Mi querido enemigo CAPÍTULO 20. #2
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CAPÍTULO 20. #2

—Te agradezco tu preocupación —dijo haciendo caso omiso de mi pregunta—.

Y ahora, si no te importa, te acompaño a la salida…

—añadió jugueteando con los cordones del pantalón.

Parecía un niño ofendido, con el ceño fruncido y los labios apretados en un gesto de disgusto.

¿De verdad pensaba que un par de besos y una noche compartiendo cama bastaban para que olvidara mi particular venganza?

Aun así, sentí el impulso de acercarme a él… pero me contuve.

—¿Me estás echando de tu casa…?

—Si lo quieres ver así…

Lo observé con fijeza, pensando a toda velocidad. Para mi desgracia, me gustaba demasiado como para hacer lo que me pedía.

—Como quieras… —me levanté con un gesto resignado y me acerqué a él—. Adiós, entonces —añadí.

Sus pupilas estaban dilatadas, oscuras, y recordé haber leído en alguna parte que aquello era una señal inequívoca de excitación. Así que no era la única que sentía aquella tensión flotando entre los dos.

Permanecimos frente a frente durante unos segundos que se hicieron extrañamente largos, hasta que, sin que ninguno diera realmente el primer paso, la distancia entre nosotros desapareció.

Y nuestras bocas se encontraron casi sin darnos cuenta.

LOGAN.

Decididamente, no podía resistirme a ella.

Mi corazón golpeaba el pecho con una fuerza absurda, como si quisiera recordarme que estaba entrando en terreno peligroso y que, aun así, no pensaba detenerme.

Todo en Alexandra parecía diseñado para desarmarme: su mirada, su cercanía, el modo en que sus manos descansaban sobre mi cintura como si aquel gesto fuera lo más natural del mundo.

Cuando, unos minutos después, se separó apenas unos centímetros de mí para tomar aire, me sostuvo la mirada y preguntó en un susurro ronco:

—¿Seguro que quieres que me marche?

Su voz me recorrió como una descarga. Aquella mezcla de cercanía, de calor y de perfume limpio me estaba volviendo completamente irracional.

—Por supuesto… —contesté al final, dibujando una sonrisa que ni yo mismo me creía.

Alexandra entrecerró los ojos.

—Mentiroso.

Su aliento, fresco y con un leve aroma a dentífrico de menta, me rozaba los labios. Era una provocación en sí misma.

—No pienso hacer siempre lo que te venga en gana, ¿lo entiendes?

—No pretendo, ni mucho menos, semejante cosa… —replicó con aquel tono misterioso tan suyo antes de volver a besarme.

Respondí al beso.

¡Al diablo con todo!

Había luchado demasiado tiempo contra aquello. Mi cuerpo la deseaba con una intensidad casi violenta, como si llevara años esperándola sin saberlo.

Un ruido a mi espalda me hizo girarme bruscamente.

Era Gloria, que nos observaba desde la puerta con una expresión de fascinación que no intentaba disimular lo más mínimo.

—Gloria, ¿se puede saber qué haces aquí? —gruñí, irritado por la interrupción.

—Venía por si querían algo… —respondió con una sonrisa descaradamente curiosa—. Una Coca-Cola, o algo así…

Aquella mujer era una cotilla profesional. No tardaría nada en ir a contarle a mi madre que una chica había entrado de nuevo en mi territorio de la casa. Aunque Alexandra no era una chica cualquiera, por supuesto.

—Está bien, Gloria, no queremos nada. Cierra la puerta al salir, por favor.

La mujer obedeció a regañadientes.

—No sé qué es lo que te hace tanta gracia —protesté, volviéndome hacia Alexandra.

Ella se estaba riendo.

—Creo que será mejor que me vaya a casa… —susurró entonces, acercándose a mi oído y rozando el borde de mi oreja con un beso húmedo.

El gesto fue como un relámpago silencioso que recorrió toda la habitación.

Nos miramos en silencio.

Había algo primitivo en aquel momento, una forma de comunicación mucho más antigua que cualquier palabra.

Tragué saliva.

—¿Te acompaño…?

Por un instante creí ver algo distinto en su rostro. No era solo deseo. Había una solemnidad inesperada en su expresión, una emoción más profunda que chocaba con su habitual ironía.

Sentí un latigazo en el pecho.

—De acuerdo.

¿Había dicho de acuerdo? Si, lo había dicho, y algo me decía que aquella noche no íbamos a limitarnos, simplemente, a dormir juntos.

—¿Me acompañas a cambiarme antes de irnos?

No esperé respuesta. Tomé su mano y la conduje hacia mi dormitorio.

Por alguna razón extrañamente íntima, quería que viera aquel lugar. Mi refugio.

Alexandra observó la habitación con curiosidad: las láminas en las paredes —algunas de mi época adolescente—, los muebles antiguos, la amplia cama que había sustituido a la anterior cuando me vi obligado a volver a aquella casa tras el desastre económico familiar.

—¿El Capitán América? —preguntó divertida, señalando la lámina sobre el cabecero—. No parece muy acorde con la decoración del resto de la casa.

—En este territorio no decide mi madre, gracias a Dios —contesté mientras sacaba ropa del armario.

Me cambié en el baño. Aproveché para mirarme en el espejo, pasarme la mano por el pelo y tratar inútilmente de calmar el ritmo acelerado de mi corazón.

