CAPÍTULO 19.
LOGAN.
—¿Qué tal me queda este? —preguntó Madison mirándose en el espejo del probador.
Era ya el quinto vestido que se probaba en menos de veinte minutos, y yo empezaba a arrepentirme seriamente de haberme dejado arrastrar hasta allí.
Había quedado a comer con ella y, de algún modo, aquella cita había derivado en una visita a unos grandes almacenes para ayudarla a elegir un modelito para la boda de no sé quién.
—Me gustaba más el segundo —contesté con aire distraído, más por decir algo que por convicción. No le estaba prestando la más mínima atención; se podía haber probado un saco con agujeros y no me hubiese dado ni cuenta. Mi mente se encontraba muy lejos de allí.
—¿Cuál?, ¿el azul? —insistió frunciendo el ceño con aire desconfiado—. ¿No decías que me quedaba un poco grande…?
—Me refería al tercero —rectifiqué enseguida. Más le valdría no hacerme demasiado caso si no quería aparecer en la boda hecha un adefesio.
—¿El verde? Es demasiado escotado…
—Bueno, ¡no sé! Pues llévate este, que te queda bien —terminé por decir sin poder disimular del todo un bostezo.
Había pasado la noche prácticamente en vela, intercambiando momentos de sueño con otros en los que despertaba sudoroso y con el corazón acelerado, preguntándome si los increíbles besos intercambiados con Alexandra la noche anterior habían sido reales o, por el contrario, producto de mi imaginación.
—¿Has dormido mal o qué?
—Un poco; debo tener algo de estrés últimamente —traté de justificarme mientras me frotaba los ojos. No me apetecía comentar con nadie, ni siquiera con Madison, el extraño vendaval emocional en el que me encontraba inmerso.
—¿Qué pasa?, ¿ Cara rota te sigue cargando de trabajo?
—La verdad es que sí —contesté con un rencor mal contendido. Llevaba toda la mañana haciendo cosas para ella. Su lista de tareas no había disminuido un ápice a pesar de lo ocurrido en el salón de su casa el día anterior.
—¡La que nos ha liado esa mujer! —exclamó mi amiga emitiendo un hondo suspiro antes de empezar a desabrocharse con torpeza el vestido por atrás—. Todavía no me creo del todo que siga soltera por su culpa, aunque, si te digo la verdad, empiezo a verle la parte positiva…
—Ya era hora de que lo consideraras así, ¿no crees? —repliqué guiñándole un ojo.
—Todo lleva su tiempo.
—Algo tendrá que ver el médico ese con el que sales últimamente, ¿verdad?
Desde que Madison había ligado con su oftalmólogo, cada vez se acordaba menos de Henry y de su frustrada boda.
—Creo que mi abuela tiene razón al afirmar que un clavo saca otro clavo —declaró tras soltar una risita algo estridente—. ¿Y tú qué?, ¿algo nuevo en tu vida amorosa? Últimamente no cuentas nada al respecto…
Por un momento estuve tentado de sincerarme con ella, pero enseguida deseché semejante idea. No quería que se cayera de culo en mitad del probador, entre otras cosas.
—Digamos que en los últimos tiempos no tengo demasiado tiempo para esas cosas…
—mentí comprobando de nuevo la hora en mi reloj, aburrido de estar en aquella tienda del demonio.
Era el momento perfecto para irme de allí de una vez.
Además, prefería no extender demasiado aquella conversación, pues sabía que Madison, intuitiva como era, quizá continuaría preguntando hasta sonsacarme la verdad.
Me despedí de ella antes de salir en busca del Jeep y volver a casa de esa bellísima y enigmática tirana que tanto se divertía a mi costa concediéndome una de cal y otra de arena. Sin duda, el destino podía llegar a ser muy retorcido.
Aquella tarde decidí sacar al perro a dar un paseo largo y posponer, sin demasiados remordimientos, la montaña de ropa por planchar que me esperaba.
Cada vez estaba más convencido de que muchas de aquellas prendas iban directamente al cesto de la ropa sucia sin haber pasado siquiera por el cuerpo de su propietaria.
Era insoportable, aunque ¡tan sexy... !
En cualquier caso, no me convenía bajar la guardia.
No me fiaba de ella; no era como yo, ni como el resto de la gente que me rodeaba y con la que estaba acostumbrado a tratar.
Alexandra había crecido en un mundo distinto al mío, más salvaje, y, a pesar de la imagen cultivada que destilaba en la actualidad, algo me decía que era muy capaz de llevar a cabo sus amenazas si llegaba el caso. Más me valía andarme con ojo.
Tardé más de lo habitual en el paseo con César y, al volver a la casa, me dediqué a deambular sin rumbo, aplazando cualquier tarea mientras debatía conmigo mismo si debía enviarle —o no— un mensaje a Alexandra.
Lo cierto es que llevaba todo el día esperando noticias suyas, pero hasta ese momento no había recibido ninguna.
Era la primera vez que me besaba con alguien para, a continuación, ser objeto de semejante desinterés. Hacia las seis de la tarde ya empezaba a notar cómo la irritación me iba ganando terreno; a las ocho sentía literalmente que me salía humo por las orejas.
Estaba a punto de largarme cuando escuché el ruido de la puerta principal al abrirse.
