CAPÍTULO 15. #2
—Perdona…
—¿Por qué exactamente?
—Por haberte llamado de nuevo así… y por todo lo que ocurrió en el instituto.
Sus palabras me parecieron sinceras. No dije nada. Me limité a contemplarlo mientras abandonaba la suite .
Estuve un buen rato analizando lo ocurrido desde todos los ángulos posibles.
Logan era una auténtica incógnita. Parecía odiarme, pero después me pedía perdón.
¿Qué diablos era aquello? Quizá debería seguir el consejo de Paige y olvidarme de él para siempre.
Probablemente fuese lo más prudente, aunque, ¿desde cuándo la prudencia formaba parte de mis virtudes?
Cogí mi móvil y busqué el número de Logan. Le escribí un mensaje, pero lo borré de inmediato. Lo volví a escribir, pero en esta ocasión lo envié.
Decía:
«Te invito a cenar en señal de paz».
Tardó un buen rato en leerlo, aunque para entonces ya me había arrepentido de mi absurda proposición. De pronto sentía vergüenza. Una vergüenza espantosa, por cierto. Me estaba comportando como una maldita colegiala. Leí su contestación con el corazón revolucionado.
Logan:
«¿Es una invitación normal o es que me quieres envenenar?»
Sonreí divertida por su respuesta y me lo pensé unos segundos antes de escribir:
«Es una invitación que forma parte de la tregua que te ofrezco para el resto del día».
Logan:
«En ese caso, sí».
Yo:
«¿Quedamos a las nueve en el restaurante del hotel?»
Logan:
«Allí nos vemos».
Bloqueé el móvil y salí a la terraza a contemplar el mar.
Reflexioné largo rato, inmersa en mis pensamientos.
Cenaría con Logan educadamente y al día siguiente, ya en Harbor City, le comunicaría que mi particular vendetta había llegado a su fin.
Vendería mi parte del club, yo seguiría mi camino y él el suyo.
Era lo más sensato, sin duda, aunque la idea de no volver a verlo me resultó, de pronto, extrañamente deprimente, lo que hizo tambalear mi decisión.
Quizá debería quedarme un día más en Miami, yo sola, y meditar al respecto.
LOGAN.
Me observé durante unos segundos en el espejo, hasta que una leve mueca de satisfacción cruzó mi rostro, casi a traición.
El bronceado que había ganado en la playa acentuaba mis facciones, y la camisa clara junto al pantalón informal que había elegido encajaban a la perfección con el ambiente despreocupado de Miami.
Me detuve un instante.
¿Desde cuándo me tomaba tantas molestias para arreglarme?
Al fin y al cabo, no era más que una cena.
Mi mente regresó, inevitablemente, al extraño episodio ocurrido aquella tarde en su habitación. El corazón se me había acelerado igual que días atrás, durante aquella maldita clase de tenis.
¿Podría ser que…?
No.
Prefería no ahondar demasiado en aquella idea. Era absurdo.
Llegué con antelación al restaurante y elegí una mesa en la terraza, aprovechando la agradable temperatura de la noche. No tardé en ver a Alexandra aparecer, recorriendo el lugar con la mirada.
Estaba espectacular.
Llevaba uno de los vestidos que había comprado el día anterior y su cabello oscuro caía en suaves ondas sobre los hombros desnudos. Cuando me localizó, sonrió con una expresión ligeramente burlona.
—¿Quién llega tarde ahora? —pregunté cuando tomó asiento frente a mí.
—¿Seis minutos cuentan como tarde…? —replicó arqueando una ceja, repitiendo la misma frase que le había dedicado yo en el aeropuerto el día anterior.
Sonreí.
Parecía venir en son de paz, y después del numerito del catamarán, lo agradecía profundamente.
—¡Tardísimo! —exclamé con sorna tras abrir la carta que tan amablemente nos había dejado el maître sobre la mesa.
—¿Qué vas a pedir? —preguntó abriendo también su propia carta.
—Pagas tú, ¿verdad? Algo caro entonces…
—No te olvides de pedir champagne , creo que te encanta…
Así que ya se había enterado.
—En realidad, prefiero el vino blanco —repliqué al tiempo que dirigía un gesto al camarero para que se acercara a tomar nota.
No volvió a mencionar lo del champagne en toda la cena. Muy al contrario, se comportó con exquisita cortesía, como si yo fuera un viejo amigo al que hacía tiempo que no veía y no el excompañero de instituto a quien se la tenía jurada.
Hablamos de política, de deportes, de viajes… de todo menos de cuestiones demasiado personales, pues se iba por la tangente en cuanto se me ocurría preguntarle algo al respecto. Tampoco hablamos de nuestra época escolar, por supuesto. Aquello continuaba siendo un tema tabú entre nosotros.
Me asombraba su forma de razonar cuando estábamos en desacuerdo. Era capaz de argumentar sobre casi cualquier cosa para intentar convencerme de que su punto de vista era el más lógico. Reconozco que me intrigaba y que, en cierto sentido, me fascinaba.
El tiempo transcurrió deprisa y cuando pedimos la cuenta comprendí que no me apetecía dar por terminada la velada.
—¿Te apetece tomar una copa?
La pregunta salió de mi boca sin apenas meditarla, aunque me arrepentí de haberla formulado cuando observé su expresión de sorpresa.
Tardó un par de largos segundos antes de esbozar una mueca socarrona y contestar:
—Claro, ¿por qué no…?
El bar del hotel era de lo más sofisticado, con una clientela formada, en su mayoría, por hombres de mediana edad con aspecto de ejecutivos.
La música suave y la tenue iluminación ambiental contribuían a crear una atmósfera acogedora que incitaba a la conversación.
Nos sentamos en un extremo de la barra, en unos taburetes altos con respaldo de cuero que resultaban, a pesar de lo que podría esperarse a simple vista, bastante cómodos.
Yo continué con el vino blanco y Alexandra, por el contrario, optó por una Coca-Cola Light.
Charlamos con aparente despreocupación, ignorando deliberadamente a los dos treintañeros, con evidente pinta de turistas, que no dejaban de observarla mientras cuchicheaban entre ellos.
Me molestó más de lo que estaba dispuesto a admitir y tuve que contenerme para no fulminarlos con la mirada.
Cuando el camarero regresó para ofrecernos otra ronda, por primera vez en toda la noche se instaló entre nosotros un silencio incómodo, como si su interrupción hubiese roto la naturalidad que hasta entonces había guiado la conversación.
Di un par de sorbos a mi bebida mientras buscaba algo ingenioso que decir, pero Alexandra se adelantó con una pregunta que me dejó algo descolocado.
—¿Sales con alguien?
—No… —negué . ¡Vaya, vaya!, eso no me lo esperaba, Alexandra interesada en mis asuntos amorosos.
Puede que solo quisiera completar el puzle de mi vida para prepararme más faenas, pues era obvio que, en lo relativo a mis finanzas, estaba perfectamente al día.
Lo mejor era devolver la pelota cuanto antes—. ¿Y tú?, ¿estás con alguien?