Mi querido enemigo CAPÍTULO 15. #3
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CAPÍTULO 15. #3

—No —contestó mientras comenzaba a doblar con cuidado una pequeña servilleta de papel hasta hacer la figura de una pajarita.

No me sorprendió su respuesta. No había detectado rastro alguno de un novio en su casa. Aun así, deseaba saber algo sobre su vida íntima, pues más de una vez había realizado cábalas al respecto. De pronto me acordé de su beso con aquel tío del baile de fin de curso.

—¿Cómo es tu hombre perfecto…?

¿Por qué diablos le había preguntado eso? Pero, sobre todo, ¿por qué me seguía molestando el recuerdo de aquel beso después de tanto tiempo?

—¿Mi hombre perfecto? —repitió, divertida.

—Sí, ya sabes, ¿qué tipo de tíos te suelen gustar?

Quizá me estaba pasando de curioso, aunque la culpa era de aquel condenado vino blanco que me soltaba la lengua.

Se tomó su tiempo en contestar.

Luego apoyó los codos en la barra y comenzó a enumerar con absoluta seriedad:

—Bueno… de entrada me gustan los morenos.

Asentí lentamente.

—Y prefiero a los tipos humildes.

Fruncí el ceño.

—Y nada competitivos. Que no necesiten demostrar constantemente que son los mejores en todo.

Solté una pequeña risa.

—¡Ah!, y que no practiquen deportes absurdamente elitistas…, tipo tenis, golf…

—Oye… —protesté.

Ella continuó, imperturbable, sonriendo inocentemente.

—Y sin acento de Carolina del Sur. Preferiblemente que no hayan sido el rey del instituto ni tengan complejo de líder eterno… y si además no se acercan al metro noventa de estatura ni tienen la manía irritante de creerse irresistibles… ¡mejor todavía!

No pude evitar echarme a reír.

—O sea… básicamente alguien que no se parezca en nada a mí.

Alexandra alzó su vaso.

—Exacto. Has captado la idea.

Negué con la cabeza, divertido pese a todo.

Sus labios se curvaron apenas. Y durante un segundo demasiado largo, ninguno apartó la mirada.

El camarero regresó, interrumpiendo el momento.

—Los caballeros de allí desean invitarla a una copa —dijo, dirigiéndose a Alexandra y señalando a los dos treintañeros.

Ella ni siquiera miró.

—Dígales que agradezco el gesto… pero me voy ya.

¡Serían idiotas! No sé por qué, pero de pronto me apeteció ir a partirles la cara.

Pagué la cuenta y salimos de allí en dirección a los ascensores.

El silencio nos envolvió de nuevo, aunque con un matiz algo distinto; era más denso, más peligroso.

—¿A qué hora sale el vuelo mañana? —pregunté, más por romper el tenso momento que por otra cosa, pues sabía de sobra la respuesta.

—A las once, pero he decidido que me voy a quedar un día más… Tú puedes irte a Harbor City.

No supe por qué, pero aquello me decepcionó.

Nos despedimos con un correcto buenas noches cuando el ascensor se detuvo en mi planta.

Ya en mi habitación, me senté en la cama con aire pensativo, sin dejar de dar vueltas con las manos a la pajarita de papel que había abandonado Alexandra sobre la barra.

La había cogido con disimulo para guardármela en el bolsillo, no sabía muy bien por qué.

¡El vino otra vez! El alcohol me empujaba a hacer y decir absurdeces.

Agarré mi móvil y repasé los mensajes recibidos.

No contesté ninguno, ni siquiera los de Troy, que preguntaba en tonillo gracioso por mi estancia en Miami.

No estaba de humor para eso. Tampoco me apetecía irme a la cama.

En realidad, no tenía ganas de hacer nada, pues había algo que me incomodaba, pero no sabía exactamente el qué.

¿O sí?

Suspiré, y antes de poder pensarlo demasiado, salí de la habitación y subí hasta la suite de Alexandra.

Me abrió la puerta descalza, en pijama y con el cepillo de dientes en la mano.

Tragué saliva.

—¿Pasa algo?

—¡No, nada! —me apresuré a decir—. Era solo que… Bueno, estaba pensando que lo mismo prefieres que me quede contigo mañana.

Empezaba a sentirme rematadamente idiota. ¡Señor!, ¿cómo se me había ocurrido semejante sandez? Si hubiese querido que me quedara con ella, me lo hubiese dicho.

—En plan asistente personal, ya sabes… —añadí, intentando hacerme el gracioso y quitar importancia a mi ofrecimiento.

—Así que… ¿quieres quedarte también un día más? —Su tono de voz era serio, pero en sus ojos había una chispita de burla.

—No. ¡Digo, sí!, si te parece bien… —contesté de forma atropellada, haciéndome un lío con las palabras.

—¿Sabes montar en bici?

—Pues claro…

Respiré aliviado por el pequeño giro que había dado la conversación.

—Genial, porque pensaba alquilar una bici para recorrer la ciudad —aclaró cruzando los brazos tras acariciarse con suavidad la fina cicatriz del rostro con el dedo índice; era un gesto que solía repetir de tanto en cuanto.

—Parece un buen plan… —dije de manera ambigua, dejando que fuera ella quien desarrollara la idea.

—¿Quedamos a las nueve y media para desayunar?

—De acuerdo. Entiendo que extendemos la tregua un día más, ¿verdad...?

—Podría entenderse así… —contestó dedicándome una sonrisa enigmática que me provocó un escalofrío, como si la electricidad que parecía fluir por el aire entrara en mi cuerpo de manera antinatural.

Minutos más tarde, ya de vuelta en mi habitación, me acosté dando vueltas por la cama sin ápice de sueño.

Me costó dormirme.