CAPÍTULO 17. #2
La cena llegó en apenas media hora. Comimos hablando un poco de todo, como si fuéramos algo parecido a amigos, a pesar de que ambos sabíamos que no era así.
El día había sido agotador y aún estaba resentido con ella por no darme tregua a la hora de cumplir nuestro particular acuerdo, aunque en el fondo, y no tan en el fondo, estaba contento: el acercamiento que habíamos tenido en Miami no parecía ser un mero espejismo.
¿Por qué, si no, había llegado antes de las ocho y me había invitado, o casi obligado, a quedarme a cenar?
Aun así, dudaba de sus intenciones. ¿Qué pretendía?
Por un momento recordé el dicho aquel: «Ten a tus enemigos más cerca aún que a tus amigos». ¿Se trataría de eso? Esperaba que no.
También existía otra opción. Una opción tan perturbadora como inquietante, por cierto.
Puede que yo también le gustase a ella .
¿Podría ser? ¿Era factible que alguien se sintiera atraído por quien, en un pasado, fue su acérrimo enemigo?
Mi raciocinio me advertía que semejante teoría era demasiado rocambolesca, propia del argumento de un mal culebrón mexicano, pero un sexto sentido me decía que sí.
Claro que mi sexto sentido podría estar confundido.
¡Odiaba tanta incertidumbre!
Terminamos de cenar con César a los pies de la mesa, pidiendo silenciosamente participar en el festín tras ignorar su cuenco de pienso.
—Dime, ¿le puede pasar algo al perro si le doy la lasaña…? —inquirió Alexandra, apiadándose de él.
—Casi mejor no se la des —contesté sin querer entrar en más explicaciones.
—¡Jesús!, no habrás metido veneno o algo así, ¿verdad? —su tono de voz, aparentemente socarrón, reflejaba un deje de inquietud.
—¡No digas barbaridades! Simplemente no soy buen cocinero y se me ha podido ir la mano con algunos ingredientes…
—¿Qué ingredientes exactamente?
—¿Qué más da? El caso es que no creo que le siente bien al perro. Dale mejor un poco de jamón…
—Ya… —Me observó con gesto impenetrable, como si de pronto estuviera pensando en otra cosa, hasta que preguntó—: ¿Te apetece salir a tomar algo por ahí?
¡Vaya!, aquello no me lo esperaba.
—¿Salir? —repetí.
—Sí, salir a tomar una copa en algún lado… —aclaró ella tras tocarse la parte baja de la cicatriz, en un gesto que reflejaba, quizá, cierta inseguridad—. Es viernes y mañana no hay que madrugar —agregó, como si quisiera justificar sus palabras.
—¿Dónde quieres ir exactamente?
—Ummm… Se me ocurren un par de sitios, pero estoy abierta a que propongas tú alguno.
Me bastó un par de segundos para comprender que la opción de rechazar su propuesta estaba descartada. Me apetecía demasiado continuar con aquella inesperada velada en su compañía.
—Necesitaría pasar por casa para darme una ducha y cambiarme…
—Hazlo, ¿quedamos de nuevo aquí en una hora?
—De acuerdo.
Su actitud reflejaba otra vez confianza, y la sonrisa que me dedicó, más abierta de lo habitual, consiguió acelerar ligeramente mis pulsaciones.
Me empezaban a preocupar las reacciones que me provocaba, aunque en aquel momento lo único que me importaba era perderme en la noche de Harbor City con ella como acompañante.
Toda una experiencia, sin duda. Me intrigaba cómo se comportaría.
¿A qué tipo de sitios le gustaría ir? Pronto lo averiguaría.
Casi una hora después, pasé a recoger a Alexandra a la puerta de su edificio al volante de mi Jeep Wrangler, satisfecho de haberme tomado la molestia de lavarlo el domingo anterior.
Alexandra subió al coche saludando con un leve gesto de cabeza.
Estaba guapa, como siempre. Había optado por un outfit casual y elegante al mismo tiempo: un pantalón beige, ajustado en la cintura y amplio en las perneras, una blusa blanca de manga francesa y unos mocasines Tod’s color cuero a juego con un bolso de mano que parecía costar una fortuna.
También se había maquillado ligeramente, con un toque de brillo en los labios y una capa de rímel negro que alargaba aún más sus ya abundantes pestañas.
Desprendía un aire cautivador y enigmático, y comprendí que debía de causar auténticos estragos entre el género masculino.
Tras unos instantes de vacilación, decidimos dirigirnos a la zona sur de la ciudad, donde había locales de ambiente abierto y relajado, lejos de los sitios a los que solían ir —de vez en cuando— mis amigos.
No me apetecía cruzarme con nadie; y menos aún con Troy o con Madison.
Todavía no les había contado nada de lo que me estaba ocurriendo con Alexandra en las últimas semanas y, sinceramente, no sabía ni por dónde empezar.
¿Cómo se confiesa algo así? Ni siquiera yo lo entendía del todo.
Solo tenía la sensación de que detrás de todo aquello estaba el mismísimo diablo, moviendo los hilos con paciencia, decidido a poner mi vida patas arriba.
Aparqué justo a media manzana del Ruta-66, uno de los locales de moda más frecuentados en aquella zona.
