Mi querido enemigo CAPÍTULO 17.
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CAPÍTULO 17.

LOGAN.

¡No me lo podía creer! La lista de tareas que Alexandra dejaba, como de costumbre, sobre la encimera de la cocina parecía interminable.

Me sentía bastante ingenuo. Tras volver de Miami, había llegado a pensar que relajaría las condiciones de nuestro acuerdo o que, incluso, lo daría por terminado.

Pero no. Más bien al contrario: llevaba más de una semana dejándome la piel para cumplir todo lo que, con meticulosa precisión, aparecía cada día en aquella maldita lista.

Encerar el suelo de madera era, a todas luces, innecesario, y los interminables recados que debía hacer por toda la ciudad parecían haberse duplicado sin explicación alguna.

Y, encima, aquel día me pedía que le dejara cocinada una lasaña para la cena. ¡Una lasaña! ¿Y cómo demonios se hacía eso? Era la primera vez que me pedía que cocinara algo, lo que me indicaba que pretendía dejar bien clarito que, de rebajar mis tareas, nada de nada. Más bien al contrario.

Era odiosa. Me daba una de cal y otra de arena y yo, como un idiota, le bailaba el agua.

Pues se había acabado. No pensaba dirigirle la palabra.

Eso siempre y cuando coincidiera con ella, por supuesto, lo que no ocurría desde hacía días.

En el fondo, me fastidiaba. ¿Cómo era eso posible?

¿Desde cuándo anhelaba su compañía? Sabía la respuesta, por supuesto: desde que había aceptado que, muy a mi pesar y por algún retorcido y extraño designio de a saber qué dioses, Alexandra Bennet me atraía.

Me enfurecí con mis propios pensamientos.

Preparé la plancha con rabia, venciendo a duras penas la tentación de quemar las sábanas, decidiendo finalmente guardarlas sin planchar. Esperaba que no se diera cuenta, y si lo hacía, peor para ella.

El resto de la mañana estuve de lo más atareado, y comí, como casi siempre, en el restaurante italiano que hacía casi esquina con el edificio de Alexandra antes de ponerme con lo de la cena.

Iba a cocinar una lasaña que le iba a quitar las ganas de comer pasta en toda su vida.

Visioné un par de vídeos de YouTube para averiguar, más o menos, cómo se hacía.

¡Uf!, era complicadísimo. Intenté seguir las instrucciones, pero no puse demasiado cuidado a la hora de cocer la pasta, la bechamel se quedó con grumos, le eché más sal de la cuenta y la carne que había comprado tenía una pinta regular.

Al final opté por improvisar: añadí una pizca de guindilla en polvo, lo cubrí todo con una generosa capa de queso y lo metí a gratinar con la esperanza de ocultar el desastre que se escondía debajo.

Ahí tenía su lasaña. Con un poco de suerte, hasta se envenenaba.

Pasé el resto de la tarde extendiendo la maldita cera por el suelo. Todo quedó pegajoso y tuve que frotar con la mopa hasta dejarlo más o menos presentable. Terminé jurando en arameo ante la atenta mirada de César, que aguardaba impaciente su paseo de la tarde.

Lo saqué a la calle agradeciendo poder respirar, por fin, un poco de aire fresco.

Los paseos con el perro eran lo único que no me importaba hacer; al contrario, los disfrutaba.

Solía llevarlo a un parque cercano, justo enfrente de la casa, donde lo soltaba un rato mientras yo me tumbaba sobre el césped para vigilarlo.

Me pregunté si Alexandra también lo sacaría por allí. Imaginaba que sí.

Durante unos instantes retrocedí a aquellos años en el instituto en los que veía a Alexandra como una absoluta intrusa, capaz de llevarse las mejores notas de la clase y de despreciar, de manera ostensible, los privilegios de quienes considerábamos estar en un escalón social muy por encima del suyo.

¡Qué equivocado estaba entonces y qué estúpido llegué a ser!

Me juré a mí mismo que, si alguna vez tenía hijos, los educaría en otros valores.

La imagen de la Alexandra adolescente, con ese aspecto orgulloso y condescendiente que tanto me irritaba, llenó de golpe todos mis pensamientos.

Ya en aquel entonces me provocaba sentimientos contradictorios, pues en verdad la admiraba tanto como la aborrecía.

¿Por qué? No lo sabía. Me lo había preguntado cientos de veces durante los últimos dos meses, pero nunca encontraba una respuesta que me satisficiera del todo.

Una duda comenzaba a germinar en mi interior, acrecentándose con cada día que pasaba: ¿era posible que, ya en esos tiempos, me sintiera atraído por ella… ?

Reconozco que se trataba de un pensamiento muy retorcido. ¿En serio me dediqué a hacer la vida imposible a quien, en el fondo, me gustaba? Y, si fue así, ¿por qué lo hice?

Aquello empezaba a parecer un rompecabezas algo loco.

Me levanté sacudiéndome las briznas de césped de los pantalones y llamé de un silbido a César, que acudió como un rayo a mi lado.

