmente el silencio.

—¿Todo bien…?

—Ajá… —musitó ella, recorriendo distraídamente con los dedos la línea de mi mandíbula.

—¿Eso quiere decir que te ha gustado…? —pregunté, inclinándome lo suficiente para dejar un beso rápido sobre el puente de su nariz.

Alexandra esbozó una sonrisa perezosa.

—No ha estado mal…

—¿Cómo que no ha estado mal ? —fingí indignación mientras me apartaba ligeramente para colocarme de lado frente a ella, cara a cara.

No me respondió. Se limitó a unir de nuevo nuestros labios en un beso invasivo, potente, profundo. Reaccioné al instante, devolviendo el gesto de forma mecánica, pues comprendí que necesitaba una segunda parte y hasta una tercera, una cuarta y una quinta, quizá, de lo que acababa de suceder.

Fue aquella una noche repleta de besos, confidencias, íntimas caricias y sorprendentes descubrimientos. Cuando, ya bien entrada la madrugada, traspasamos el umbral del reino de los sueños, estábamos agotados.