Mi querido enemigo CAPÍTULO 15.
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CAPÍTULO 15.

LOGAN.

Me estiré con pereza en la tumbona mientras comprobaba la hora en mi reloj de pulsera.

Las cuatro de la tarde y aún no tenía noticias de Alexandra.

Seguramente estaría aún reunida con no sé quién hasta que le diera por aparecer y amargarme la vida.

Lo bueno era que había pasado una mañana de auténtico relax, comiendo en el fabuloso restaurante del hotel y abandonándome a la placentera sensación de tumbarme en la casi desértica playa mientras escuchaba el sonido reconfortante del mar.

Me pregunté si se habría enterado ya de la historia del champagne .

Esperaba que no; empezaba a arrepentirme de aquello, aunque ahora ya no tenía remedio.

Bostecé considerando la posibilidad de darme un chapuzón en el mar.

El calor invitaba a ello, pero el agua, a mediados del mes de mayo, todavía estaba algo fría para mi gusto.

Un movimiento a mi derecha me llamó de inmediato la atención.

Se trataba de Alexandra, que se acercaba paseando sobre la arena vestida con un bikini y unos shorts .

Llevaba una toalla del hotel en la mano.

Aproveché que las gafas de sol ocultaban la dirección de mi mirada y la observé con detenimiento.

Sus movimientos revelaban la confianza de quien se enorgullece de su propio cuerpo.

Tenía hombros bien marcados y cadera estrecha, con unos abdominales definidos que acentuaban su sex-appeal .

¡Un momento!, no me convenía fijarme en ella en ese sentido.

Molesto conmigo mismo, me obligué a apartar la mirada de ella y dirigirla hacia el mar hasta que se acomodó en la hamaca contigua a la mía.

—¿Qué tal…? —saludó en un tono de voz algo más amable que el del día anterior. Parecía relajada y satisfecha con la vida; era obvio que sus negociaciones debían haber sido prolíficas.

—Bien, ¿y tú? ¿Has terminado por hoy?

—Sí, he terminado todo lo que vine a hacer… —aclaró, estirando los brazos hacia atrás e inspirando con profundidad. Su presencia me hacía estar en alerta, como si de pronto hubiese amenaza de tsunami.

Permanecimos un rato en silencio, observando distraídamente las torpes maniobras de una pareja que intentaba manejar el pequeño catamarán que el hotel ponía a disposición de sus huéspedes.

—¿Quieres dar una vuelta…? —propuso una vez que la esforzada pareja consiguió llegar a la orilla y dejar la embarcación en manos del socorrista del hotel.

—¿Sabes manejarlo? —pregunté con desconfianza. No me apetecía proporcionar el mismo espectáculo que había dado aquella parejita.

—Claro que sí, ¡vamos! —dijo levantándose de un salto para dirigirse con decisión hacia el socorrista. Nunca me habían gustado demasiado las embarcaciones, sobre todo porque me mareaba a las primeras de cambio, pero como no parecía tener opción a negarme, la seguí de mala gana.

Nos costó un buen rato salir y encaminarnos mar adentro, pues manejar aquel trasto no era tarea fácil a pesar de que Alexandra parecía saber lo que se hacía.

Cuando conseguimos alcanzar cierta velocidad, el viento nos azotó el rostro, salpicándonos de gotas saladas.

Yo me sujetaba con fuerza a las agarraderas situadas a ambos extremos del catamarán mientras Alexandra manejaba la aparatosa vela, cambiando de rumbo en función de la dirección del viento.

Comencé a relajarme y a disfrutar del paseo.

Pudiera ser que, al fin y al cabo, no estuviera mal del todo.

En un momento dado me solté del asidero, confiado, con la intención de cambiar de postura, pero un abrupto cambio de rumbo me hizo salir volando por encima de la embarcación hasta caer al mar con violencia.

La frialdad del agua me dejó casi sin respiración.

Pateé con fuerza para salir a la superficie, tranquilizándome al comprobar que el catamarán disminuía la velocidad.

—¿Qué ha pasado? —grité escupiendo agua y todavía aturdido por el golpe.

—¿No has escuchado al socorrista decir que había que agarrarse todo el tiempo? —gritó a su vez Alexandra, dando vueltas en semicírculo a mi alrededor, aunque guardando cierta distancia.

—¡Acércate para que suba!

La situación me empezaba a agobiar un poco. Era buen nadador, pero la orilla estaba lejos y me espantaba nadar con un abismo a mis pies en el que proliferaban todo tipo de criaturas viscosas. Además, el agua estaba fría.

—¡Mejor te espero en la orilla, así haces ejercicio!

¡Sería hija de…!

Se alejó sin añadir palabra, dejando claro que no se trataba de una broma.

Permanecí unos segundos soltando todo tipo de exabruptos, oteando hacia la orilla para calcular la distancia que tendría que atravesar a nado, hasta que comencé a bracear, resignado.

De vez en cuando buscaba al catamarán con la mirada.

No se alejaba demasiado. Probablemente aquella estúpida me vigilaba por si necesitaba auxilio, pero no le iba a dar el gustazo de pedírselo.

