Mi querido enemigo CAPÍTULO 14. #2
37%

CAPÍTULO 14. #2

El hotel se alzaba frente al océano, elegante y luminoso, con su inconfundible fachada art déco perfectamente integrada en la línea de edificios históricos de aquella parte de la ciudad.

Desde la entrada podía verse el azul intenso del Atlántico extendiéndose más allá de las palmeras que bordeaban el paseo marítimo. Era sencillamente espectacular.

Atravesé el amplio vestíbulo, inundado por una luz cálida y un discreto aroma a flores frescas, y me dirigí a recepción para realizar el check-in.

Todo funcionaba con una precisión impecable, y el personal exhibía sonrisas profesionales y esa cortesía refinada propia de los hoteles lujosos.

Apenas unos segundos después apareció un botones dispuesto a encargarse del equipaje de Alexandra y llevarlo a su suite.

Yo, en cambio, preferí ocuparme personalmente de mi maleta.

Mi habitación era cómoda y elegante, acorde con el lujo sobrio del hotel, aunque no tuve la suerte de contar con vistas directas al océano.

Aun así, el espacio resultaba impecable: tonos neutros, textiles de alta calidad y ese silencio acolchado tan propio de los establecimientos donde todo está pensado para el descanso absoluto.

Deshice el equipaje sin prisas antes de dirigirme a la suite de Alexandra.

Entonces entendí que mi habitación y aquella pertenecían a universos diferentes.

La suite ocupaba una esquina privilegiada del edificio y estaba dominada por una inmensa cristalera que se abría hacia el Atlántico.

El mar parecía extenderse hasta el infinito, salpicado por la línea blanca de las olas rompiendo contra la arena de la playa.

El mobiliario, moderno y exquisitamente seleccionado, delimitaba distintos ambientes con una naturalidad estudiada, invitando casi de forma instintiva a recorrer el espacio y rozar cada superficie con la yema de los dedos.

Salí a la terraza y respiré hondo. El aire cálido de Miami, cargado de sal y humedad, me envolvió al instante mientras el rumor constante del océano ascendía desde la playa como una música lejana y relajante.

Permanecí allí varios minutos, apoyado en la barandilla, dejando que el sol y el sonido de las olas hicieran su trabajo.

Tal vez —solo tal vez— aquel maldito viaje empezaba a merecer la pena.

Decidí deshacer la maleta de Alexandra y bajar un rato a la playa.

Con un poco de suerte, su reunión se alargaría lo suficiente como para que me dejase en paz parte del día, aunque, ¿qué querría de mí?

Coloqué su ropa en el armario asegurándome de estirar las camisas sobre las perchas para evitar tener que plancharlas.

Después, llamé al servicio de habitaciones.

Se me había ocurrido una idea algo malvada.

— Servicio de habitaciones, dígame.

— Buenas tardes. Soy el… ejem… asistente personal de Alexandra Bennet, de la suite 207. La señorita Bennet desea enviar una botella de champagne a todos los huéspedes de la planta 20.

Me había dicho que pidiera a su cargo lo que quisiera, ¿verdad?

— ¿Cómo ha dicho? — la voz del empleado del hotel era de absoluta sorpresa.

— Que la señorita Bennet desea enviar una botella de champagne a todas las habitaciones de la planta 20. Es una costumbre que tiene cada vez que viaja para hacer negocios. Puede hacer el cargo a su suite .

— De acuerdo, ¿alguna marca en particular?

— Elija usted, pero que sea buena…

Colgué aguantándome la risa. Después salí del hotel comprobando la batería de mi móvil.

¿Me llamaría?

ALEXANDRA.

—Bueno, Alexandra, ¿hemos llegado, por fin, a un trato? —inquirió Daniel Whitmore, tras ofrecerme su manaza con gesto pícaro. Llevábamos casi cuatro horas negociando los últimos detalles de nuestro acuerdo en un permanente tira y afloja que me tenía agotada.

—Por supuesto —acepté su mano, aliviada por terminar con aquel suplicio. Había conseguido que aceptara la mayoría de mis condiciones a pesar de que se trataba de un tipo duro de pelar.

—Entonces solo queda que nuestros abogados terminen de redactar el contrato y firmarlo…

—agregó, reteniendo mi mano durante un tiempo que se me hizo eterno, sin dejar de mirarme fijamente a los ojos.

En otro momento, puede que hubiera respondido al coqueteo que se traía conmigo desde que me había echado la vista encima.

