CAPÍTULO 18. #3
Poco me faltó para caerme del sofá. ¿De verdad había dicho, más o menos, que tenía ganas de besarme? Notaba mis sentidos agudizados, captando hasta el más mínimo detalle de la situación, e imaginé que la adrenalina estaría recorriendo mi cuerpo a toda velocidad. Tragué saliva antes de responder:
—La segunda opción es mejor, ¿no crees?
—Puede ser…
Habíamos pasado, en apenas cinco segundos, de un diálogo algo tenso a un flirteo descarado.
La media sonrisa que me dedicaba era irresistible.
Deseaba besarlo. Me moría por hacerlo, en verdad, pero lo que en un pasado me había resultado tan fácil con otros hombres, de pronto me generaba un respeto infinito.
Parecía una quinceañera ante mi primer beso.
Me llevó unos instantes recuperar la compostura suficiente como para aceptar la mano que me tendió tras ponerse de pie.
Me alzó con suavidad mientras me observaba en silencio con gesto solemne, quedándonos a apenas unos centímetros de distancia.
Olía a limpio, a colonia fresca recién aplicada y a champú, y el simple roce de nuestras manos desató en mi espalda un cosquilleo eléctrico que casi me dejó sin respiración.
Ninguno parecía querer tomar la decisión de acortar la escasa distancia que separaba nuestros labios.
Resolví hacerlo yo, pero cuando inicié un movimiento de aproximación, me encontré con que él había tenido la misma idea, por lo que acabamos chocando nuestras narices con cierta torpeza.
Nos separamos al instante, como si el contacto nos hubiese infringido una quemadura.
—Ah… ¡perdona! —me disculpé de inmediato.
—Espera… —dijo soltando una risa suave, sujetándome por ambos lados de la cara hasta acercarla a la suya—. Mejor así —añadió antes de posar sus labios sobre los míos en un gesto decidido.
No sabría muy bien cómo describir aquel beso, puesto que la sensación que experimenté era nueva para mí.
Es más, ni siquiera sabía que existiera.
Sus labios, cálidos y húmedos, y sus manos, posadas sobre mis caderas, encendieron la mecha de lo que parecía un fuego abrasador que me atravesó el cuerpo.
No tardó mucho en lamer tímidamente la apertura de mi boca, pidiendo permiso para entrar.
Yo se lo concedí de inmediato y ambos unimos nuestras lenguas mientras acariciaba su espalda por encima de la camisa.
Lo admito: Logan besaba increíblemente bien, aunque creo que podría haberlo hecho fatal y a mí me hubiese gustado igual.
Nuestros cuerpos se aproximaron aún más hasta terminar por acoplarse a la perfección, como si fuéramos dos piezas de un rompecabezas que, por fin, consiguen encajar.
Nunca sabré cuántos minutos estuvimos así, pues el tiempo me pareció, de pronto, un concepto abstracto y volátil.
Tan solo la inoportuna intervención de César, que acabó por acercarse a pedir mimos, interrumpió el beso, rompiendo, en parte, la magia del momento.
—¡César! — bramé cuando Logan se separó apenas unos centímetros de mí.
—No le regañes… ¡El pobre estará desconcertado con la escena! —dijo esbozando una sonrisa divertida.
—No me extraña, cualquiera que nos conozca lo estaría —repliqué tratando de quitar algo de solemnidad al intenso momento.
—Cierto… —murmuró, pensativo, antes de inclinarse para besarme de nuevo.
Esa vez no fue un beso contenido ni exploratorio.
Fue más profundo, más urgente. Su boca buscó la mía con una intensidad casi salvaje, como si quisiera recuperar el tiempo perdido en un solo gesto.
Sentí cómo sus manos se tensaban levemente sobre mi cintura y mi cuerpo respondió sin permiso, acercándose un poco más a él. Demasiado.
Cuando comprendí que, si seguíamos así, no sería capaz de detenerme, supe que debía poner fin a aquello.
Me moría por continuar, por borrar cualquier prudencia y dejarme arrastrar por aquella fuerza misteriosa que me empujaba a sus brazos, pero una vocecita sensata me susurraba al oído que no corriera tanto. Tiempo al tiempo.
Me aparté con suavidad, aunque sin titubeos.
—Creo que será mejor dejarlo aquí… por hoy —dije en voz baja, mientras mis dedos se deslizaban por su mandíbula algo áspera, cubierta por la sombra incipiente de la barba a esas horas de la noche.
Él me miró, y un destello de decepción cruzó sus ojos, algo que, curiosamente, me gustó.
—¿De verdad quieres que me vaya…?
Era evidente lo que tenía en mente.
—Sí. No me gusta apresurar las cosas…
Sostuvo mi mirada unos segundos más antes de asentir despacio.
—De acuerdo… —respondió con aire de resignación—. Además, tengo que estar aquí mañana a las ocho. Fresco y dispuesto para cumplir con mis obligaciones de esclavo —agregó en tono ligeramente burlón.
Después se acercó, me sujetó con suavidad por el cuello y depositó un beso rápido, pero firme, en mis labios.
Lo acompañé hasta la puerta, todavía aferrada a su mano, y me despedí de él con otro beso que me dejó a medio camino entre la taquicardia y la catatonia.
Cerré la puerta sabiendo que estaba perdida y que mi corazón, para bien o para mal, le pertenecía.