Mi querido enemigo CAPÍTULO 16. #3
48%

CAPÍTULO 16. #3

Buscamos una película entre el amplio repertorio que ofrecía el hotel hasta que nos decidimos por la última de Misión Imposible.

Ya la había visto, pero siempre he sido un auténtico fan del cine de acción y no me importaba visionarla de nuevo.

Puede que tanto tiro y persecución consiguiera espabilarnos un poco, puesto que Alexandra parecía también algo somnolienta, aunque la película consiguió el efecto contrario: a la media hora, se había quedado completamente dormida.

Aproveché para examinarla con detenimiento bajo la tenue luz que iluminaba la sala.

Dormía con expresión plácida y los labios algo entreabiertos.

Estaba increíblemente sexy. Apagué la tele y decidí despertarla antes de irme, pero un fuerte impulso me hizo alargar el brazo y rozar su rostro con la mano.

Recorrí su cicatriz con el dedo índice, en un gesto que me pareció algo morboso.

Sus pestañas aletearon ligeramente y retiré la mano con premura.

Ella abrió los ojos con gesto desconcertado, como si no supiera muy bien dónde se encontraba, hasta que me miró dedicándome una de sus burlonas sonrisas.

—¿Ha terminado la película…?

—No, pero no podía seguir el hilo con tus ronquidos —mentí, sonriendo a mi vez.

—Jamás he roncado…

—Siempre hay una primera vez para todo —repliqué con sorna, reprimiendo un bostezo.

Me incorporé para irme a mi habitación. El día había sido largo y cansado, y sentía que mis párpados pesaban más de la cuenta. Ella me acompañó hasta la puerta y nos despedimos con un apresurado y simple «buenas noches», como si, de pronto, estuviésemos incómodos el uno con el otro.

ALEXANDRA.

Cerré la puerta de mi suite y apoyé la espalda contra ella.

Después, me dejé caer al suelo hasta quedar sentada con las rodillas flexionadas.

Puede que aquello se me estuviese yendo de las manos.

Sentía que mi determinación de hacer la vida imposible a aquel idiota quedaba relegada frente a la atracción, cada vez mayor, que sentía por él.

Lo deseaba. Lo deseaba como nunca había deseado a nada ni a nadie, lo cual me desesperaba.

Sabía que nunca podría tenerlo por mucho que, a veces, la animadversión existente entre ambos pareciera desvanecerse como por arte de magia.

Y lo peor de todo era que empezaba a imaginar cosas, como que Logan me acababa de despertar acariciándome la cara.

Porque lo había imaginado, ¿verdad…?

Me levanté permitiéndome el lujo de inventar una teoría: Logan también se sentía atraído por mí y no debía tener ni puñetera idea de cómo gestionar semejante bomba de relojería.

¿Podría ser…?

Eso explicaría la extraña química que notaba en el ambiente cada vez que compartíamos tiempo y espacio, aunque también podría ser que Logan me considerase, por fin, digna de relacionarme con él desde un punto de vista estrictamente amistoso.

O, peor aún, que estuviera tratando de congraciarse conmigo para tenerme controlada y evitar que me diera por hacer cualquier barbaridad en su amado club.

Comencé a pasear por la habitación considerando seriamente esta última posibilidad.

Era la más probable, por supuesto. ¡Dios!

, ¿cómo podría averiguar la verdad? Siempre me había jactado de saber leer entre líneas, pero en aquella ocasión estaba a ciegas.

Quizá me faltara experiencia en esos asuntos, pues mi currículum amoroso se limitaba a líos de discoteca y aventuras con chicos del Tinder y compañía, pero nunca había llegado a tener una relación fuera de aquellos contextos.

Y menos aún con un snob como Logan Dawson.

Necesitaba saber la verdad.

Tuve la tentación de llamar a Paige y compartir con ella mis pensamientos, aunque enseguida deseché la idea. Era tarde y no me apetecía importunarla, pues estaría acompañada de Charlie. Tendría que esperar al día siguiente para escuchar su opinión al respecto.

Me puse el pijama tratando de despejar la mente y pensar en otras cosas, pero mi cerebro, en un claro acto de rebeldía, no dejaba de imaginar a Logan tumbado en su cama, sumido ya con seguridad en un profundo sueño.

Dejé encendida la pequeña luz de la mesita de noche antes de intentar dormirme.

Siempre había tenido miedo a la oscuridad.

Probablemente porque, de niña, nadie acudía a consolarme cuando los terrores nocturnos me despertaban, y más tarde, ya en el centro de menores, las noches eran el momento en que más convenía mantenerse alerta.

Allí, los peores ajustes de cuentas llegaban siempre a traición, cuando todas dormíamos.

Después, curiosamente, era la compañía de César, mi perro, la que me permitía descansar a pierna suelta; su sola presencia bastaba para ahuyentar cualquier atisbo de inquietud.

Me pregunté cómo dormiría Logan: ¿lo haría en pijama?

, ¿en camiseta?, ¿desnudo? Estuve a punto de dejarme llevar por mi calenturienta imaginación, pero cuando mi mano empezó a retirar el elástico del pantalón del pijama, me detuve.

No me gustaba pensar en él durante mis momentos más íntimos, lo que a veces conseguía y otras no, pero sabía que, en aquella ocasión, no lo podría evitar.

Pegué un puñetazo a la almohada con todas mis ganas y después me coloqué de lado para intentar conciliar el sueño.

Aquella noche permanecí sumida en una especie de duermevela, sin llegar a despertarme del todo, pero sin alcanzar tampoco ese sueño profundo y reparador que permite descansar y, sobre todo, olvidar.