Mi querido enemigo CAPÍTULO 17. #3
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CAPÍTULO 17. #3

Ascendimos un piso más hasta entrar en otra sala igual de grande que la anterior, aunque de ambiente algo distinto, con música suave e iluminación tenue.

Al contrario que en la planta de abajo, no había grupos de gente, tan solo parejas y algún que otro trío.

Hablaban en susurros y se besaban de tanto en cuanto.

Era obvio que aquella zona acogía a los que buscaban una mayor tranquilidad.

Pedimos un par de copas en la barra mientras yo miraba a mi alrededor con curiosidad. Sentía algunas miradas ajenas fijas en nosotros, pero el rojo de nuestras pulseras indicaba a las claras que no deseábamos ser molestados, cosa que agradecí; mi atención estaba exclusivamente dedicada a Alexandra.

Hablamos de todo y de nada en particular, enfrentando una vez más nuestras opiniones sobre todo tipo de temas, como si fuéramos hábiles espadachines en busca de la última palabra.

En realidad, no estábamos de acuerdo en casi nada.

Mis inclinaciones políticas, claramente conservadoras, se estrellaban contra las suyas, mucho más progresistas, y mi visión algo aristocrática del mundo, heredada de mi familia, tan solo le provocaba un desdén mal disimulado.

Era, al igual que yo, apasionada a la hora de defender sus argumentos, y cuando nos quisimos dar cuenta nos dieron las tres de la mañana.

—Aún no me has dicho si sueles venir mucho por aquí —pregunté intentando dar un giro a la conversación. ¿Sería allí donde conocía a sus ligues? Porque imaginaba que los tendría, por supuesto.

—Es que no me lo habías preguntado…

Su mirada parecía acariciar con suavidad los rasgos de mi rostro, lo que me hizo tragar saliva antes de continuar hablando.

—Bueno, pues te lo pregunto ahora…

—Alguna que otra vez, sí —contestó ambiguamente en tono socarrón.

—¿Y con quién sueles venir? —insistí. Deseaba saber más cosas de ella, sobre todo de su vida amorosa.

—Depende… —replicó de nuevo sin concretar—. Eres muy curioso —agregó dedicándome una sonrisa enigmática. Sus labios atrajeron mi mirada de forma involuntaria, como un imán del que era imposible escapar, y aunque enseguida retiré la vista, me pareció que había captado el gesto a la perfección.

—Y tú muy inescrutable… —contraataqué, comprendiendo que me apetecía besarla y llevaba un buen rato sopesando la idea.

—¿Inescrutable? —Parecía divertida ante mis palabras—. ¿Por qué lo dices?, ¿acaso hay algo en concreto que desees saber sobre mí?

Quería saber un montón de cosas, como, por ejemplo, si la extraña atracción que sentía entre ambos era una percepción exclusivamente mía o, por el contrario, compartida con ella.

—Nada en particular —mentí adoptando un tono despreocupado.

Nunca había tenido que pensármelo demasiado cuando llegaba el momento de besar a una mujer que me gustaba. Normalmente las cosas fluían solas, casi sin esfuerzo, como si existiera un entendimiento tácito entre ambos. Pero con Alexandra era distinto. Con ella no tenía nada asegurado.

—¿Seguro…?

—Seguro.

Habría jurado que llevábamos toda la noche coqueteando, moviéndonos en un terreno algo ambiguo.

Pero… ¿y si me estaba confundiendo? ¿Y si Alexandra no hacía más que tensar la cuerda para disfrutar viéndome caer después?

El pensamiento me irritó al instante, y miré el reloj con gesto seco, como si el tiempo pudiera rescatarme de aquella incertidumbre.

—Deberíamos irnos ya, es tarde.

—Como quieras.

La expresión de su cara, de pronto impenetrable, me impidió saber si le molestaba, o no, dar por terminada la noche.

Veinte minutos después dejé a Alexandra en el portal de su casa. El trayecto de vuelta había sido algo silencioso, demasiado correcto para todo lo que había vibrado entre nosotros a lo largo de la noche.

—Buenas noches —me despedí con una cortesía medida.

—Buenas noches —respondió ella, esbozando esa mueca burlona que parecía reservar solo para mí antes de bajar del coche.

La observé con la mandíbula tensa mientras atravesaba la puerta de cristal del portal de su casa y su silueta desaparecía tras ella sin volver la vista atrás.

Me quedé unos segundos más mirando el edificio a través del retrovisor, como si esperara que regresara.

Resoplé.

¿Desde cuándo me comportaba como un maldito colegial? ¿Dónde había quedado mi seguridad, ese encanto innato, heredado de mi difunto padre, que siempre me había funcionado con las mujeres?

Por primera vez en mi vida me encontraba algo desorientado en ese terreno. Era irritante.

Arranqué el coche con brusquedad y me alejé de allí sin tener claro qué me molestaba más: si no haberla llegado a besar o no saber si a ella le hubiese gustado que lo hiciera.

ALEXANDRA.