Era ella, por supuesto.
Entró exhibiendo una tranquila y devastadoramente seductora sonrisa.
—¡No me digas que pensabas irte ya!
—La verdad es que sí —repliqué con gesto serio.
—Te pensaba invitar a cenar…
—Pues has tenido todo el día para decírmelo, ahora tengo otros planes… —dije en tono recriminatorio tras echar un vistazo al reloj, como si llegara tarde a una cita.
—Bueno, tú tampoco has dado señales de vida, ¿no crees?
En eso tenía razón, pero no por ello me sentía menos escocido. Además, ella sabía dónde encontrarme.
—Será porque me has tenido muy ocupado; me están empezando a salir callos de tanto fregar y planchar, ¿lo sabías?
—¿En serio? —preguntó con fingida inocencia, acercándose a mí para cogerme de las manos y examinarlas de cerca—. ¡No es para tanto! —agregó con un destello de diversión en los ojos; empezaba a fastidiarme su actitud irreverente.
—¿Te diviertes?
—Un poco… —admitió la muy caradura antes de depositar un fugaz y turbador beso en mi mejilla que me hizo estremecer—. Y ahora, ¿qué te parece si pedimos algo para cenar y nos vemos los últimos episodios de Stranger Things ?, ¿o te has acabado ya toda la serie?
—La he visto entera —tuve que admitir; la serie me había enganchado como pocas y no había parado hasta ver todas las temporadas—. De todas formas, ya te he dicho que he quedado… —añadí mirando de nuevo el reloj sin demasiada convicción. Muy a mi pesar, sentía el irresistible impulso de quedarme.
—¡Excúsate! Y mientras me cambio, pides algo de cenar… —dijo arrastrándome de la mano con decisión hasta dejarme sentado en uno de los sofás del salón. Después desapareció camino a su habitación, seguida muy de cerca por el fiel César, que no dejaba de corretear alegre desde la llegada de su dueña.
Decidí dar mi brazo a torcer y llamar al restaurante de la esquina; sabía el menú de memoria y me decanté por unos entrecots con ensalada .
De pronto estaba expectante, con todos los sentidos en alerta, convencido de que, después de la cena, habría una continuación natural de lo que habíamos empezado la noche anterior.
¿De verdad me iba a acostar con Alexandra? ¿Cómo sería el sexo con ella?
La aparición del objeto de mis deseos, vestida con los mismos pantalones de chándal de la otra vez, interrumpió en parte tan perturbadoras reflexiones y aceleró un poco el ritmo de mis pulsaciones.
La comida llegó en un tiempo récord y, tras cenar en la amplia mesa de la cocina, recogimos los platos mirándonos con cautela de reojo, como si, de pronto, ninguno de los dos tuviese del todo claro cómo actuar.
Nos sentamos en los sofás del salón dejando un espacio de por medio que se me antojó algo absurdo. No pude evitar sonreír, divertido ante la situación. ¿Dónde se había metido el Logan confiado y seductor que nunca dudaba cuando se trataba de mujeres?
—¿Qué te hace tanta gracia? —inquirió Alexandra con gesto intrigado.
—¿Tú qué crees? —señalé con las manos el amplio espacio que nos separaba.
Ella me dedicó una sonrisa conquistadora antes de levantarse para sentarse a mi lado.
—¿Mejor así?
—Yo creo que sí…
Su cercanía era turbadora y su boca, a apenas medio metro de distancia de la mía, me atraía como el imán al metal.
Me acerqué a ella con un sutil movimiento, apenas perceptible, aunque suficiente para que ambos termináramos por acortar distancias y fundirnos en un beso.
Sentí su lengua contra mis labios, profundizando desde el primer momento y subiendo mi temperatura corporal un par de grados más de lo normal.
Acoplamos aún más los cuerpos hasta sentir que ella doblaba su pierna derecha y la apoyaba sobre las mías, quedando casi frente a frente.
Sus manos se sujetaban a mi espalda mientras yo le acariciaba los costados.
El momento era electrizante y la química que desprendía nuestro abrazo casi podía palparse.
Enseguida me dejé llevar por la tentación y levanté su camisa para entrar en contacto directo con su piel; era tan suave como cálida.
Tardamos un buen rato en separarnos para recuperar el aliento. Aproveché para recorrer con el dedo índice la línea de su cicatriz hasta acabar posándolo sobre sus labios.
—¿Me vas a decir de una vez cómo te hiciste eso? —susurré con la voz enronquecida, tratando de ralentizar las pulsaciones de mi corazón.
—No… —negó antes de agarrar mi mano hasta depositar un suave beso sobre la palma.
—¿Alguna vez me lo contarás?
No me contestó; se limitó a unir de nuevo nuestras bocas hasta que nos perdimos en un universo paralelo del que éramos los únicos protagonistas. Cuando, minutos después, se separó de mí, me miró con gesto reservado antes de proponer:
—¿Quieres que busquemos una película…?
Comprendí entonces que era su manera de decirme “ stop ”, y que aquella noche no ocurriría lo que mi cuerpo anhelaba con tanta urgencia. Ahogué un suspiro antes de contestar. Ya habría tiempo para lo que, tarde o temprano, terminaría ocurriendo; de eso estaba seguro.
—Sí, busquemos una…