Mi querido enemigo CAPÍTULO 12.
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CAPÍTULO 12.

LOGAN.

Me moría de sueño. No entendía por qué Alexandra me obligaba a llegar los sábados tan pronto, aunque imaginaba que, además de fastidiarme, no querría dejar al perro solo.

¿A dónde iría a aquellas horas de la mañana?

En una ocasión me crucé con ella en la entrada y comprobé que vestía unas mallas deportivas un tanto extrañas, por lo que imaginé que practicaría algún tipo de deporte, pero ¿cuál? Ni idea. Desde luego, era un rato rara.

Saqué las llaves del bolsillo para acceder a lo que se había convertido temporalmente en mi particular infierno de Dante y, como siempre, apareció César meneando alegre el rabo.

Me agaché para acariciarlo y devolverle los efusivos saludos hasta que fui consciente de que su dueña observaba la escena con curiosidad, apoyada con tranquilidad en la pared del vestíbulo.

—Veo que os lleváis bien… —dijo con una expresión en el rostro divertida. Iba vestida de deporte, con pantalones cortos y camiseta. Su cuerpo, atlético y fibroso, daba a entender que practicaba un ejercicio físico constante y enérgico, probablemente crossfit o algo similar.

—La verdad es que sí —admití incorporándome de nuevo y sacudiendo con fuerza las perneras de mis pantalones, más bien por hacer algo con las manos que porque el perro me hubiese manchado de pelos.

Si había algo que detestaba, aún más que trabajar para ella, era la facilidad con la que su presencia conseguía inquietarme.

—Pues ya es raro… César es muy selectivo con sus afectos.

—¿Desde cuándo lo tienes? —pregunté, ignorando su pulla. No había más que mirar al perro para saber que debía haber una historia detrás de él.

—Desde hace un par de años. Lo saqué de la perrera. Lo habían abandonado a su suerte en mitad de una carretera…

—Vaya… —musité fijando la vista con pena en el pobre bicho mientras sentía la mirada de su dueña clavada en mí, analizando, quizá, mi reacción.

—Hay gente odiosa por ahí suelta…

Sus palabras me dolieron, pues tuve la sospecha de que, de alguna manera, se referían a mí.

—La hay, es cierto. Aunque estoy seguro de que más de uno se arrepiente de sus actos.

—Algunos sí, otros no, ¿quién sabe? En cualquier caso, el mal estará hecho.

—Cierto, el mal estará hecho…

Guardamos silencio durante unos segundos antes de que ella hablara de nuevo, dando un giro a la conversación:

—He pensado que hoy podrías darme una clase de tenis. ¿Te parece bien?

—¿Y si no me pareciera bien…? —pregunté a mi vez con cierta insolencia. De pronto, sentí el impulso de desafiarla, aunque pasar el tiempo en una cancha de tenis sería infinitamente más agradable que cualquier cosa que me pudiera encargar.

—No creo que haga falta recordarte los términos de nuestro acuerdo, ¿verdad?

La amenaza era clara y directa, por lo que me limité a asentir con la cabeza antes de decir:

—Como quieras. Tengo ropa en el club, me cambiaré allí.

—Vámonos, entonces… —ordenó señalando la puerta con un gesto de cabeza. Le gustaba ejercer su poder sobre mí, estaba claro—. Iremos en mi coche. Tengo la raqueta en el maletero.

—¿Es obligatorio que venga el perro? —pregunté tras comprobar que cogía la correa de César, que parecía loco de contento.

—Por supuesto.

—De acuerdo… Pero llévalo atado, por favor. Sigue estando prohibido que entren perros y este no tiene un tamaño precisamente discreto.

Bajamos por el ascensor hasta el garaje y nos subimos al Volvo XC 40 blanco de Alexandra.

Se trataba de un coche bueno, pero alejado del lujosísimo vehículo que, en un principio, imaginaba que usaría.

Sabía que era fabulosamente rica, aunque en algunas cuestiones sus gustos parecían ser relativamente modestos.

Me intrigaba. A veces paseaba por su casa buscando pistas que me ayudaran a comprender un poco más su personalidad, pero todavía existían piezas del puzle que faltaban por encajar.

Me dediqué a observarla con disimulo mientras conducía.

Lo hacía bien, con movimientos precisos y controlados.

