CAPÍTULO 10.
LOGAN.
Las siete de la tarde. Aún faltaba una hora para poder abandonar aquella endemoniada casa.
Llevaba ya cuatro semanas en mi particular infierno, pero para mí, como si hubiesen sido cuatro años.
Los días se me hacían eternos, pues no hacía otra cosa más que limpiar, planchar, ordenar y recorrer media ciudad para cumplir todos los recados que aquella dictadora me encargaba cada día por medio de una larguísima lista de tareas confeccionada a conciencia.
Era obvio que no dejaba de elucubrar para mantenerme ocupado cada segundo del día.
Desde la fiesta de aniversario en el club no habíamos vuelto a coincidir; seguía marchándose de la casa antes de que yo llegara y regresaba cuando yo ya no estaba.
Casi mejor. Solo esperaba que, transcurrido el tiempo acordado, cumpliera su palabra y me dejara en paz de una maldita vez.
Observé con cara de terror la montaña de ropa que aún me quedaba por planchar.
Imposible terminar en una hora, por supuesto.
Además, no tenía ni idea de cómo hacerlo, la plancha siempre se recalentaba y las arrugas de la ropa nunca desaparecían.
Sentí que la ira me invadía, ¿era necesario planchar hasta las sábanas y las toallas del baño?
¿Y por qué diablos las echaba a lavar cada día?
Tuve la tentación de doblarlas y meterlas tal y como estaban en el armario, pero desistí de mi idea cuando comprendí que al día siguiente me las encontraría de nuevo en el mismo lugar, a modo de silenciosa recriminación. Empezaba a estar hartísimo.
Decidí tomarme un respiro y me dirigí al gigantesco salón sin otro objetivo más que sentarme en el sofá y acariciar distraídamente a César tras las orejas.
El perro parecía haberse aficionado a mis cuidados, pues últimamente me recibía meneando el rabo, contento, y apenas se separaba de mí.
La verdad era que me empezaba a resultar simpático.
Observé el sofisticado televisor colgado de la pared en tanto me preguntaba sobre el tipo de series o películas que le gustarían a Alexandra, hasta que me dejé llevar por un impulso y encendí el aparato para entrar en las distintas plataformas digitales que tenía contratadas.
Enseguida comprobé que estaba siguiendo Stranger Things .
¿De verdad le gustaba una serie de niños?
Le pegaba más otro tipo de historias, tipo The Walking Dead , es decir, vísceras y cabezas rodando por todos lados.
De pronto me pareció escuchar el ruido de la cerradura de la puerta principal y, por la actitud alegre de César, comprendí que se trataba de su dueña.
¿Por qué llegaba tan pronto aquel día? Me levanté tratando de apagar la televisión al mismo tiempo, pero las prisas me jugaron una mala pasada y el mando se cayó al suelo mientras el perro acudía al encuentro de Alexandra, que entraba en el salón esbozando una media sonrisa.
—¡Vaya, vaya!, no me digas que es así como cumples tu parte del acuerdo… —comentó sentándose enfrente de mí y tratando de tranquilizar al revolucionado César, loco de contento con su presencia.
—Para tu información, me he sentado hace cinco minutos y solo me queda la maldita plancha…—repliqué sintiéndome como un chiquillo al que han pillado en falta mientras intentaba apagar aquel maldito televisor, que parecía empeñado en permanecer encendido.
—Para apagar tienes que darle antes a este botón…
—me indicó acercándose a mí y quitándome el mando de las manos con un gesto algo burlón.
Era evidente que mi apuro la divertía—. ¿La has visto?
—curioseó señalando con la cabeza el fotograma de la última temporada de Stranger Things que aparecía en la pantalla.
—La verdad es que no. Por lo que sé, es un poco… ¿infantil? —respondí, incómodo, sin saber muy bien si debía irme a casa, ponerme a planchar o qué demonios hacer.
—¿En serio? ¿No sabes entonces nada de Eleven ni de los demogordon ?
—¿Cómo dices…?
¿De qué me estaba hablando ahora?
—Te voy a poner el primer capítulo de la temporada número uno, pero debes tener la paciencia de verlo hasta el final, ¿de acuerdo?
Por un momento pensé que me estaba tomando el pelo, pero cuando empezó a manipular el mando hasta buscar el capítulo piloto, comprendí que hablaba completamente en serio.
