CAPÍTULO 20.
LOGAN.
Me desperté sintiendo que alguien me echaba su aliento sobre la cara.
Abrí los ojos y me encontré con el húmedo hocico de César jadeando a apenas unos centímetros de distancia de mi cabeza.
El perro me miraba meneando el rabo, a la espera quizá de que me levantara.
De inmediato giré el cuerpo y comprobé que Alexandra no estaba a mi lado.
¿Se habría ido ya a trabajar? Eran las ocho y media de la mañana y yo aún seguía con sueño.
Reprimí un bostezo y me levanté para recorrer la casa en búsqueda de mi anfitriona, pero lo único que encontré fue la lista de tareas diarias sobre la mesa de la cocina.
La leí por encima antes de arrugarla y lanzarla con fuerza contra la pared.
Estaba furioso; había esperado que Alexandra me despertara con un beso y no que se fuera a hurtadillas tras recordarme, por escrito, que hiciese la compra.
Había algo en todo aquello que me parecía intolerable.
Me hubiese encantado comentar la situación con alguien, pero ¿con quién?
Ni siquiera mis mejores amigos estaban al tanto de aquello.
Me di una larga ducha antes de decidir ponerme en huelga.
Esperé a la hora de comer sin hacer otra cosa más que ver la tele y dar un largo paseo con César.
Después dejé una nota que decía: «Me duele la cabeza, me voy a casa» y abandoné el ático sin molestarme siquiera en hacer la cama.
Necesitaba pensar con tranquilidad. ¿Hasta qué punto Alexandra se sentía atraída por mí?
, ¿y si, en verdad, solo estaba jugando conmigo…
? Se trataba de una hipótesis inquietante.
Cuando llegué a casa tropecé, literalmente, con mi madre; salía por la puerta principal vestida toda de blanco con ropa para jugar al golf.
¡Qué mala suerte!, ahora empezaría el interrogatorio.
Últimamente estaba bastante mosca conmigo por la vida tan misteriosa que, según ella, llevaba. ¡Si supiera…!
—¡Logan!, ¿qué haces aquí? Esperaba verte en el club…
—Vengo de allí —mentí esperando sonar convincente—. Es que me dolía la cabeza y he decidido echarme un rato en la cama, pero tengo intención de volver para, entre otras cosas, echar un vistazo a las obras de las canchas de baloncesto.
—Tienes mala cara —señaló mirándome con suspicacia y haciéndome sentir como si de nuevo tuviese quince años.
Vivir bajo el mismo techo que mi madre empezaba a resultarme incómodo.
Ni siquiera el tamaño descomunal de aquella mansión conseguía evitarlo del todo.
En cuanto saneara un poco más la situación económica familiar, volvería a buscarme un apartamento.
—Porque me duele la cabeza, ya te he dicho…
—No sé qué vida llevas en los últimos tiempos. Por casa apareces poco y por el club, menos aún.
—Bueno, mamá, es que estoy ocupado renegociando con los bancos los préstamos que dejó papá —mentí de nuevo, sabiendo que mencionar tan vergonzoso tema era la única forma de finalizar la incómoda conversación.
—¡Está bien! —exclamó de inmediato tras colocarse el cuello de su impoluta camisa—. Aunque lo mismo te has echado una novia y no me lo quieres decir… —agregó en tono esperanzado.
Ya estaba con eso otra vez.
—La verdad es que no…
—Pues hijo, ya tienes edad para dejar de vivir como un adolescente y echarte una novia como Dios manda en vez de todas esas pelandruscas con las que te ves de tanto en cuanto, ¿no crees?
—¡Mamá, no empieces!, por favor. Además, deberías irte, que vas a llegas tarde.
—Hijo, ¡qué mal carácter se te está poniendo!
«Dame paciencia, Señor», pensé.
—Dile a Gloria que te prepare algo de comer —añadió a modo de despedida antes de dirigirse hacia su coche, donde Adolfo, el chófer, ya la esperaba al volante.
Descarté su sugerencia y me preparé un bocadillo mientras pensaba qué hacer con el resto del día. Hacía semanas que apenas tenía un momento libre, así que decidí echarme una pequeña siesta y, más tarde, pasarme por el club para comprobar que todo marchaba como debía. Sí, eso haría.
Y al día siguiente… ya se vería. Probablemente volvería a mi rutina de semi esclavitud, aunque tenía claro que no pensaba dirigirle ni una sola mirada a esa arpía vengativa.
ALEXANDRA.
«Me duele la cabeza» . ¡Vaya, vaya!, el niño se había revelado, por fin. Lo contrario me hubiese decepcionado enormemente, la verdad.
Decidí hacer la cama y recoger un poco antes de llamarlo por teléfono, pero, para mi sorpresa, tenía el móvil apagado.
Me desafiaba, lo cual me divertía.
Recordé la noche anterior con una sonrisa de puro deleite. No había sucedido nada digno de mención, por supuesto, pero el simple hecho de dormir abrazada a Logan ya me parecía toda una experiencia en sí misma.
Me había levantado en silencio, despidiéndome de él con un ligero beso en los labios, procurando no despertarlo. Eso sí, le había dejado una lista de tareas, como cada día, para ver cómo reaccionaba. Ahora ya lo sabía.