Aquel hombre tenía un punto canalla que me divertía a pesar de que me sacaba años por un tubo y de no ser precisamente un adonis.

—Solo queda eso, efectivamente —me limité a decir sonriendo educadamente.

—Eso y que te invite a cenar… Sería muy desconsiderado por mi parte no hacerlo después del triste sándwich que te he ofrecido por toda comida.

¡Oh, oh! Entrábamos en terrenos pantanosos, pues no hay cosa peor que decirle a un hombre con el que estás haciendo negocios un «no» cuando quiere que digas «sí». Más me valía dejar las cosas meridianamente claras cuanto antes.

—Te agradezco la invitación, Daniel, pero estoy muy cansada. El día ha sido intenso y me apetece retirarme al hotel y acostarme temprano.

—¡Pero si no son ni las seis…! Podríamos cenar pronto —insistió levantando una ceja y mirándome con descaro los labios mientras sus dos consejeros, que asistían a la escena impertérritos, permanecían inmóviles en sus asientos.

—En otra ocasión, quizá, hoy no me veo con fuerzas… —me excusé en tono firme. Desde luego, no entraba en mis planes una velada romántica con aquel hombre.

—De acuerdo, pero entonces te espero mañana para enseñarte la empresa, ¿te parece? Podríamos comer juntos… —propuso en tono esperanzado.

—Perfecto, vendré a media mañana, si te parece.

A eso era imposible negarme por mucho que, en el fondo, ya estuviese todo hablado.

—¡Estupendo! —celebró levantándose para acompañarme cortés hasta la puerta—. Y si cambias de opinión respecto a lo de esta noche… llámame —añadió bajando significativamente la voz.

—Lo haré —repuse, a sabiendas de que no lo haría.

Salí del edificio con una gratificante sensación de alivio. Lo que, en principio, me iba a llevar dos o tres días, lo había solucionado en uno solo. Podría adelantar la vuelta a Harbor City o quedarme allí y disfrutar de aquello de lo que habitualmente carecía: tiempo libre.

Comencé a caminar sin un rumbo concreto. Estaba agotada, pero necesitaba despejar la mente antes de regresar al hotel, así que di un breve paseo entre los rascacielos del distrito financiero, todavía bullicioso pese a la caída de la tarde.

Finalmente, tomé un taxi y pedí que me llevara hasta Bal Harbour Shops, una de las zonas comerciales más exclusivas de Miami.

Poco después caminaba entre avenidas impecables, rodeada de palmeras perfectamente alineadas y escaparates de firmas internacionales donde el lujo parecía formar parte del paisaje natural de la ciudad.

El aire cálido del Atlántico suavizaba el ambiente mientras turistas y clientes elegantemente vestidos transitaban entre boutiques de alta gama.

Fue allí, mientras avanzaba sin prisa entre tiendas de diseño, cuando marqué el número de Logan.

—¿Sí?

—¿Dónde estás?

—Dando un paseo por la playa…

—Pues coge un taxi y ven a Bal Harbour Shops. Estoy de compras y necesito a alguien que me lleve las bolsas.

Durante unos segundos permaneció en silencio, pero cuando finalmente habló, su voz reflejaba incredulidad.

—¿Cómo has dicho…?

—Que cojas un taxi y vengas a Bal Harbour Shops a llevarme los paquetes.

Silencio otra vez. Tuve que reprimir la risa. Debía estar acordándose de todos mis antepasados.

—¡Ahora voy! —bramó furioso antes de colgar el aparato.

A continuación, entré en un par de tiendas de las varias que había diseminadas por la zona.

Siempre había odiado ir de compras, razón por la que solía ser rápida a la hora de seleccionar las prendas que me gustaban, pero aquel día no era esa mi intención.

Cuando apareció Logan, veinticinco minutos después, lo saludé colocando en sus manos un par de bolsas repletas de todo tipo de prendas y complementos.

—Te has tomado tu tiempo en venir…

—El tráfico no depende de mí, ¿sabías? —replicó soltando un sonoro bufido.

—Crucemos a aquella tienda —ordené haciendo caso omiso de su comentario y señalando el logotipo de una conocida marca de ropa.

Me tomé mi tiempo, aposta, en probarme unos cuantos vestidos mientras Logan, furibundo, permanecía de pie y con las bolsas en la mano a la espera de que me decidiera de una vez.

—¿Qué tal me queda este? —le consulté mirándome en el amplio espejo situado en la parte exterior de los cambiadores.

—¡Espantoso! —exclamó en tono fúnebre, fijando la vista hacia otro lado.