Aquello me lo iba a pagar caro, desde luego. Me daba igual con lo que aquella especie de delincuente rencorosa me pudiera amenazar porque se lo iba a devolver. Tal cual.

Tardé unos cuarenta y cinco minutos en nadar hasta la playa, estremeciéndome de frío y de asco cada vez que las repelentes algas, porque prefería pensar que eran algas, rozaban mis piernas.

Llegué a la orilla con la respiración acelerada, los ojos escocidos por la sal y un cabreo de campeonato.

Alexandra ya había terminado de inmovilizar el catamarán en la arena con la ayuda del sorprendido socorrista, que nos miraba extrañado de que hubiésemos llegado por separado.

Después fue a recoger su toalla sin esperarme.

Yo me acerqué a mi tumbona tratando de aparentar calma, aunque por dentro echara humo y el fuego de la venganza fluyera por mis venas.

No tuve oportunidad de cruzar palabra con ella, puesto que se dirigió hacia el hotel tras dirigirme un gesto burlón de despedida.

Recogí mis cosas y la seguí de lejos.

ALEXANDRA.

Entré en la suite riéndome por lo bajo. La cara de furia de Logan, saliendo del mar y buscándome con pinta de querer asesinarme, era digna de enmarcar.

No tenía previsto tirarlo al agua, pero cuando vi que se soltaba de las agarraderas, no me pude resistir a la tentación de mover el timón hasta conseguir que saliera volando por encima de la cubierta.

Ni siquiera se trató de una decisión consciente, más bien fue un impulso imposible de controlar.

Además, poco me parecía aquello teniendo en cuenta el estratosférico cargo que el hotel me había hecho en cuenta por la compra de no sé cuántas botellas de champagne ordenada por mi asistente personal .

Era sorprendente que todavía le quedasen ganas de intentar chulearme. ¡Insensato!

Me puse con rapidez una camiseta mientras contaba mentalmente los segundos que tardaría Logan en aparecer por allí: ciento veintidós, ciento veintitrés, ciento veinticuatro… ¿Y si no venía? Conté ciento veintiséis cuando escuché que alguien aporreaba la puerta sin demasiada delicadeza.

Abrí apartándome con prudencia hacia un lado. Hice bien, pues entró como un toro en busca de un capote rojo.

—Pero bueno, ¿tú de qué vas…? —bramó.

Por un instante consideré que, quizá, me había pasado un poco.

El rictus de su cara evidenciaba que la adrenalina corría incontrolada por su cuerpo y sus ojos, rojos por el agua salada, destilaban puro veneno.

Estaba insultantemente guapo, vestido solo con un bañador de corte deportivo y el pelo mojado .

Su cuerpo, perfectamente definido, desprendía una potencia casi intimidante.

Me forcé a mantener la mirada fija en su rostro, evitando descender hacia su pecho musculado.

No podía permitirme semejante distracción.

—Está bien, ¡tranquilo!, tampoco ha sido para tanto… —repliqué dando un par de pasos hacia atrás para dejar que el aire corriera entre nosotros. Por si acaso.

—¿Que no ha sido para tanto?

Me miró con gesto incrédulo, como si de pronto no supiera qué hacer o decir. Cuando habló de nuevo, lo hizo utilizando un tono de voz sensiblemente más bajo, pero mordaz.

—¿Sabes? Estoy empezando a cansarme de este juego, Cara rota .

—¿Qué me has llamado…?

— Cara rota — repitió, haciendo especial énfasis en la segunda palabra, mirándome en actitud desafiante.

Sentí que retrocedíamos al pasado, a aquellos días en el instituto repletos de bromas pesadas y comentarios fuera de lugar.

De pronto, mi brazo pareció actuar por sí solo y se lanzó hacia su cara con la intención de abofetearlo, pero él, rápido de reflejos, lo sujetó en el aire antes de que pudiera alcanzarlo.

Permanecimos así durante unos segundos eternos, él agarrando mi brazo mientras nos mirábamos con expresión sombría.

Mi corazón estaba desbocado y la presencia de su cuerpo semidesnudo exacerbaba mis sentidos.

Nuestras caras estaban a escasa distancia y pude ver con claridad cómo sus pupilas se dilataban mientras su pecho subía y bajaba al mismo ritmo que su respiración entrecortada.

Olía increíblemente bien, con un aroma mezcla de mar, sal y olor corporal que me impulsó a acortar de manera inconsciente un par de centímetros la distancia que nos separaba.

Creo que nunca había deseado besar tanto a alguien como en aquel preciso instante, pero el miedo al rechazo y, por qué no decirlo, al ridículo más espantoso, me detuvo.

Eché mano de la sensatez que aún conservaba en algún rincón de mi cerebro para alejarme con lentitud hacia atrás y soltar mi brazo de su mano.

¡Santo cielo! No podía permitir que se me fuera tanto la cabeza.

Tenía que recuperar mi buen juicio y cuanto antes, mejor.

Pensé en decir algo original para romper el espantoso hielo que flotaba en el ambiente, pero, por una vez, no se me ocurría nada.

Él se dio media vuelta, dirigiéndose a la puerta sin abrir la boca, aunque pareció pensarlo mejor y acabó por decir algo que me descolocó por completo: