EPÍLOGO.
LOGAN.
—Me parece increíble que haya pasado un año… —comentó Alexandra con un deje de incredulidad, tras llevarse a los labios el sofisticado cóctel sin alcohol que le había servido en persona el mismísimo anfitrión de la, como siempre, deslumbrante fiesta de inicio del verano, William Harcourt.
—Un año entero —confirmé, devolviendo con una leve inclinación de cabeza el saludo distante de una pareja de invitados, viejos conocidos de mis padres.
—Aunque no sé cómo me he dejado convencer para venir otra vez aquí… —continuó diciendo ella, recorriendo el jardín con una mirada crítica—. Esto es aburridísimo. No hay más que viejos carcamales y unos cuantos niñatos estirados. ¿Por qué no nos vamos ya?
No pude evitar sonreír.
—Solo un rato más… —le pedí guiñándole un ojo con complicidad—. Así dejamos contenta a mi madre. Recuerda que mañana tenemos que dejarle a los perros…
—¡Está bien…! —concedió ella con una sonrisa resignada—. Hagámosla feliz y quedémonos un poco más.
—Hablando de la reina de Roma… —murmuré mirando a lo lejos.
Mi madre avanzaba hacia nosotros con paso firme sobre el impecable césped, irradiando esa mezcla de elegancia y autoridad que la caracterizaba.
—¡Niños! ¿Qué tal lo estáis pasando?
—Mamá, por favor… deja de llamarnos “niños”, que tenemos ya una edad —protesté, sin demasiada convicción.
—Hijo, todo te molesta —replicó, recolocando con absoluta familiaridad uno de los tirantes del vestido de Alexandra, que, resignada, se dejaba hacer . No dejaba de llamarme la atención lo bien que, contra todo pronóstico, se llevaban aquellas dos.
—¿Habéis saludado ya a los Davenport?
—Ahora vamos, mamá… no seas pesada.
—Tú llámame pesada, pero bien que me dejáis mañana en casa a esos monstruos de perros que tenéis para iros de viaje…
—Oh, vamos, Elizabeth… —intervino Alexandra con una media sonrisa—. Si son prácticamente tus nietos. Tienes que quererlos un poco más…
—¿Nietos? ¿Esos bichos sarnosos que habéis sacado de la perrera? ¡Líbreme Dios! —resopló poniendo los ojos en blanco—. En fin, os dejo. Tengo que seguir cumpliendo con mis obligaciones sociales.
La observamos mientras se alejaba, saludando a unos y a otros, como si fuese una primera dama en plena recepción de la Casa Blanca.
—Tu madre es todo un personaje —murmuró Alexandra.
—Y eso que hoy está contenida…
Nos miramos durante un instante.
Alexandra estaba deslumbrante. El vestido se ceñía a su cuerpo con una naturalidad casi provocadora, y su cabello oscuro caía con una elegancia despreocupada. De pronto, sentí ese impulso irracional, casi salvaje, de atraerla hacia mí y reclamarla en silencio frente al mundo.
—¿Bailamos? —le pregunté.
Ella sostuvo mi mirada un segundo más de lo habitual.
—¿Por qué no…?
La conduje hasta la pista de baile, apretando suavemente su mano.
La orquesta reinterpretaba una canción de Taylor Swift con violines, envolviendo el ambiente en una elegancia casi irreal.
Las luces, suaves, se filtraban entre los árboles, y por un momento tuve la sensación de que todo a nuestro alrededor se desdibujaba, como si solo existiéramos nosotros dos.
La estreché contra mí, notando cómo su respiración se acompasaba con la mía, y de pronto fui consciente del pequeño bulto que mantenía oculto en el bolsillo interior de mi chaqueta.
El anillo.
Había pasado toda una mañana eligiéndolo, con la inestimable —y excesivamente entusiasta— ayuda de Madison. Se trataba de un sencillo anillo de compromiso de oro blanco, con un diamante perfectamente tallado en el centro.
Se lo daría en cuanto llegáramos a casa, aquella misma noche.
Alexandra Dawson. Sonaba increíblemente bien, aunque algo me decía que, cuando se casara conmigo, querría conservar su apellido.
La atraje un poco más hacia mí, quizá con demasiada intensidad, porque me miró con cierta curiosidad antes de apoyar la mejilla contra la mía, esbozando una sonrisa.
FIN.