El sitio estaba decorado con numerosos pósters de la famosa ruta americana y tenía un ambiente tranquilo y cosmopolita, con música indie y cócteles bien elaborados, aunque aquel día estaba atestado de gente.
Logramos abrirnos paso hasta un hueco en una esquina de la barra y allí nos pedimos las bebidas: Alexandra, una tónica y yo una cerveza.
—¿Nunca bebes? —pregunté con curiosidad.
—Que yo sepa, esto es una bebida… —agitó burlona su vaso de tónica.
—Muy graciosa… Me refiero a bebidas con alcohol.
—No suelo.
—¡Qué comedida…! —dije dando un sorbo a mi cerveza.
—No para todo. —Su mirada misteriosa y su tono de voz susurrante me hicieron inspirar con profundidad.
—¿Te gusta el sitio?
—No está mal… ¿Siempre hay tanta gente? —inquirió mirando a su alrededor mientras se alejaba, incómoda, de una pareja a sus espaldas que no hacía más que moverse. Era obvio que no le gustaban las aglomeraciones.
—El próximo sitio lo eliges tú, si quieres. —Deseaba alargar la noche, y algo en la cara de Alexandra me decía que no íbamos a permanecer allí demasiado tiempo.
Charlamos un rato hasta que decidimos cambiar de aires. Las calles, a aquellas horas de la noche, estaban de lo más concurridas y, en cuanto subimos de nuevo al Jeep, Alexandra me guio hasta nuestro nuevo destino.
—¿Se puede saber a dónde vamos…? —pregunté, por fin, intrigado al ver que circulábamos por una zona algo solitaria en la que no se veían más que coches y algún que otro transeúnte con pinta de llevar unas cuantas copas de más.
—A un local que descubrí hace tiempo. Es un tanto peculiar, te advierto.
—¿Peculiar? ¿En qué sentido?
¿A qué se refería? Había conseguido despertar mi curiosidad.
—Ya lo verás, pero estoy segura de que no es el típico sitio al que suelas ir con tus amigos los niños bien .
— ¿Niños bien? —repetí, divertido.
—Es ahí —indicó señalando un edificio de ladrillo rojo, algo destartalado, cuya puerta era vigilada celosamente por un hombre de enormes proporciones.
Aparcamos el Jeep y nos encaminamos hacia el hombretón, que nos miraba con interés.
—Buenas noches —saludó Alexandra con desenvoltura mientras estiraba la mano con lo que me parecieron un par de billetes de cien dólares.
El hombre se los guardó en el bolsillo con un rápido movimiento y esbozó una leve sonrisa antes de abrir el portón y dejarnos entrar.
El interior del local nada tenía que ver con el aspecto sombrío y decrépito del exterior. La pulida madera del suelo y la reluciente escalera de mármol que ascendía al piso superior hablaban de lujo y ostentación.
—Bienvenidos al Purgatorio —saludó una chica vestida de negro que estaba apostada al pie de las escaleras.
A continuación, nos hizo un gesto con las manos que podría significar cualquier cosa, hasta que Alexandra sacó su móvil del bolso y lo depositó sobre una mesita situada en un lateral, indicándome con un movimiento de cabeza que debía hacer lo mismo.
La imité, extrañado, al tiempo que la chica nos ofrecía unas pulseras:
—¿Verdes o rojas?
—Rojas —contestó Alexandra tras un leve titubeo.
¿Qué significaba tanta parafernalia?
—Coged las verdes también, por si cambiáis de idea más tarde —indicó la chica dedicándole una mirada de reconocimiento a Alexandra—. Que paséis una gran noche.
—Gracias.
—¿Qué es eso del rojo y el verde? —pregunté en cuanto comenzamos a ascender por la amplia escalinata.
—Verde que estamos abiertos al ligue y rojo que no… Te la puedes cambiar cuando quieras —me aclaró Alexandra en tono burlón—. Aunque, si lo haces, prepárate porque aquí la gente no se corta demasiado.
—Pero ¿a qué sitio me has traído? —pregunté, divertido, tras entrar en una sala enorme con gente de lo más variopinta, la mayoría de aspecto sofisticado.
Algunos bailaban en la pista de baile, otros charlaban en la barra y unos cuantos paseaban observando a su alrededor con ojo crítico.
La mayoría llevaba pulseras verdes, por lo que comprendí que se trataba de un lugar al que la gente acudía, fundamentalmente, a tentar a la suerte.
Me pareció reconocer a un conocido actor de cine rodeado de un pequeño grupo de gente y a una joven presentadora de televisión besándose apasionadamente con otra chica.
El ambiente, decadente y disoluto, trascendía hasta en el aire que respirábamos.
—¿Te gusta?
—Sí… —Me pregunté si sería uno de esos sitios, tan de moda últimamente, en donde la gente acababa enrollándose en cuartos oscuros o jacuzzis. Decidí salir de dudas—. ¿Es un local de ambiente liberal?
—En el sentido que lo preguntas, no. ¿Te habías hecho ilusiones…?
—Eres muy graciosa, ¿lo sabías? —dije molesto por su afición a intentar tomarme el pelo en cuanto tenía la menor oportunidad.
—Ven, vamos al piso de arriba, que la música aquí está demasiado alta.