—¿En serio saliste con él el viernes por la noche? —El tono de incredulidad que desprendían las palabras de Paige contrastaba con la divertida sonrisa que asomaba a su rostro.

—En serio…

—¡Dios santo!, este asunto se te está yendo de las manos, lo sabes, ¿verdad?

—No hace falta que me digas lo que es evidente… —repliqué jugueteando con mi copa de agua y rechazando a continuación con un gesto la intención del camarero de llenarla de nuevo.

Como casi todos los lunes, habíamos quedado para comer en un restaurante que solíamos frecuentar, momento que aprovechábamos para comentar lo acontecido durante el fin de semana.

Por lo general, era Paige quien más tenía que contar, pues el hecho de simultanear a dos novios a la vez daba para unas cuantas conversaciones, aunque en aquella ocasión era yo la protagonista de una historia que empezaba a destilar tintes surrealistas.

—¿Y de verdad me estás diciendo que Logan Dawson, el príncipe heredero del esnobismo sureño, está tonteando contigo?

Llevaba todo el fin de semana analizando de forma pormenorizada la salida del viernes, preguntándome si mi percepción sobre lo ocurrido a lo largo de la noche era real o si, por el contrario, no constituía más que producto de mi imaginación y aquel pedazo de snob , como lo acababa de definir mi amiga, tan solo deseaba confundirme.

—Oírtelo decir en voz alta me hace dudar, todavía más, de que en realidad sea así. Puede que mi cabeza me esté jugando una mala pasada.

—No sé qué es peor: que te imagines cosas o que sea cierto lo que dices —declaró Paige tras cargar su tenedor con una buena porción de risotto . Ella, al contrario que yo, no había perdido el apetito.

—¿De verdad sería tan malo si fuese cierto? —.Quería escuchar su opinión al respecto, aunque lo que en realidad deseaba era que me contestara que no.

—¿Que le gustas a ese… a ese cabrón? Lexi, por Dios…

¿de verdad estás pensando en eso? ¿Has olvidado lo que te hizo en el instituto?

—negó con la cabeza, incrédula—. Y aunque lo hubieras olvidado, aunque decidieras hacer como si no hubiera pasado nada…

¿de verdad crees que Logan Dawson es el tipo de hombre que te conviene?

Suspiró, bajando un poco la voz, mirándome con una mezcla de preocupación y firmeza.

—Si por alguna razón acabaras teniendo algo con él, lo más probable es que no fueras más que una distracción, un capricho, un entretenimiento mientras le convenga.

Sabes perfectamente cuál es su reputación con las mujeres.

Salvo aquella historia con la tal Carolyn —una estirada insoportable, por lo que dicen—, al resto de chicas con las que ha estado las trataba como si fueran intercambiables.

Es de los que pasan página en cuanto aparece alguien que les interesa más.

—Dicho así, suena horrible… —murmuré, notando cómo la rabia empezaba a subir por mi garganta. Me enfurecía que Paige me soltara aquellas verdades sin anestesia, pero todavía me enfadaba más conmigo misma por estar comportándome como una adolescente ingenua que no ha aprendido nada del pasado.

—Me gustaría equivocarme, en serio, pero lo dudo. No sé qué diablos quiere de ti, pero no deberías fiarte de él…

—¡Y no lo hago! —le aseguré negando al mismo con la cabeza—. Pero no puedo evitar pensar que hay algo entre nosotros.

—¡Bufff!, ¿y no puedes fijarte mejor en otro ? Tengo un vecino que es guapísimo y que se acaba de quedar soltero, ¿no quieres que te lo presente un día de estos…?

—¿Se puede saber qué tiene que ver tu vecino en todo esto? —repliqué con cierto hastío—. Estoy yo como para conocer vecinos…

—¡Cualquier cosa menos el monstruo ese! Y me da igual que se parezca a Mister América, ¿acaso no recuerdas todas las maldades que hacía en el instituto?

—Claro que me acuerdo, Paige. Tengo buena memoria… —repuse algo escocida con la dureza de sus palabras—. Pero la gente puede cambiar, ¡digo yo! Si todos nos comportáramos como cuando éramos adolescentes, el mundo sería un polvorín…

—¿Desde cuándo te has convertido en su abogada defensora?

—Y me ha pedido perdón más de una vez, te recuerdo —continué diciendo, ignorando su pregunta.

—¿Y tú crees que es sincero?

—Me inclino a pensar que sí. Tú misma dijiste que Madison y Troy parecían otros…

—Ya, pero ellos no son Logan Dawson —insistió, terca. Paige no solía dar su brazo a torcer cuando se empecinaba en algo. Claro que lo mismo estaba en lo cierto respecto a todas y cada una de sus apreciaciones.

—Está bien, ¡tendré cuidado, Pepito Grillo! —claudiqué levantando las manos con las palmas hacia arriba en gesto de rendición.

Había algo en lo que estaba de acuerdo con mi amiga: no me convenía bajar la guardia, ni olvidarme de que Logan seguía siendo Logan…