Mi querido enemigo CAPÍTULO 14. #3
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CAPÍTULO 14. #3

—Me lo llevo entonces… —declaré dirigiéndome a la sorprendida dependienta que me estaba atendiendo y que no debía entender nada de nada—. Y ahora, ¿qué tal si me enseña alguno que sea de cóctel? —agregué, provocando que Logan resoplara por lo bajo con desesperación.

—Claro, ahora mismo se lo traigo… —contestó la chica dedicándome una enorme sonrisa antes de alejarse para seleccionar unos cuantos modelos.

Al salir de la tienda, casi media hora después, serían ya las ocho y pico de la tarde y el comercio empezaba a cerrar. Logan me lanzaba miradas venenosas mientras yo buscaba un taxi que nos llevara de vuelta al hotel. Me encantaba fastidiarlo, aunque más me gustaba tenerlo a la expectativa.

Llegamos a nuestro destino en riguroso silencio y pagué al taxista sin molestarme en ayudar a mi irritado asistente, que luchaba por sacar del vehículo las cinco aparatosas bolsas que contenían todas mis compras.

—¿En serio me has traído para esto…? —preguntó en cuanto cruzamos la puerta giratoria que daba acceso al vestíbulo del hotel.

—Para esto y para lo que se me ocurra —aclaré dedicándole una sonrisa que podría ser interpretada como amistosa, pero que quien me conociera un poco sabría que era amenazante—. Y se me pueden ocurrir cosas mucho peores, así que no te quejes… —añadí, encaminándome a la zona de ascensores.

No añadió palabra hasta que depositó las bolsas, unos minutos después, en la entrada de mi suite .

—¿Algo más desea la señora…?

Su voz denotaba enfado y su ceño, por completo fruncido, potenciaba de manera inexplicable el atractivo de su rostro.

Tuve el absurdo impulso de invitarlo a pasar, de sentarme a hablar con él con calma y tratar, de una vez por todas, de dejar atrás nuestro pasado en común.

Dios… ¿por qué tenía que ser todo tan complicado?

¿Por qué Logan no podía ser un hombre cualquiera y no el principal responsable de tantas heridas que aún arrastraba?

El mundo, a veces, era muy injusto, aunque eso era algo que sabía desde que tenía conciencia.

—Nada más por hoy, gracias —contesté secamente antes de cerrarle la puerta en las narices.

De pronto me arrepentí de haberlo llevado a aquel viaje, aunque siempre podía enviarlo de vuelta a casa a primera hora de la mañana y, a ser posible, en alguna incómoda compañía low cost de las que solían salir con retraso.

Permanecí en silencio durante unos segundos, mirando fijamente al suelo, hasta que tomé una decisión y saqué uno de los vestidos que acababa de comprar. Me apetecía quemar la noche, olvidarme por unas horas de todo lo que me rodeaba e incluso, quizá, tomarme un par de copas.

Hora y pico después, el chófer del hotel me dejaba en la puerta de un local ubicado en la parte norte de la ciudad.

Lo había elegido tras diez minutos de búsqueda por Internet y, en cuanto puse un pie en él, supe que no me había equivocado: buena música, entorno agradable y un montón de gente de mi edad con buena presencia.

Yo no era de las que iban a los sitios sola, pero siempre he sido más proclive a cometer excepciones cuando estaba fuera de mi ambiente.

No pasó mucho tiempo antes de que se me acercara una pareja de chicos.

Me disculpé con ellos, pues el que en verdad me interesaba hacía como que no me miraba mientras jugaba al billar con unos amigos.

Era atractivo, un moreno con aires de conquistador y un pequeño tatuaje en el brazo que le daba un aspecto algo macarra.

No me costó demasiado ligar con él, pero cuando me agarró de la cintura para besarme, comprendí que no me apetecía continuar.

Aguanté el beso, invasivo e interminable, mientras maldecía el momento en el que se me había ocurrido salir.

¿Se podía saber qué demonios me pasaba? El chico era simpático y sabía besar, pero algo fallaba de manera estrepitosa.

La imagen de unos ojos color caramelo que me miraban desafiantes me hizo entender el problema.

Me separé como buenamente pude, pensando a toda velocidad una excusa para salir indemne de allí.

—Disculpa… —musité aguantando la mirada extrañada del chico, que parecía no comprender la brusca interrupción del beso—. Verás, temo que voy a tener que irme —agregué tras decidir que ninguna excusa era lo suficientemente buena para un momento así.

—¿Ahora…? —preguntó el moreno torciendo el gesto con acritud—. ¿Me tomas el pelo?

—Acabo de recordar que tengo un compromiso ineludible… Ya volveré otro día y te buscaré —mentí con descaro alejándome de él.

Salí a la calle enfadada conmigo misma, pues dar pasos en falso no era algo que encajara con mi forma de ser.

Opté por dar un largo paseo antes de tomar un taxi.

Me apetecía caminar a pesar de las horas, casi las dos de la mañana.

Cuando llegué a mi suite , me acosté con la idea de dormir hasta tarde.

Quizá lo que necesitaba para calmar mi espíritu fuese simplemente eso: dormir y no pensar en nada más, y menos aún en Logan, por mucho que mi mente se obstinara en lo contrario.