—De acuerdo… —asentí mirando de reojo el reloj. Las siete y cuarto. En menos de una hora me iría y dejaría a aquella chiflada con su plancha, su perro y sus frikadas de series.
Me dejó a solas con el capítulo iniciado y desapareció con César pegado a sus talones. Cuando volvió al cabo de un rato, vestía un pantalón de chándal y una sencilla camiseta, y traía una tabla de quesos con un poco de pan.
—¿Tienes hambre?
Se sentó en el mismo sofá en el que yo estaba, pero dejando entre medias una prudente distancia.
Era la primera vez que se comportaba con tanta amabilidad conmigo y, por un momento, sospeché de sus intenciones.
¿Quién me aseguraba que lo siguiente no sería aparecer con una sierra mecánica en la mano, o algo parecido?
—Eeh… —titubeé—. No, digo, bueno, sí, tomaré un poco…
¿Se puede saber por qué actuaba como un completo idiota?
—¿Qué quieres beber?
—Un vaso de agua me vale… —respondí, cada vez más desconcertado.
Se levantó de nuevo y volvió con dos vasos de agua mientras yo trataba de concentrarme, de manera un tanto inútil, en el argumento de la historia.
Comimos en un silencio solo interrumpido por los comentarios aclaratorios que, de vez en cuando, me dirigía.
Se notaba que era una fan incondicional de la serie.
Yo la observaba de reojo con cierta curiosidad.
Así vestida parecía una chiquilla alegre y despreocupada, nada que ver con la mujer sombría y maquiavélica que me tenía sujeto con puño de hierro.
Estaba extraordinariamente guapa, he de confesar.
Su pelo ondulado, por una vez algo despeinado, caía sobre sus hombros como una oscura cascada, enmarcando un perfil de líneas esculpidas con finura.
Me pregunté si saldría con alguien. No había visto rastro alguno de presencia masculina por la casa, por lo que deduje que no, aunque la repentina imagen de Alexandra besándose apasionadamente con otro hombre me perturbó.
¿Por qué me daba por pensar cosas tan raras?
Decidí centrar mi atención por completo en la serie, y al cabo de unos minutos me encontré pendiente de una hipnótica historia ambientada en los ochenta y repleta de monstruos, niñas con poderes y personajes emblemáticos que terminó por atrapar mi interés.
Cuando finalizó el episodio, Alexandra me miró con gesto intrigado antes de preguntar:
—¿Quieres ver el siguiente…?
—¡Sí!
¡Ay, Dios…!, ¿de verdad había dicho que sí? Para mi sorpresa, me encontraba a gusto y la última hora se me había pasado volando. Tras finalizar el segundo episodio, comprendí el éxito de la serie.
—Te está gustando… ¡Confiesa! —exigió Alexandra apagando la pantalla.
—Confieso que sí —admití dedicándole, quizá por primera vez en mi vida, una sonrisa sincera.
Me miró sin decir palabra, como si mi gesto la hubiese sorprendido.
Tuve la sensación de que trataba de penetrar en mi mente con aquellos ojos grisáceos de profunda mirada y, por un instante, consideré la posibilidad de que fuese capaz de hacerlo .
El momento se dilató hasta parecerme interminable, aunque, en realidad, no debió de durar más que unos pocos segundos.
Finalmente, me obligué a apartar la vista antes de levantarme con ademán decidido.
—Bueno, creo que es hora de que me vaya…
—Te acompaño abajo y así saco al perro.
Salimos a la calle y, para mi desconcierto, me acompañó educadamente hasta el sitio donde tenía aparcado el coche, a un par de manzanas de distancia.
Cuando nos despedimos, tuve el absurdo impulso de hacerlo con un beso en la mejilla, pero de inmediato cambié de idea, pues aquel gesto lo reservaba para mis amigas, y ella no formaba parte de ese grupo. Me limité a decir:
—Buenas noches.
—Buenas noches —repitió con una mueca algo burlona, como si ella tampoco tuviese del todo claro cómo decirme adiós.
A la luz mortecina de las farolas, su cicatriz destacaba como una línea blanquecina que le atravesaba la cara. Me pregunté cómo se percibiría al tacto, aunque, ¿a mí qué demonios me importaba?
Monté en el coche y arranqué de inmediato, pero no pude evitar mirar su figura por el espejo retrovisor mientras me alejaba.
Parecía observarme con aire pensativo.