Tranquilo, Logan , susurré con irritación.

Salimos de la casa sin hacer ruido para evitar cruzarnos con mi madre, que probablemente estaría viendo aquella interminable serie sobre la realeza inglesa que tanto le gustaba.

El trayecto hasta la casa de Alexandra duró apenas veinte minutos.

Hablamos de cosas sin importancia durante el camino, como si ninguno quisiera reconocer lo que flotaba entre nosotros con una claridad casi dolorosa.

Cuando entré en el ático descubrí, para mi sorpresa, que continuaba algo nervioso.

Era absurdo.

No era precisamente un novato en ese terreno y, sin embargo, allí estaba, sintiéndome torpe, metiendo y sacando las manos de los bolsillos sin saber muy bien qué hacer con ellas.

Fui a la cocina y bebí un vaso de agua, más por necesidad de ocuparme en algo que por verdadera sed.

Alexandra apareció entonces detrás de mí y se apoyó en el marco de la puerta. Tenía esa expresión burlona que a veces me sacaba de quicio y que, al mismo tiempo, la hacía aún más atractiva.

—¿Quieres algo más…?

—Estoy bien así —respondí, dejando el vaso en el fregadero.

La miré.

Todo en ella era peligrosamente seductor. Su melena oscura cayendo sobre los hombros, la calma con la que cruzaba los brazos, la seguridad con la que me miraba. Incluso aquella cicatriz que cruzaba su rostro, lejos de restarle belleza, parecía intensificarla.

Entonces me tendió la mano. La acepté sin dudar. Sus dedos eran cálidos, firmes, tranquilizadores. Después tiró suavemente de mí y me llevó hacia el interior de la casa, en dirección a su dormitorio.

Caminamos en silencio, atravesando el piso como si estuviéramos participando en algún tipo de ceremonia silenciosa. Su mano bajo la mía temblaba ligeramente, y comprendí que ella también estaba nerviosa, lo que me hizo esbozar una sonrisa.

Reconozco que el momento tenía algo extraño, casi solemne. Mis sentidos parecían haberse agudizado de golpe, pues el sonido de nuestras pisadas sobre el suelo me llegaba amplificado, y el silencio que nos rodeaba parecía lleno de electricidad.

Cruzamos el umbral del dormitorio y Alexandra se detuvo para girar lentamente hasta quedar frente a mí, cara a cara. En aquel instante comprendí el verdadero significado de la palabra seducción.

Me pregunté si existiría en el mundo algún hombre capaz de resistirse a Alexandra Bennet.

Sinceramente, lo dudaba.

Y, por alguna razón que no supe explicar, aquella idea me irritó un poco.

Avanzamos unos pasos hasta el borde de la cama y allí nos detuvimos, todavía con las manos entrelazadas. Durante unos segundos ninguno se movió. Nos mirábamos esperando, quizá, que el otro diera el primer paso.

Al final fui yo.

Solté lentamente su mano y llevé la mía hasta su rostro, rozando con los dedos la línea suave de su mejilla, deteniéndome un instante sobre la cicatriz.

Me acerqué despacio hasta que nuestros labios se encontraron. Al principio el beso fue suave, contenido; parecía que ninguno quería precipitar lo inevitable.

Pero esa contención duró muy poco, y su boca respondió a la mía con una intensidad creciente, cálida, urgente, y sentí cómo su mano se aferraba a mi camiseta mientras nuestros cuerpos se acercaban inevitablemente.

El mundo pareció desaparecer durante unos segundos.

Solo quedaban su respiración, el calor de su piel… y el vértigo de tenerla por fin entre mis brazos.

Me senté en el borde de la cama sin dejar de observarla con fijeza, pero cuando ella amagó con acercarse, la detuve con un gesto de la mano.

—Desnúdate— susurré. Quería prolongar aquel instante, saborear cada segundo y dar rienda suelta a todas las fantasías que habían empezado a germinar en mi mente desde que aquella mujer había vuelto a mi vida, despertando recuerdos del pasado.

—¿Cómo dices? —preguntó, sorprendida. Por una vez parecía algo descolocada. Tuve que reprimir una carcajada.

—Desnúdate, por favor —repetí, haciendo un leve énfasis en el por favor . — Pero antes deja encendida una luz…

Alexandra me sostuvo la mirada como si intentara penetrar en mi mente y descifrar mis pensamientos más íntimos. Sentí cómo se me erizaba el vello de la nuca.

—Está bien… —dijo al fin, esbozando una sonrisa ligeramente perversa mientras recuperaba su habitual tono burlón—. Espero que disfrutes del espectáculo.

Acto seguido encendió la luz del baño, dejando que la iluminación indirecta se derramara suavemente sobre la habitación.

Después, sus dedos desabrocharon los primeros botones de su blusa con una lentitud deliberada, casi desafiante.

—No te pongas nervioso, Dawson… —susurró con una media sonrisa.

Gruñí por lo bajo, pero el espectáculo era tan hipnótico que ni siquiera fui capaz de responder con algo ingenioso.

La tela de la blusa resbaló lentamente por sus hombros y la luz dorada que llegaba desde el baño dibujó las curvas de su piel con una suavidad casi irreal. Luego se desabrochó los pantalones y los dejó caer al suelo con naturalidad antes de detenerse un instante.