Miré mi reloj de pulsera: las 20:45. Decidí no esperar más para ir a buscarlo, aunque antes pasé por la ducha y cambié mi ropa formal de trabajo por unos vaqueros ajustados, un polo blanco y unas Adidas azules.
César me esperaba junto a la puerta con la correa en la boca. Bastó un leve gesto de cabeza para que acudiera a mi lado, moviendo el rabo con entusiasmo, y me siguiera feliz hasta el coche.
Conduje absorta en mis pensamientos hasta llegar al barrio residencial situado a las afueras de Harbor City, donde vivía Logan. Suspiré aliviada al ver su Jeep aparcado frente a la casa.
Me bajé del coche con cierta inseguridad y me detuve unos segundos en la entrada, contemplando la sólida construcción de estilo sureño de la vivienda y el amplio jardín que la rodeaba.
De adolescente me había preguntado infinidad de veces cómo sería aquel lugar donde se celebraban tantas fiestas y reuniones a las que yo nunca era invitada.
El recuerdo me escoció un poco, para qué negarlo. Era evidente que hay heridas que nunca llegan a cicatrizar del todo.
Pulsé el timbre de la puerta que daba al jardín, rogando para que fuera el propio Logan quien saliera a abrir. Tuve que insistir un par de veces antes de ver aparecer a una mujer regordeta y bajita, vestida de uniforme y con cara de pocos amigos. Me miró intrigada sin articular palabra.
—Hola, ¿está Logan? —acabé preguntando, ligeramente inquieta por el silencio de la mujer, que permanecía frente a mí sin moverse, como esperando a que me decidiera a hablar.
—¿Para qué quiere verlo? —.Su tono de voz, ligeramente aflautado, destilaba cierta reprobación.
—Soy… amiga suya. Me llamo Alexandra —repliqué tratando de dar confianza a mi voz.
De pronto me sentía insegura y abrumada, como cuando tenía dieciséis años y consideraba que la gente que vivía en ese tipo de casas estaba muy por encima de mí.
Hacía mucho que no me sentía así. Me forcé a recordarme que, si quisiera, podría comprar el barrio entero.
La mujer seguía observándome con una expresión desconfiada, como si aún estuviera decidiendo qué hacer conmigo.
—Pase conmigo, pero sujete al perro —dijo por fin—. A la señora no le gusta que entren los perros, y menos si son grandes.
Hizo un gesto con la mano invitándome a entrar.
«La señora». Imaginé que se refería a la madre de Logran. De inmediato me cayó mal. Cualquiera que hiciera de menos a mi querido César entraba a formar parte de mi lista negra.
La seguí a través de un amplio vestíbulo que olía ligeramente a cera de muebles y flores frescas, un aroma limpio y antiguo que parecía propio de otra época.
Desde allí ascendimos por una imponente escalera que conducía al piso superior.
El suelo, de madera de roble perfectamente pulida, reflejaba la luz de las lámparas de araña, y en algunos puntos aparecían delicadas incrustaciones del mismo mármol claro que recorría la barandilla de la escalera.
Las paredes, pintadas en un elegante blanco roto, estaban cubiertas por retratos y paisajes de época enmarcados en gruesos marcos dorados.
Todo desprendía un aire solemne y ligeramente ostentoso, muy propio de las viejas mansiones sureñas.
A mí, sin embargo, aquel estilo que parecía sacado de un Versalles doméstico me resultaba un tanto excesivo, casi abrumador, aunque era evidente que tenía su público.
La mujer me condujo finalmente hasta un pequeño salón de estar.
El espacio estaba decorado en tonos dorados y crema, con sofás de terciopelo, delicados jarrones de porcelana dispuestos sobre mesas bajas de madera tallada y varias alfombras persas que amortiguaban cada paso.
El conjunto resultaba tan elegante como intimidante, como si cada objeto estuviera colocado exactamente donde debía estar desde hacía décadas.
—Espérese aquí, voy a buscar al señor Logan.
«El señor Logan» . No pude evitar esbozar una sonrisa divertida tras escucharla. Me pregunté qué pensaría en verdad aquella mujer tanto de la «señora», como del «señor Logan». Lo mismo estaba hasta las narices de ellos, ¡a saber!
Tomé asiento en uno de los sofás impidiendo que César hiciera lo mismo; tenía que quitarle al perro la manía de subirse a todo tipo de cama o sofá que se le pusiera a tiro.
Cinco minutos después, apareció Logan. Llevaba unos pantalones largos de pijama y una camiseta ajustada que marcaba sin disimulo la fuerza de sus bíceps.
La expresión de su rostro era de sorpresa absoluta.
—¿Qué haces aquí…?
¡Vaya con la gente bien ! Mucha supuesta educación y luego te recibían así.
—Te hubiese llamado por teléfono para preguntar por tu «dolor de cabeza» , pero como lo tienes apagado…
—Claro, y has decidido aparecer así, sin avisar… —replicó tras cruzar los brazos en actitud desafiante.
—¿Y cómo quieres que te avise?, ¿con señales de humo?