CAPÍTULO 14.
LOGAN.
Revolví en mi armario hasta encontrar un par de bañadores.
El tiempo en Miami se preveía veraniego durante los próximos días y podía ser que Alexandra estuviese lo suficientemente ocupada, con lo que diablos fuese a hacer allí, como para dejarme en paz y así poder bajar un rato a la playa.
Aún estaba furioso con ella por obligarme a ir sin pedirme siquiera opinión; se había limitado a dejarme una nota en la encimera de la cocina para darme instrucciones al respecto. ¡Sería idiota!
Paciencia. Más me valía estar en modo zen. Al fin y al cabo, quedaban menos de dos meses para que finalizara aquel endemoniado acuerdo y, ¿qué eran unas cuantas semanas en la vida de una persona? Una insignificancia.
Terminé de hacer la maleta cuando la puerta de mi dormitorio se abrió con brusquedad.
Solté un pequeño grito del susto, pero me tranquilicé al comprobar que se trataba de Gloria, la señora filipina que ejercía de fiel acólita de mi madre desde tiempos inmemoriales.
Tenía la manía de entrar así, de sopetón y sin llamar.
En una de esas me daba un infarto. Menos mal que, desde que había vuelto a vivir en la casa familiar, un año atrás, no había tenido demasiados ligues a los que llevar, pues la intimidad con aquella mujer por allí suelta era una quimera.
—¡Gloria!, ¿no puedes llamar antes de entrar…?
—Dice tu madre que vayas a verla antes de irte de viaje.
—Voy con el tiempo justo. Dile, por favor, que la llamo en cuanto llegue.
—Dice tu madre que vayas a verla antes de irte —repitió de forma mecánica, como si no hubiese escuchado mis palabras. Era inútil; cuando se ponía así era preferible hacerle caso o, de lo contrario, me perseguiría por toda la casa hasta conseguir su objetivo.
—Está bien, ahora voy… —claudiqué bajando la maleta al suelo.
Me dirigí a la salita del té del piso de abajo, donde sabía que estaría desayunando mi madre.
Bajé las escaleras maldiciendo, una vez más, su cabezonería por negarse a vender aquella gigantesca casa que a duras penas podíamos mantener y cuya hipoteca constituía una pesada losa que había que afrontar cada mes.
—Buenos días, querido —saludó ejecutando un ceremonioso gesto con la mano para que tomara asiento frente a ella.
Aún me sorprendía la excesiva parafernalia con la que se desenvolvía en prácticamente todos los aspectos de su vida, como si continuara siendo la aristócrata rica y despreocupada de antaño y no la viuda con serios problemas económicos en la que se había convertido por los desmanes de mi difunto padre.
—Mamá, me tengo que ir ya… —dije ignorando su silenciosa petición y permaneciendo de pie. No era buena idea acudir con el tiempo justo al aeropuerto, sobre todo porque el tráfico a aquellas horas podía ser bastante traicionero.
—Hijo mío, ¡siempre vas con prisas! Cuéntame al menos a qué vas a Miami, que todavía no me he enterado…
—Ya te lo he dicho, mamá. Voy a ver a unos amigos de la universidad que ahora viven allí.
—¿Y dónde te vas a alojar? —continuó preguntando mientras untaba una tostada de pan con aceite de oliva virgen.
—En casa de uno de ellos —contesté con paciencia, mirando la hora de reojo.
—Últimamente no te veo casi nada, y cada vez que voy al club, no estás. No nos conviene que lo tengas desatendido, sobre todo ahora que ya no somos los socios mayoritarios…
—Te dije que no te preocuparas por eso. Ya sabes que conozco a la nueva propietaria; coincidimos un par de años en el colegio y no tiene intención de inmiscuirse en el negocio.
Ni se me había ocurrido ponerla al día de todo el asunto de Alexandra. ¿Para qué? Solo conseguiría alarmarla.
—¿Y quiénes eran sus padres?, porque yo conocía a casi todos, pero su apellido no me suena…, ¿cómo era, Bennet?
—Mamá, ¿qué importa eso ahora?
—Pues me importa, por supuesto, aunque, cambiando de tema, me gustaría saber por qué llevas unas semanas tan desaparecido —insistió con gesto intrigado—. ¿Te has echado novia?
¡Uf!, ni tenía tiempo para eso, ni comprendía las ganas de mi madre porque sentara la cabeza. ¿Cómo era posible que tuviese una mentalidad tan medieval cuando yo no había cumplido aún los veintiocho?
—Mamá, no seas plasta, que me tengo que ir ya; voy con el tiempo justo. Te llamo esta noche —respondí dando por finalizada la conversación y dejándola poco más o menos que con la palabra en la boca. Era preferible así; de lo contrario, la conversación podría alargarse hasta el infinito.
Tomé un taxi y llegué al aeropuerto en un tiempo récord teniendo en cuenta el tráfico de esas horas.
Enseguida me encaminé al stand de la compañía aérea Delta Air Lines y allí me encontré con Alexandra, que me esperaba en la zona destinada a viajeros de primera clase con los billetes en mano.