Tenía unas manos bonitas, con uñas cortas y pulidas, aunque aparté la vista de ella en cuanto me percaté de que esbozaba una media sonrisa, consciente, quizá, del escrutinio al que la estaba sometiendo.

Apenas intercambiamos un par de frases durante todo el recorrido. Era obvio que ninguno tenía intención de desarrollar una conversación al uso. Los jadeos de César desde el asiento trasero eran lo único que conseguía rebajar la tirantez que se respiraba dentro del vehículo.

Al llegar al club me dirigí a los vestuarios para cambiarme. Allí tenía una taquilla en la que guardaba mis raquetas y todo tipo de ropa de deporte. En cuanto terminé, acudí a la pista en la que me esperaba Alexandra ensayando su saque, con el perro cómodamente tumbado en uno de los laterales.

—¿Peloteamos un poco y así compruebo el nivel que tienes? —propuse, escogiendo un par de pelotas y metiéndolas en mis bolsillos.

—Tú mandas… —contestó en tono burlón, como si en el fondo estuviese pensando justo lo contrario.

Nunca había impartido clases de tenis a otra persona, pero me había criado con una raqueta en la mano, por lo que para mí no constituía ningún desafío.

Intercambiamos unas cuantas bolas y ens eguida constaté que no jugaba mal del todo.

Tenía u n drive aceptable, un revés cortado bastante efectivo y lo que le faltaba de técnica lo compensaba desplazándose por la pista con increíble velocidad.

Mi difunto padre, que era un gran jugador de tenis, decía que se podían extraer muchas conclusiones observando el juego de una persona.

Alexandra jugaba concentrada en extremo, con golpes arriesgados y agresivos, luchando cada punto como si fuera el último.

No me extrañaba que hubiese alcanzado el éxito siendo tan joven.

En seguida me aseguré de que comprendiera quién mandaba en la pista colocando un par de bolas inalcanzables, precisas y limpias, contra las que no tuvo opción alguna.

Después avancé hasta la red, apoyé la raqueta en el suelo y me acerqué lo suficiente como para hablarle de su punto más débil.

—¡No está mal!, aunque tu saque es claramente mejorable.

—Lo sé.

—Ven, vamos a ensayarlo —dije recogiendo unas cuantas bolas antes de dirigirme a uno de los extremos de la pista.

La obligué a que imitara mi postura, pero el resultado no era el mismo, pues mientras yo colocaba las pelotas más o menos donde quería, a ella se le iban en cuanto imprimía un poco de fuerza.

—El problema está en que no acompañas bien el movimiento del brazo con el cuerpo —dictaminé tras analizar su servicio con ojo crítico.

Me coloqué detrás de ella y sujeté con una mano su brazo derecho y con la otra su cintura—.

Tienes que hacerlo de una manera más fluida.

Así… —indiqué, obligándola a que moviera el cuerpo con lentitud.

Olía bien a pesar de estar sudando. Su pelo, recogido en una gruesa coleta, me hacía cosquillas en la nariz, y el tacto de su cintura bajo mi mano me pareció, de pronto, extrañamente perturbador.

Me sentía acalorado y con el corazón palpitante.

¿Qué diablos me estaba ocurriendo? La solté de inmediato, como si aquel contacto me hubiese quemado las manos, y retrocedí un par de pasos tragando saliva.

—Ensáyalo unas cuantas veces y luego trabajaremos tu volea.

Ella me miró con gesto intrigado, como si también hubiese percibido algo extraño, aunque su media sonrisa indicaba que, fuera lo que fuese, le divertía.

Me crucé al otro lado de la pista algo confundido.

Decidí no darle mayor importancia y concentrarme en continuar la clase hasta que, hora y pico después, la di por finalizada.

La temperatura había ascendido y el sudor nos caía por la cara.

Estuve tentado de proponer tomar unos refrescos en la terraza de la cafetería, al igual que habría hecho con cualquiera después de jugar un partido, pero no me pareció apropiado.

Ella tampoco hizo amago de quedarse, aunque se despidió ofreciéndome la mano en un gesto espontáneo que me pareció bastante cordial.

Aproveché el resto de la mañana para poner en orden los asuntos del club que había ido relegando o solventando por teléfono de mala manera durante la última semana, pero no pude evitar sentir que, con la marcha de Alexandra, el día se había vuelto algo descafeinado.

Y no sabría decir por qué.