Aquel perro era una joya, pues bajo su apariencia de bestia parda escondía una inteligencia acusada y un carácter de lo más amistoso.

Sería lo único que echara de menos cuando terminara de cumplir mi penitencia.

¿Lo único?, ¿seguro…? Inicié el camino de vuelta molesto conmigo mismo. ¿Era eso lo que se sentía al tener el famoso síndrome de Estocolmo? Empezaba a pensar que necesitaba un buen loquero. O mejor todavía, un exorcista.

Entré en la casa echando un vistazo a mi reloj de pulsera. Faltaba un buen rato para que dieran las ocho. Aun así, decidí irme a casa. Era viernes y había quedado con Troy y unos cuantos amigos, aunque lo único que me apetecía era darme una buena ducha, cenar algo y dormirme viendo una peli.

Estaba despidiéndome de César cuando la llegada de Alexandra, que apareció de improviso por la puerta principal, me obligó a posponer mi marcha.

—¿Incumpliendo de nuevo el horario? —preguntó esbozando una sonrisa torcida que me pareció algo maligna. Parecía una joven diablesa ideando algún tipo de maldad.

—Pues mira, sí. ¿Tú sabes la de cosas que he tenido que hacer hoy…? —repliqué, combativo, cruzando los brazos en actitud desafiante.

—¿Se puede saber qué has hecho en el suelo? —preguntó tras dar un par de pasos y agacharse para arrastrar el dedo índice sobre la madera.

—Pues dar la cera esa que me has hecho comprar…

—Está claro que no te has debido leer bien las instrucciones del producto. Lo mejor es que mañana la quites toda. Frotando, seguro que se va.

La expresión de su cara, de fingida inocencia, no me engañaba. Disfrutaba volviéndome loco. Sabía que quitar toda esa porquería del suelo me iba a costar más tiempo y esfuerzo del que había necesitado para aplicarla. Mi indignación no tenía límites.

—Muy bien, pues mañana la quito. Tú sigue mandando que haga cosas de estas y al final te quedas sin suelo. ¡Allá tú! Y ahora, me voy a casa, que estoy cansado.

Hice el amago de abrir la puerta, pero ella me lo impidió colocando su mano sobre el picaporte.

—Espera, quiero ver la lasaña…

Su tono de voz era desconfiado, pero sus ojos destilaban una chispita de burla. La seguí a la cocina armándome de paciencia. Menos mal que el gratinado ocultaba convenientemente mi obra maestra.

—Ah, ¡pues tiene buena pinta! —exclamó, extrañada, mirándome de reojo—. No sabía que tenías dotes culinarias —agregó con cierta sorna.

—Me voy y te dejo disfrutar de la cena.

Más me valía irme de allí antes de que probara aquella barbaridad.

—Espera, quédate a cenar. Te invito.

—Te lo agradezco…, pero estoy cansado. Mejor otro día.

—¡Insisto!

De nuevo tenía aquella mirada en la que se intuía una amenaza no del todo velada, y, una vez más, añoré aquella época en la que yo era completamente libre, mi familia era rica y poderosa, y los pagos mensuales de los préstamos bancarios no constituían un continuo dolor de cabeza.

Barajé la opción de negarme, pero algo, no sé qué, me hizo asentir con gesto resignado.

—De acuerdo… Pero tengo poca hambre.

Mentía, por supuesto. Me moría de hambre.

Aproveché para poner la mesa mientras ella calentaba la lasaña, debatiendo conmigo mismo si debía confesar mis fechorías en su preparación. No, mejor me callaba; que diera el primer bocado. Le iba a salir la guindilla en polvo por las orejas.

Regresó vestida con unos pantalones de chándal azul marino y una camiseta blanca.

Aun con ese sencillo atuendo, estaba guapa.

Fue ella quien se encargó de servir dos generosas porciones a pesar de que insistí en mi absoluta falta de hambre.

Después se dedicó a colocarse con parsimonia la servilleta a la espera, quizá, de que fuera yo el primero en probar el plato. ¡Iba lista!

—¿Qué tal si lo pruebas tú primero y me dices qué tal te ha salido? —terminó por decir Alexandra con una mueca divertida. No era nada tonta, estaba claro.

—En realidad odio la lasaña… ¡Toda para ti! —repuse alejando el plato de mí.

—Pues es una pena, porque a mí me encanta, pero a saber qué has metido ahí… —declaró tras mirar su comida con gesto desconfiado—. ¿Pedimos que nos traigan algo?

—¿Una hamburguesa? —sugerí sonriendo de forma inconsciente, sin molestarme en negar su acertada elucubración respecto a mi obra culinaria.

—¿No decías no tener hambre…?

—De pronto sí que tengo… —repliqué encogiendo los hombros.

De nuevo, sentía aquella conexión entre ambos, aquella especie de hilo de oro que parecía sujetarnos por ambos lados y que se estiraba o aflojaba según el momento. Me pregunté si ella también lo sentiría así o si, por el contrario, se trataba de una apreciación exclusivamente mía.