CAPÍTULO 11.
ALEXANDRA.
—A ver si lo he entendido bien… —comenzó a decir Paige, algo sorprendida, tras esquivar de un brusco volantazo a la furgoneta de reparto que estaba adelantando.
Aún no comprendía cómo mi amiga conservaba su carné de conducir, pues la cantidad de multas que atesoraba evidenciaba que era un auténtico peligro al volante—.
¿Dices que estuvisteis en tu casa viendo no sé qué serie? , ¿en serio…?
—En serio. Fue… raro, la verdad. Una especie de tregua —contesté, tratando de explicar lo ocurrido con Logan días atrás.
—¿Una tregua? —repitió retirando la vista del tráfico para mirarme con gesto inquisitivo.
—¡Por Dios, Paige!, ¿quieres conducir mirando hacia delante? —le advertí de inmediato, arrepintiéndome de no haber cogido un taxi para volver del trabajo a casa.
—De acuerdo, pero dame detalles de la tregua esa —repuso en tono jocoso antes de volver su atención a la conducción.
—¡Si ya te lo he contado todo! Vimos un par de capítulos y luego se fue. Nada más. Después, solo nos hemos cruzado un par de veces por la mañana y apenas hemos intercambiado palabra.
—¿Sigue cumpliendo con su parte del trato?
—Rigurosamente. No he tenido la casa más limpia y ordenada en toda mi vida. Y ya no sé qué encargos inventarme para que haga… Si quieres, le puedo mandar a que te recoja el vestido ese que has encargado en Armani.
—Pues no es mala idea, pero tendría que ir mañana o pasado como tarde…
—Sin problemas.
—¿Y el perro?
—¿Ese traidor? Lo recibe con unas fiestas que no veas…
—Estoy sorprendida. No me preguntes por qué, pero hubiese jurado que Logan era incapaz de saber empuñar siquiera una aspiradora…
—Todo se aprende, imagino. Sobre todo, cuando tienes un buen motivo para hacerlo, ¿no crees?
—En eso llevas razón…
Lo cierto era que Logan estaba demostrando ser relativamente eficaz en su trabajo, pues además de desempeñar de forma más que aceptable las tareas de la casa, se las arreglaba para realizar con éxito todos mis encargos, desde conseguirme una camisa de una marca por lo general agotada, a llevarme el coche a lavar y devolverlo después impoluto. Una maravilla.
—¿Crees que ha podido cambiar? —pregunté tras permanecer unos instantes con la vista clavada en el vehículo de delante.
—¿Te refieres a si ha dejado de ser el esnob insoportable de antes?
No lo sé. De verdad que no lo sé —respondió en tono reflexivo tras detenerse en un semáforo en rojo—.
El otro día, en la fiesta del club, no dejé de preguntarme eso mismo respecto a Madison y Troy.
Estuvieron simpáticos conmigo y parecían tener una actitud sincera, pero… ¿quién sabe?
—Sí, quién sabe…
—En cualquier caso, ¿por qué tengo la sensación de que aquí hay algo más que un simple ajuste de cuentas por tu parte? —inquirió Paige mirándome de reojo y arrancando de nuevo el coche con un incómodo acelerón.
—¿A qué te refieres?
Prefería fingir no comprender su insinuación; no me sentía del todo preparada para reconocer lo que constituía el más vergonzoso de mis secretos.
—¡Oh, vamos!, ¿cuándo vas a admitir que te sientes atraída por ese pedazo de…, por Logan?
Permanecí unos instantes en silencio, valorando si debía, o no, negar la mayor.
—Debo de ser una especie de enferma mental… —admití al final en tono abatido, confirmando de esa manera las sospechas de mi amiga.
—¡No digas tonterías! Eres la persona más cuerda que conozco.
—Ya, pero… es demasiado raro, ¿no crees? ¡Estamos hablando de Logan!
—¿Te ocurría ya en el colegio?
—Me temo que sí… —asentí antes de emitir un profundo suspiro de resignación—. Ya sé que parece de locos.
De pronto me sentí aliviada. Confesar en voz alta lo que durante tanto tiempo había escondido en un oscuro rincón de mi mente me resultó liberador.
—Suena raro, sí, aunque ¿quién soy yo para decir lo que es o no extraño? Recuerda que tengo dos novios y eso, para la mayoría de la gente, es como ser de otro planeta.
—Te aseguro que preferiría tener dos novios antes que sentirme atraída por alguien como Logan Dawson —afirmé con amargura, cerrando los ojos durante unos segundos, como si con aquel simple gesto pudiese quitarme de la cabeza semejante idea.
—¡Ay, Dios!, pero ¿qué pretendes exactamente con ese hombre? —preguntó Paige frunciendo el ceño con preocupación, tratando quizá de evaluar la magnitud del problema.
—No pretendo nada en absoluto —repliqué con cierta acritud—. Tan solo estoy admitiendo algo de lo que no me siento especialmente orgullosa.
—Está bien, ¡perdona!, aunque me preocupa que salgas escaldada, Lexi. Ten en cuenta que Logan sigue siendo Logan… No me fío un pelo de él.
—Lo sé, no soy idiota. Solo deseo castigarlo un poco más. Después me olvidaré de su existencia.
—Deberías buscarte un novio. Estoy segura de que hay toda una cantera de chicos que beberían los vientos por ti… Quizá así se te quite tanta tontería de encima, ¿no crees?
—Ya te he dicho que no estoy para novios....
—¡Eres una cabezona! —exclamó mi amiga dando un nuevo volantazo y pasándose el desvío hacia mi casa.
—¿Se puede saber dónde me llevas? Acabas de dejar atrás mi calle…
—¿Dónde vamos a ir?, ¡a tomar algo! No pretenderás que dejemos la conversación en este punto, después de que hayas tardado diez años en confesar —aclaró en tono burlón tras acelerar el coche sin tener en cuenta el ruido del potente motor, que exigía a gritos un cambio de marcha.
Sonreí. Era obvio que Paige pretendía analizar el asunto desde todos los ángulos posibles, aunque quizás no me viniera mal hablar de ello. Lo único que sentía era no poder cruzarme con Logan en un rato; sabía que estaría a punto de abandonar mi casa, como cada día a las ocho en punto de la tarde.
Si es que no tenía remedio, Señor…