CAPÍTULO 18. #2
La expresión neutra que evidenció la cara de Alexandra tras escuchar mis palabras hizo que me arrepintiera de inmediato de haberlas pronunciado. Comprendí entonces el significado de la frase «Tierra, trágame» en mis propias carnes.
ALEXANDRA.
¿Cómo se supone que debe reaccionar alguien cuando, por fin, tiene al alcance de su mano aquello que tantas veces ha deseado?
Me había imaginado una escena parecida en numerosas ocasiones, pero la realidad superaba con creces la más atrevida de mis fantasías.
Estaba paralizada. Las palabras se negaban a salir de mi boca y mi cuerpo, aletargado, permanecía inmóvil, incapaz de efectuar el más mínimo gesto.
De pronto me pareció escuchar la voz de Paige susurrándome al oído: «Ten cuidado», pero ni me molesté en valorar su advertencia.
Logan parecía incómodo, removiéndose en su asiento mientras jugueteaba nervioso con los puños de su camisa.
Me miraba de reojo, esperando mi contestación.
Inspiré con fuerza, como si tuviera la capacidad de inhalar aquel momento y guardarlo para siempre en algún lugar recóndito de mi memoria.
Traté de ordenar mis ideas sin dejar de observarlo con fijeza, desde el cortísimo cabello en tonos semidorados hasta la línea firme y marcada de su mandíbula.
El corazón me martilleaba con fuerza el pecho y el aire que entraba por mis fosas nasales parecía tener serias dificultades para encontrar el camino hasta los pulmones. Aun así, me obligué a decir:
—¿Dices que hay algo entre nosotros…? No me parece raro, al contrario, creo que define bastante bien lo que está ocurriendo —admití tratando de recomponerme—. Aunque he llegado a pensar que, más que el destino, debe ser el propio Satanás quien está detrás de todo esto.
Logan suspiró, relajando los hombros. Pareció aliviado con mi respuesta, como si se hubiese quitado un molesto peso de encima.
Me divirtió su reacción. ¡Si él supiera la de veces que había soñado con un momento como aquel!
No debía enterarse, por supuesto; sería insensato por mi parte mostrar tanta debilidad al respecto. No, prefería actuar con cautela.
—¿Satanás? —repitió esbozando una mueca divertida—. Seguro que mi madre estaría de acuerdo contigo, si supiera que me estás chantajeando.
—Seguramente…
De nuevo, reinó el silencio entre nosotros, aunque en esa ocasión no fue algo incómodo, al contrario, aprovechamos para reflexionar sobre la increíble revelación que acabábamos de compartir.
—¿Y ahora qué? —inquirió él con gesto intrigado. Parecía estar buscando la solución a un problema matemático complejo.
—Tú dirás…
Preferí que fuese él quien llevara la iniciativa. Yo bastante tenía con intentar calmar mi alocado corazón. Aún no me creía del todo que quizá, y solo quizá, no acabaría la noche sin que mis labios se posaran sobre aquella irresistible boca, tan sexy como masculina, de blanquísimos dientes.
—Tengo una propuesta que hacerte… —anunció acariciando distraídamente a César entre las orejas, en un gesto que me pareció dirigido más a emanar calma que a mimar al perro.
—Hazla, entonces.
—Verás… —hizo una breve pausa, sosteniéndome la mirada—. Lo que planteo es que dejemos de fingir que esto no está pasando.
Se inclinó apenas hacia mí, lo justo para invadir mi espacio sin tocarme.
—Te propongo que nos dejemos llevar, sin frenos, sin culpa y sin etiquetas, pero también sin promesas.
No deseo ningún tipo de compromiso sentimental; es más, ni siquiera creo en ellos, aunque tú tampoco pareces del tipo de mujer que sueña con finales de película.
No quiero malentendidos… y menos en la situación en la que estamos.
Si decidimos cruzar esa línea, que sea con las reglas claras.
