Mi querido enemigo CAPÍTULO 16.
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CAPÍTULO 16.

ALEXANDRA.

Pedaleé con fuerza para probar mi bicicleta mientras Logan hacía lo propio con la suya, siguiéndome de cerca, apenas a dos metros de distancia.

El día era cálido y soleado, perfecto para hacer un recorrido turístico, y mi estado de ánimo, exultante, puede que tuviese más que ver con mi compañero de viaje que con el hecho de pasar un día entero disfrutando de lo que ofrecía aquella maravillosa ciudad.

Aún me sorprendía la manera en la que se desarrollaron los acontecimientos del día anterior. Había pasado gran parte de la noche repasando mentalmente lo ocurrido, desde la historia del catamarán hasta las copas de última hora en el bar del hotel. Todo había sido tan… ¿raro? Demasiado, la verdad.

Logan saliendo furibundo del mar.

Logan y yo cenando juntos como si fuésemos un par de colegas.

Logan preguntándome sobre el tipo de hombres que me gustaban.

Logan queriendo quedarse conmigo un día más.

Cuando se lo contase a Paige, lo mismo le daba un infarto.

En cualquier caso, no me convenía hacerme ilusiones con según qué cosas, como, por ejemplo, que Logan y yo pudiéramos llegar a ser amigos.

No, ¡imposible! Además, tampoco era mi deseo.

Y menos aún… Menos aún con lo otro de por medio.

¡Por Dios santo, ni siquiera debía pensar en ello!

Lo observé con disimulo aprovechando que nos deteníamos en un semáforo en rojo.

Llevaba pantalones cortos y camiseta, atuendo que resaltaba los músculos de su cuerpo, esculpidos a base de, seguramente, horas de gimnasio y mucho deporte.

¿Por qué demonios tenía que atraerme tanto?

¿Acaso no había más hombres guapos en el mundo?

Y, sobre todo, ¿por qué me estaba desviando tan descaradamente del plan que había trazado con tanto esmero?

Eran preguntas que me asaltaban de continuo y para las que no tenía respuestas.

E n cuanto llegara a Harbor Cit y, puede que pidiera hora de una vez en el psicólogo para que me tratara de la profunda estupidez en la que estaba inmersa.

Pero, hasta entonces, disfrutaría del día.

El tiempo transcurrió deprisa. Recorrimos Ocean Drive entre música, palmeras y el constante murmullo del mar antes de dirigirnos hacia Wynwood, donde nos detuvimos para pasear entre sus coloridos murales y galerías al aire libre.

Después continuamos hasta Bayside Marketplace y el distrito de Brickell, perdiéndonos entre calles vibrantes y locales rebosantes de ambiente antes de detenernos a comer en un pequeño restaurante con vistas a la bahía.

Hubo momentos en los que olvidé por completo las circunstancias que nos habían llevado a compartir aquel día, como si fuésemos dos personas que se acababan de conocer y no tuviésemos un tortuoso pasado en común.

Tuve que recordarme más de una vez que Logan seguía siendo mi enemigo, algo que no me convenía olvidar por mucho que, para mi sorpresa, cuando quería podía llegar a resultar bastante simpático.

Me divertía con él, aunque no dejaba de preguntarme si aquel comportamiento tan repentinamente cordial por su parte era sincero o si, por el contrario, no era más que una fachada.

Puede que tan solo estuviera aprovechando el momento para intentar aplacarme un poco.

—¿Dónde quieres que vayamos ahora? —preguntó tras dar un último sorbo a su taza de café, una vez acabada la comida. Con aquella luz, pequeñas motas ambarinas brillaban en sus ojos color caramelo, creando una combinación tan curiosa como hipnótica.

—Podríamos dar un paseo por la marina de Brickell y luego acercarnos al puerto —propuse, dejando un billete de cincuenta dólares sobre la cuenta que acababa de traer el camarero.

—Espera… invito yo —replicó Logan sacando su tarjeta de crédito del bolsillo—. No estoy tan arruinado, ¿sabes?… —agregó en tono socarrón, aunque algo molesto. Era la primera vez, desde que había aceptado los términos de nuestro acuerdo, que hacía alusión al estado de sus finanzas.

—Como quieras —acepté.

Volví a preguntarme si estaría fingiendo, ocultando la animadversión que sentía hacia mí.

¿Podría ser? Monté en mi bici sin decir palabra, irritada con mis propios pensamientos.

Tomé rápido la delantera sin comprobar si me seguía o no, hasta que no tuve más remedio que pararme en un semáforo en rojo.

De inmediato, se colocó a mi lado, mirándome con extrañeza.

—¿Estamos haciendo una carrera y no me he enterado…?

—Veo que te cuesta seguirme…

—Para nada.

Era como si la tregua acordada hubiese tocado a su fin y nuestro antiguo antagonismo estuviese, otra vez, presente.

Continuamos el recorrido programado hasta que llegamos al puerto.

Fue allí donde dimos rienda suelta a la competitividad en una loca carrera hasta llegar al hotel.

Ninguno quería quedarse atrás, por lo que adelantábamos al resto de ciclistas como si fuéramos delincuentes huyendo tras cometer una fechoría.

