Mi querido enemigo CAPÍTULO 18.
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CAPÍTULO 18.

LOGAN.

—¿Por qué no cenas?, ¿no tienes hambre? —. La voz de mi madre llegó a mis oídos tras abrirse paso entre el largo silencio en el que permanecíamos desde hacía ya un buen rato.

—No mucho, la verdad —respondí removiendo mi sopa con la cuchara, igual que lo hacía de niño cuando no me gustaba la comida.

—¿Te pasa algo? Últimamente estás de un raro… —se quejó ella frunciendo el ceño en ademán inquisitivo.

—El club me tiene muy ocupado —mentí sin querer entrar en más explicaciones. Si mi madre supiera del chantaje económico al que me tenía sometido Alexandra, lo mismo le daba algo. Claro que peor sería que se enterase de lo otro …

Lo otro . Curiosa manera de denominar al hecho de sentirme atraído, precisamente, por quien llevaba a cabo tan extraño chantaje.

—Pues las últimas veces que he ido a jugar al golf no estabas por allí… —replicó en tono desconfiado. Por un momento sentí que volvía a mi adolescencia, a cuando mis padres me interrogaban tratando de sonsacarme la verdad sobre cualquier asunto que no les cuadrara.

—Eso es porque estaría en el banco renegociando las deudas que aún nos quedan por pagar.

El club va muy bien, pero si te empeñas en seguir manteniendo esta casa, el chófer, el ama de llaves y una cocinera a tiempo completo, seguiremos en la cuerda floja —contraataqué con cierta inquina, aprovechando de paso para sacar de nuevo a la palestra el tema que tan enfrentados nos tenía en los últimos tiempos.

—He vivido en esta casa media vida y no pienso venderla, Logan —dijo elevando el tono de voz con aire teatral—. ¡De aquí me sacan con los pies por delante! Y respecto a los empleados, simplemente no puedo despedirles. Llevan aquí demasiado tiempo…

No había manera de que entrara en razón; era preferible dejarlo, al menos por el momento.

—¡Está bien!, cambiemos de tema —claudiqué antes de tomar un par de cucharadas de sopa con desgana—. Cuéntame qué ha pasado en la serie esa que estás viendo… —.Lo mejor era hacerla hablar de otra cosa y así poder desconectar para continuar pensando en lo otro .

Una oleada de justa indignación me invadió al recordar la indiferencia con la que me había tratado Alexandra durante los últimos días.

Esperaba algún tipo de reacción por su parte tras la salida del viernes de la semana anterior, pero, para mi sorpresa, la muy cretina había desaparecido por completo del mapa.

Cada día aguardaba su llegada hasta pasadas las ocho y pico de la tarde, hora en la que acababa por darme por vencido y abandonaba su maldito piso con la sensación de que me estaba evitando.

¡Maldita mujer! ¿Qué pretendía exactamente?

Me invitaba a cenar para después llevarme a aquel sitio cargado de erotismo y luego no daba señales de vida.

Era la primera vez que alguien osaba vacilarme con semejante descaro, lo que me empezaba a afectar más de la cuenta.

Quizá debería ser yo, en esta ocasión, quien forzara un encuentro para aclarar el asunto, aunque, ¿cómo hacerlo sin ponerme en evidencia?

Terminé de cenar y me dirigí a mi habitación con aire taciturno.

Encendería la televisión hasta que me entrara el sueño.

Sabía que me costaría, pues últimamente dormía fatal.

Y todo por culpa de aquella víbora resentida.

Me lavé los dientes con esmero, como siempre, pero al acabar me dejé caer, pensativo, sobre la cama.

Una idea empezaba a tomar cuerpo en el fondo de mi cerebro hasta que, finalmente, tomé una decisión.

Me calcé un par de zapatillas y salí a la calle como una exhalación, temeroso quizá de echarme para atrás si me lo pensaba demasiado.

Cogí el coche y me dirigí a casa de Alexandra tratando de controlar los nervios mientras escuchaba viejas canciones de los noventa en una de mis emisoras favoritas.

Mis pensamientos volaban a la misma velocidad con la que se movían, incansables, los limpiaparabrisas del coche, pues una intensa llovizna comenzaba a caer sobre la ciudad.

Necesitaba respuestas y las quería aquella misma noche, no podía esperar más.

Al llegar a mi destino, enseguida localicé un sitio libre, perfecto para aparcar el Jeep. ¿Sería una señal? Quise pensar que sí.

Caminé hasta llegar a aquel portal que tan bien conocía ya, y presioné el pulsador del telefonillo electrónico correspondiente al ático del edificio.

Tenía llaves, pero prefería anunciar mi llegada teniendo en cuenta que eran más de las once de la noche.

Conté hasta veinte antes de escuchar la voz de Alexandra. Parecía irritada.

—¿Quién es…?

— Soy yo, Logan, ¿me abres?

Imaginé su cara de perplejidad y casi me entraron ganas de reír.

Subí en el ascensor recolocándome con inquietud los botones de la camisa y salí al vestíbulo preparado para llamar al timbre, aunque no hizo falta; ella me esperaba con la puerta abierta.

Me miró con una expresión entre sorprendida y divertida.

Estaba descalza, en pijama, con el pelo algo revuelto, pero increíblemente guapa.