Disfrutamos lo que haya que disfrutar… y cuando termine, cada uno seguirá su camino. Sin reproches. Sin rencores.
Me llevó unos segundos comprender del todo la frialdad de su planteamiento.
En cristiano: quería tener una aventura conmigo y después continuar con su vida.
Ni se le pasaba por la cabeza que pudiera haber algo más profundo entre nosotros.
Paige tenía razón, de nuevo. La propuesta me dolió tanto como me ofendió, cosa extraña teniendo en cuenta que, minutos antes, hubiese matado por tenerlo entre mis brazos una sola noche de mi vida.
Ahora, sin embargo, su oferta me parecía pobre, raquítica, demasiado alejada de lo que yo ambicionaba.
—Así que… sin rencores —repetí casi de forma automática, tratando de asimilar el alcance real de sus palabras.
Y fue entonces cuando lo supe con una claridad que me dejó sin aliento: lo quería. Lo quería de una forma incómoda, contradictoria, absurda. Lo quería y lo odiaba con la misma intensidad, como si ambos sentimientos compartieran la misma raíz. Un disparate.
Me tomó apenas un par de segundos decidir, porque, aunque era plenamente consciente de que si alguien podía salir herida de aquel acuerdo, esa iba a ser yo, aun así, estaba dispuesta a aceptarlo.
—Siempre que seas capaz, por supuesto… —musitó bajando sensiblemente la voz, como si de pronto le incomodara realizar semejante puntualización.
—Estoy aquí, sentada contigo y hablando de esto después de todas las faenas que me hiciste en el instituto. Creo que soy bastante capaz de comportarme con madurez y dejar mis rencores a un lado —repliqué un tanto agria, molesta con su comentario.
—¡Está bien!, no te ofendas… Solo quiero que no haya futuros malentendidos.
—No los habrá, tranquilo. ¿Alguna cosa más que quieras precisar…?
—Eso es todo…
Sentía que estaba a punto de empezar un juego con cuyas reglas no estaba del todo de acuerdo, pero que debía asumir si pretendía participar en él.
Me obligué a sonreír de forma perversa, tratando de ocultar mis verdaderos sentimientos, mientras mi cerebro maquinaba a toda velocidad.
Lo que yo deseaba se encontraba a años luz de semejantes limitaciones.
Era obvio que necesitaría algo de lo que carecía la mayoría de la gente, pero que, por fortuna, siempre había tenido en abundancia: paciencia.
—Muy romántico todo —señalé con sorna, procurando quitar hierro a una situación que podría definirse de muchas formas menos de romántica.
—¿Eso significa que estás de acuerdo o que no?
—Sí, estoy de acuerdo. Y, tranquilízate, no busco novio, así que no te hagas ilusiones… —aclaré con cierto desdén, todavía escocida por sus exigencias.
—¿Y qué pasa con nuestro otro acuerdo? —preguntó haciendo caso omiso de mi comentario, aunque hubiese jurado que torció un poco el gesto al escucharlo. ¡Engreído! Debía de estar acostumbrado a que las mujeres se comportasen con él como ovejitas entregadas a la causa. No iba a ser mi caso.
—Continúa en vigor, por supuesto —repliqué regodeándome en mis palabras—. Aún te quedan unas semanas para darlo por finiquitado.
—¿En serio pretendes que siga trabajando para ti como si fuera una especie de siervo? —preguntó de manera un tanto retórica, como si le costara entender mi postura—. ¿Serías capaz de arruinarme si me niego a continuar después de… lo que acabamos de hablar?
—Sin duda alguna. Nada ha cambiado en relación con ese tema. Tenemos un acuerdo y lo vas a cumplir hasta el final. Sin concesiones.
Me miró con cara de espanto, decidiendo quizá cómo reaccionar, antes de musitar con resignación:
—Como quieras, aunque no sé qué es lo que más me apetece, si largarme por donde he venido o sellar nuestro nuevo acuerdo con un beso…