A quinientos metros del hotel, un perro suelto se cruzó en nuestro camino.

Yo conseguí esquivarlo, pero Logan acabó en el suelo tras dar un par de vertiginosos giros que me dejaron al borde del infarto.

Me detuve para ir a socorrerlo, pero él se incorporó de un salto para subirse de nuevo a la bici sin esperar siquiera las disculpas del dueño del perro, que se acercaba con gesto avergonzado.

—¿Estás bien…? —pregunté colocándome rápidamente a su lado. Un hilillo de sangre caía por su pierna, pero, por lo demás, parecía haber salido indemne de la aparatosa caída.

—Sí, solo son un par de rasguños —replicó, enfadado, pedaleando para alejarse de las curiosas miradas de los transeúntes que seguían la escena con interés. Eso era lo peor de caerse por la calle, que la gente miraba el espectáculo con descaro.

—Tranquilo, no creo que lo hayan visto más de cuarenta o cincuenta personas… —declaré con sorna, pedaleando con fuerza hasta colocarme a su altura.

—Serás idiota… —susurró más para sí mismo que para que yo lo oyera, aunque el viento terminó llevando sus palabras hasta mis oídos.

Reí sin poder evitarlo, aguantando la mirada furibunda que me dirigió a continuación.

Recorrimos el último tramo bastante más despacio. Devolvimos las bicis al hotel e insistí en que subiera a mi suite , pues me había parecido ver un botiquín en el cuarto de baño.

—Siéntate ahí —dije señalando el amplio sofá de la salita de estar anexa al dormitorio. Después localicé el botiquín y comprobé que contenía un completo kit de primeros auxilios. Con detalles como esos, aquella suite justificaba su precio.

Me arrodillé en el suelo frente a Logan y examiné con detenimiento sus piernas mientras empapaba una gasa en líquido antiséptico. Tenía unos cuantos raspones, sobre todo en las rodillas y en las palmas de las manos.

—Espera, mejor lo llevo a mi habitación y me hago la cura allí… —musitó él algo cohibido, como si de pronto la situación le provocara pudor.

—Deja, ya que estás aquí, lo hago yo. Además, no me fío de que se infecte y haya que cortar una pierna… y entonces me quedaría sin esclavo —repliqué en tono socarrón mientras comenzaba a dar toques con la gasa en las zonas afectadas.

—¿Siempre eres tan graciosa…? —protestó, dejándose hacer con cara de resignación.

—Solo a veces…

La escena me pareció extrañamente erótica.

Logan sentado enfrente de mí, con las piernas entreabiertas, y yo, de rodillas frente a él, pasándole una gasa por los arañazos hasta llegar a la cara exterior del muslo derecho.

Sentía su mirada fija en mi rostro, como si estuviese diseccionando detenidamente mis facciones.

¡Un momento!, ¿qué era ese hormigueo en la parte baja de mi vientre?

Más me valía terminar la cura cuanto antes, enviar a mi perturbador invitado a su habitación y darme una ducha bien fría.

LOGAN.

¡Mis piernas! Parecían un mapa de carreteras con tanto rasguño.

La culpa era mía por picarme con aquella maníaca de la competitividad, que encima se permitía el lujo de reírse en toda mi cara.

Me sentía incómodo, con ella arrodillada frente a mí, esbozando esa expresión burlona que tantas veces me dedicaba, mientras me curaba los sanguinolentos arañazos.

Sentía su aliento contra la piel de mis piernas, en una especie de caricia extraña y estremecedora.

Quizá debería irme de allí y terminar de hacerlo yo mismo, pero, por alguna razón, me sentía incapaz de mover un solo músculo.

Me limité a observar con fascinación su rostro y a esperar que diera por finalizada la tarea.

Por un momento, me pregunté si ya me parecía tan guapa cuando íbamos al colegio, aunque, por extraño que pareciera, no fui capaz de llegar a una respuesta concluyente.

Sus pestañas, largas y espesas, formaban pequeñas sombras debajo de sus ojos, y sus labios, relativamente gruesos, hablaban de cierta sensualidad.

De pronto me imaginé besando esos labios, lo que aceleró mi ritmo cardíaco de forma desconcertante.

¿Y a mí por qué me daba por pensar en aquellas cosas?

Lo más sensato sería que me retirara cuanto antes para terminar el día cenando tranquilo en mi habitación.

Me ducharía, me pondría el pijama y me dormiría en un sueño profundo y reparador.

Suspiré de alivio cuando Alexandra dio por terminada la cura.

—Ya estás. Creo que he conseguido salvar ambas piernas —dictaminó con una sonrisa confiada—. Tan solo te va a quedar una cicatriz de guerra en esta rodilla —agregó, señalándola.

—Mientras no haya sido en la cara… —repliqué sin pensar, arrepintiéndome de inmediato de lo dicho tras percibir la gélida expresión de su rostro. No pude evitar fijar la mirada en la fina marca que atravesaba su rostro. ¡Qué metedura de pata, por Dios!

Se quedó completamente inmóvil. Me recordó a un animal salvaje y peligroso decidiendo si perdonaba o no la vida a su presa. Destilaba hostilidad, pero también algo más, algo que no supe definir y que me estremeció.