No dijo nada, se limitó a hacer un gesto con la cabeza invitándome a entrar.

La seguí al interior mientras pensaba en algo ocurrente que decir.

Sentía las orejas calientes y el corazón desbocado.

Ella se dio la vuelta en mitad del hall y me contempló con expresión interrogante, a la espera, quizá, de que fuera yo quien rompiese el hielo.

Me obligué a abrir la boca para decir algo.

Carraspeé, me toqué el pelo con nerviosismo y continué en silencio como un bobo.

Lo absurdo de la situación me obligó, por fin, a reaccionar.

—Te parecerá extraña mi presencia a estas horas… —comencé a decir sin saber muy bien cómo continuar.

—Un poco… —reconoció—. ¿A qué debo semejante honor…? —agregó sin ocultar del todo una mueca divertida que me pareció irritante.

—Verás, creo que me he debido dejar aquí la cartera. No la encuentro por ningún sitio —mentí agradeciendo la silenciosa presencia de César, que me permitió ganar unos segundos preciosos al agacharme para acariciarlo.

—¿Tu cartera? —repitió Alexandra frunciendo el ceño con extrañeza—. ¿Y no se te ha ocurrido llamarme para preguntar?

—No… ¡Digo, sí!, pero he quedado para cenar por aquí cerca y he aprovechado para venir un momento a por ella —respondí identificándome por completo con Pinocho, aunque yo, a diferencia del personaje de Disney, cada día mentía peor.

—Bueno, pues busca a ver dónde te la has podido dejar…

Hice un breve recorrido por la casa hasta que volví con la cartera en la mano que previamente había extraído del bolsillo trasero del pantalón.

—¡Aquí está! —exclamé con gesto triunfal—. Me la había dejado en el cuarto de la plancha.

—Me alegro. Aunque hoy no te tocaba plancha, ¿no? —la expresión desconfiada y burlona con la que me miraba era de lo más significativa. De pronto, me apetecía atraerla hacia mí y besarla con rabia, casi con violencia.

—Se me ha debido caer al coger el pienso del perro —repliqué, siendo consciente de lo ridícula que empezaba a ser aquella conversación.

—Será eso —contestó arqueando las cejas y ladeando ligeramente la cabeza, como si ella también fuera consciente del juego del gato y el ratón que nos traíamos entre manos—. ¿Algo más…?

—No —contesté encaminándome a la salida, incapaz de mencionar el tema que me había llevado a hacer aquella inesperada visita. ¡Señor!, ¿desde cuándo actuaba como una especie de chiflado?

De pronto, deseé encontrarme en otro sitio, en algún remoto lugar del planeta donde dejar correr el tiempo hasta que el nombre de Alexandra Bennet no fuera más que un mal recuerdo.

—¡Espera! —su voz, imperativa, hizo que me detuviese en seco para dar media vuelta—.

¿Qué tal si me dices a qué has venido en realidad?

—agregó dulcificando de repente el tono empleado y acercándose a mí hasta quedar a apenas medio metro de distancia.

Su mirada se paseó por mi rostro como una sedosa caricia, consiguiendo erizar los vellos de mi nuca.

—¿A qué te refieres…? —pregunté tontamente mientras buscaba la manera más adecuada de exponer el delicado asunto, objeto de mi presencia, sin traicionarme en exceso.

—Sabes a lo que me refiero —repuso con gesto serio tras encogerse de hombros—. Y creo que ha llegado el momento de hablarlo, ¿no crees?

Nos miramos durante unos instantes sin decir palabra. Hubiese jurado que ella, al igual que yo, también trataba de comunicarse utilizando un lenguaje no verbal.

—De acuerdo —musité suspirando.

—Vamos al salón, mejor.

La seguí y tomé asiento enfrente de ella, en uno de los tres anchos sofás colocados en forma de «U» que tan bien conocía ya.

César se subió de inmediato a mi lado, ajeno al extraño momento que estábamos viviendo y aprovechando para dejar pelos por todas partes, aunque apenas me importó; mi habilidad pasando la aspiradora había mejorado de forma notable durante los últimos tiempos.

—Bien, te escucho… —dijo Alexandra reclinándose hacia atrás y removiendo los hombros con cierta inquietud. Parecía un poco nerviosa, lo que era extraño en ella.

—Ehh… Bueno, yo… En verdad creo que… —¡Ay, Dios!, ¿desde cuándo era incapaz de formular una frase con sujeto, verbo y predicado? —. ¿Y por qué tengo que empezar yo? —terminé por preguntar con súbita inspiración.

—Has sido tú quien ha aparecido en mi casa sin previo aviso, así que, ¡habla de una vez! —. Su rostro reflejaba expectación, aunque también algo más que no supe identificar.

—¡Está bien! —exclamé dándome por vencido y mirando por un instante al techo con resignación.

Nunca había tenido la necesidad de esforzarme tanto en ese tipo de cuestiones, pero siempre había una primera vez para todo—.

No sé muy bien cómo decirlo, así que voy a intentar ser directo.

—Inspiré con fuerza antes de proseguir mi exposición—: ¿Te parece muy raro si digo que, por algún retorcido designio del destino, creo que hay algo entre nosotros… ?

¡Ya estaba dicho!