Vestía un traje de chaqueta bastante estiloso y llevaba una pequeña maleta con el logotipo de una conocida firma francesa.
No la veía desde el día que jugamos al tenis en el club y, por un momento, me pregunté si no me habría estado evitando, pues todos nuestros contactos desde entonces se habían limitado a la interminable lista de tareas que me dejaba cada mañana sobre la encimera de su cocina.
—Llegas tarde —dijo de forma seca, obviando cualquier tipo de saludo. No me esperaba un recibimiento por todo lo alto, pero tampoco semejante coz en los morros.
—¿Seis minutos es llegar tarde para ti…? —protesté tras comprobar la hora en mi reloj de pulsera.
—Déjame tu licencia de conducir —ordenó sin molestarse en contestar mi pregunta.
Después entregó a la azafata los billetes junto con las licencias de ambos.
¿Por qué estaría tan borde conmigo? Tuve la sensación de que se arrepentía del momento de tregua que habíamos compartido el día del club, y de pronto empecé a temerme lo peor de aquel viaje. ¿Para qué querría que la acompañase…?
Nos dirigimos a la puerta de embarque sin intercambiar palabra y tomamos asiento a la espera de que anunciaran nuestro vuelo.
—Ve a buscarme un café, por favor —me pidió sacando su móvil del bolso—. Me gusta solo y sin azúcar —añadió, comenzando a repasar distraídamente sus mensajes, como si yo no mereciera que me dedicara una sola palabra más.
—¿Y se puede saber de dónde voy a sacar ahora un café? —pregunté mirando a mi alrededor, en busca de algún sitio donde pudieran servir cafés en aquella zona. Estábamos lejos de los comercios y cafeterías.
—Ni idea, pero date prisa —ordenó sin levantar la vista de la pantalla de su móvil.
Creo que, en aquel momento, hubiese podido asesinarla sin el menor remordimiento.
Un rato después, para cuando conseguí regresar con el puñetero café, la azafata estaba llamando a los de primera clase para embarcar. Alexandra se limitó a sonreírme de manera malévola mientras señalaba la papelera para que tirara el vaso rebosante de café humeante.
—¿Tarde otra vez…?
¡Estúpida!
Por fortuna, el vuelo salió con puntualidad y los asientos eran grandes y confortables.
Conecté mis cascos para escuchar música y me desentendí de la fría actitud de mi compañera de viaje, que parecía ignorarme por completo.
Era odiosa; nadie me había hecho sentir tan incómodo en la vida, pero ella, al contrario que yo, parecía tan tranquila, inmersa en su libro electrónico y sin apenas levantar la mirada de este más que para responder a la bella azafata que se acercaba de vez en cuando ofreciendo bebidas.
Me pasé parte del vuelo intentando averiguar qué estaba leyendo hasta que conseguí ver el título.
Se trataba de Río sagrado , de Wilbur Smith, uno de mis autores favoritos, ya fallecido.
Estuve a punto de comentárselo, pero mi orgullo me impidió quebrar el silencio impuesto por ella y continuamos sin intercambiar palabra.
El aterrizaje en el Miami International Airport se realizó sin incidencias, y el equipaje de cabina que llevábamos nos permitió desembarcar y dirigirnos al exterior del edificio sin pérdida de tiempo.
—Coge el taxi de detrás y ve al hotel Ritz-Carlton.
Hay dos reservas a nuestros respectivos nombres.
Deja mi maleta en mi suite —ordenó Alexandra mientras nos encaminábamos hacia la larga fila de taxis que esperaban, ansiosos, la llegada de viajeros.
¡Dios!, ni que fuera su puñetero criado...
Bueno, un poco sí lo era, para mi desgracia.
—¿Algo más…? —pregunté con sorna tras hacerme cargo de su maleta. Me hubiese encantado estampársela en toda la cara.
—Sí, deshaz mi maleta y coloca la ropa en el armario.
Y de paso la planchas, que se habrá arrugado…
—dijo sin poder ocultar una chispita de diversión en los ojos.
¡Eso me pasaba por preguntar! —. Pide lo que quieras a mi cuenta en el servicio de habitaciones.
Y ten el móvil a mano, que llamaré para darte instrucciones —agregó antes de tomar el primer taxi de la fila y desaparecer en su interior.
¿Instrucciones?, pero ¿quién se creía que era?
Pretendía humillarme, por supuesto. Estuve tentado de dar media vuelta y coger el primer vuelo a Harbor City, pero en vez de ello me metí en el siguiente taxi e indiqué al conductor mi destino.
Paciencia, Señor, necesitaba paciencia. Tan solo serían un par de días.
Después la perdería de vista, aunque siguiera siendo su puñetero esclavo.
El taxista condujo hablando por los codos a pesar de que no obtuvo de mí más que unos pocos monosílabos.
No estaba de humor para hablar con nadie, y eso que Miami me encantaba.
Hacía un par de años que no iba, pero recordaba perfectamente algunas de las calles que atravesamos hasta llegar al final del trayecto, en South Beach.