CAPÍTULO 16. #2
—Perdona, no iba con segundas —acabé por decir tratando de reparar mis inoportunas palabras, aunque su gesto continuó ensombrecido. Puede que mi comentario le hubiese traído malos recuerdos.
—No pasa nada.
—Además, tu cicatriz te queda muy bien, no te imagino sin ella, la verdad. Te hace parecer muy audaz —añadí con sinceridad, reprimiendo el loco impulso de estirar la mano y tocarla con las yemas de los dedos.
—¿Audaz? —repitió con sorpresa mientras se ponía en pie.
—Sí, audaz… ¿Cómo te la hiciste?
Siempre había tenido curiosidad al respecto, pues la versión que corrió en su momento por el instituto no me parecía verosímil.
—No te creas que es una historia demasiado interesante —respondió sin parecer dispuesta a dar más detalles.
—Aun así, me gustaría saberlo…
—En otra ocasión, quizá.
Su comportamiento se había vuelto repentinamente receloso, lejos de la actitud socarrona y desenfadada que había mantenido durante todo el día. Me levanté con la intención de abandonar su suite y ella me acompañó a la puerta sin hacer amago de detenerme.
—¿Te apetece cenar conmigo? Odio cenar solo fuera de casa… —propuse tratando de derribar la gélida pared que se había interpuesto entre nosotros durante los últimos minutos y que contrastaba vívidamente con la divertida camaradería anterior.
—De acuerdo, pero mejor pedimos la cena aquí, me da pereza bajar al restaurante —contestó tras sopesar mi ofrecimiento.
Respiré con alivio, pues una negativa por su parte me habría hecho sentir como una idiota. Parecía haber pasado página a lo que fuera que le hubiese ocurrido a raíz de mi comentario.
—Me voy a duchar y vuelvo, ¿te parece?
—Me parece.
Me fui a mi habitación haciendo todo tipo de cábalas, repasando cada detalle de lo ocurrido en aquel extraño viaje.
¿Por qué le había propuesto cenar juntos?
, ¿acaso se me habían olvidado ya todas sus amenazas?
Esa mujer no me deseaba el bien, y su amabilidad puntual no debía llevarme a bajar la guardia.
Aunque… ¿y si estuviera flirteando conmigo?
Absurdo. Alexandra era demasiado orgullosa para eso.
Además, me la tenía jurada. No, no se trataba de eso.
Simplemente se divertía teniéndome a su merced y riéndose de mí en cuanto le daba ocasión.
Y yo, como un idiota, le estaba siguiendo el juego.
Debería limitarme a cumplir mi parte del acuerdo, limpiando su condenada casa y cuidando de su monstruo de cuatro patas.
Y punto. Debería enviarle un mensaje, excusándome, y cenar solo en mi habitación.
Me fui a la ducha seguro de mi decisión, pero algo rondaba por mi cabeza que no me dejaba en paz y la sola idea de plantearlo, aunque fuese mentalmente y a puerta cerrada, me provocaba inquietud.
¡Está bien!, quizá fuese hora de no reprimirlo más: ¿y si era yo el que flirteaba con ella y no al revés?
¡No!
No, no y mil veces no. ¿Cómo se me ocurría siquiera semejante barbaridad?
Ella me odiaba. Y yo, para qué engañarnos, la detestaba desde el mismo momento en el que mi mirada se cruzó con la suya, años atrás. Además, se trataba de la mujer que amenazaba con arruinarme, por si se me había olvidado ese insignificante detalle.
Todo eso era cierto, pero entonces… ¿por qué llevaba todo el día con la sensación de que Alexandra me gustaba, que me gustaba de verdad ?
¡Bueno, ya lo había dicho! Esperé a que el suelo se abriera bajo mis piernas o a que un tsunami entrara por las ventanas arrasando con todo a su paso, pero nada de eso ocurrió.
Al contrario, el agua de la ducha siguió cayendo con absoluta normalidad sobre mi cabeza.
Me enjaboné el pelo con fuerza, como si de esa manera pudiera extraer de mi mente semejantes consideraciones, aunque fue en vano, por supuesto.
Hay ideas que, una vez germinan, son imposibles de desechar.
Con aquello no contaba, desde luego. ¿De verdad me sentía atraído por una mujer que me odiaba? ¡Menuda locura!
Empecé a enviar un mensaje desde mi móvil excusándome por no ir a cenar, pero acabé por borrarlo y arrojar con fuerza el teléfono contra la cama. Imposible resistirme. Me apetecía su compañía. Además, necesitaba respuestas, y no las conseguiría quedándome allí.
Cuando regresé a su suite , ella también se había duchado y cambiado de ropa. Me recibió con una expresión enigmática, como si hubiese estado reflexionando sobre mí, quizá.
Cenamos en la terraza. La brisa marina, la suave iluminación lunar y el sonido de las olas rompiendo contra la playa creaban un ambiente relajante que nos incitaba a comer prácticamente en silencio. Sentía que el sueño me invadía, pero no me apetecía irme todavía, y mucho menos a dormir.
Al terminar, Alexandra propuso:
—¿Te apetece ver una película?
—¿Una película? —repetí por decir algo, pues el plan me parecía estupendo.
—Sí, ya sabes… esas cosas que ponen por la televisión —aclaró recuperando su habitual tono burlesco.
—Ok, pero elijo yo.
—Ya veremos…