CAPÍTULO 9. #2
—Pues yo apostaría a que sí —afirmé con convicción—.
A estas alturas, Troy y Madison imaginarán que estoy detrás de sus últimos infortunios y temerán que tenga más maldades guardadas en el fondo de la chistera.
Preferirán firmar una tregua, aunque enseguida lo sabremos, porque me parece que vienen hacia aquí…
—¡Vaya, vaya…! No sé si recibirlos con una coz en los morros o simular una sonrisa de hierro —murmuró Paige sin quitar ojo a nuestros excompañeros de instituto, que se acercaban con cara de circunstancias, excepto Logan, cuya expresión era bastante impenetrable.
—¡Buenas noches, chicas! —saludó Troy, en tono forzado, en cuanto estuvo lo suficientemente cerca como para que pudiésemos escucharlo.
—¿Cómo estáis…? —intervino Madison tras detenerse a apenas un metro de distancia. Hizo el amago de acercarse para saludarnos con dos besos, pero nuestra fría inmovilidad la hizo cambiar de idea y se limitó a continuar hablando—. Ha pasado mucho tiempo, ¿verdad?
—Mucho, sí… —admitió Paige con voz neutra, mirándome de reojo, a la espera quizá de que me pronunciase de alguna manera. Yo preferí continuar callada; no había cosa más eficaz que hacer uso del silencio para inquietar a los demás.
—¿Y esta monería es tuya? —preguntó Troy dirigiéndose a mí, antes de agacharse para acariciar a un César que observaba la escena con aire de aburrimiento. Era la primera vez que alguien se refería a mi perro de aquella manera, pero el detalle me hizo gracia, la verdad.
—Es mío, sí —asentí sin intención de explayarme más en mi respuesta.
—¿Sabes que está prohibido traer perros al club? —intervino Logan cruzando los brazos en ademán desafiante. Sus ojos acaramelados parecían echar chispas contra mí.
—No a partir de ahora —me limité a decir tras efectuar un gesto con la cabeza algo despectivo.
De nuevo el silencio, un silencio atronador tan solo interrumpido por los jadeos de deleite de César, que se dejaba acariciar por Troy , el único de los cinco que parecía saber qué hacer con las manos. El ambiente estaba tan tenso que podría cortarse con un cuchillo.
—Está bien, chicas… —intervino de pronto Madison, dirigiéndose a Paige y a mí—.
Hemos considerado la posibilidad de hacernos un harakiri en vuestra presencia, pero al final hemos optado por algo más civilizado, como ofreceros nuestras más sinceras disculpas por lo estúpidos que fuimos con vosotras en el pasado. Y hablo en nombre de los tres…
¡Vaya, eso sí que no me lo esperaba!, al menos de forma tan directa. Desconocía si sus disculpas eran o no sinceras, pero en cualquier caso las agradecí. Al menos en mi interior, pues fue Paige la única de las dos que respondió algo al respecto:
—Más vale tarde que nunca… Por mi parte, las acepto —dijo esbozando una tímida sonrisa y consiguiendo suavizar de esa manera la estresante escena.
Yo no tenía intención de pasar página tan pronto, por lo que me limité a mirar distraídamente a mi alrededor mientras daba un sorbo a mi copa, como si aquello no fuera del todo conmigo, hasta que Logan tomó de nuevo la palabra:
—¿Queréis que os enseñe las instalaciones del club?
Su propuesta, en un tono demasiado cortés, parecía querer contribuir a normalizar un encuentro que de normal tenía bien poco, pues los ecos del pasado resonaban aún con fuerza entre nosotros.
—Yo soy poco de hacer deporte —admitió Paige encogiendo los hombros de manera significativa—. Casi prefiero quedarme por aquí, pero puede que a Lexi le apetezca ir —agregó dirigiéndome una mirada traviesa.
Por un instante, se me ocurrió que mi amiga podría no ser del todo ignorante respecto a mis más turbios deseos, aunque enseguida me concentré en aquella mirada acaramelada que, de pronto, permanecía fija en mí.
—Claro, ¿por qué no…? —contesté fingiendo indiferencia.
—Nosotros podemos aprovechar para ponernos al día —comentó Troy amablemente y dedicando una sonrisa a Paige, que respondió con un leve asentimiento de cabeza.
¡Vaya!, aquel encuentro no se desarrollaba como había imaginado, desde luego. Nunca he creído demasiado en la redención humana, pero Troy y Madison no parecían ser los mismos estúpidos que yo recordaba. Logan, por el contrario, continuaba siendo tan altivo como siempre.
Comenzamos la extraña visita en riguroso mutismo, con César siguiéndonos a breve distancia.
De los tres, era el único que parecía relajado, olisqueando con tranquilidad el suelo y moviendo el rabo sin descanso.
La luna llena iluminaba a la perfección el camino y hacía innecesario el encendido de las numerosas farolas esparcidas a lo largo de todo el recinto.
—¿Por dónde quieres que empecemos? —preguntó Logan al cabo de unos segundos, rompiendo el hielo.
—Decide tú.
—Comenzamos entonces por las pistas de tenis y luego vamos al campo de golf —propuso mirándome de refilón. Aquello empezaba a ser surrealista: yo de paseo nocturno con Logan Dawson bajo aquel impresionante cielo estrellado—. ¿Practicas algún deporte?
—Soy más bien de ir al gimnasio… —contesté vagamente—.
Aunque quizá aproveche para tomar unas cuantas clases de tenis aquí, ahora que me van a salir a buen precio —agregué en tono socarrón al tiempo que tomaba conciencia de las gigantescas dimensiones del club.
Lo había analizado meticulosamente por Google Maps , pero al recorrerlo a pie me dio la sensación de ser aún más grande.
Sabía que los terrenos eran una concesión administrativa otorgada por el Ayuntamiento de la ciudad, renovada hacía poco por otros treinta y cinco años más.
—Cuando quieras me dices y te concierto unas clases con alguno de los profesores.
—Las prefiero contigo —repliqué dejándome llevar por un impulso—. Debes de jugar bien, puesto que te pasas aquí media vida, ¿no?
Me divertía el hecho de que, durante un tiempo, estuviera obligado a cumplir mis deseos. Aunque no todos, por supuesto.
—Sí, claro, juego bien —admitió algo desconcertado—. Podemos programar un par de clases cuando quieras, menos los domingos, que es el único día que tengo libre dentro de la esclavitud a la que me has condenado… —añadió en tono rencoroso.
—¿Condenado…?
—¿De verdad te divierte todo esto?
—¿A qué te refieres exactamente? —pregunté a mi vez evitando contestar; la verdad era que me divertía y mucho.
—¡Oh, vamos!, lo sabes perfectamente. Me refiero al circo de tres pistas que has montado.
A mí me amenazas con llevarme a la ruina y a Troy has conseguido que lo echen del trabajo.
¿Tú sabes lo que le había costado llegar hasta ahí?
—señaló tras propinar una pequeña patada rabiosa al aire—.
Y a Madison la has dejado sin novio, aunque, en ese caso, reconozco que no hay mal que por bien no venga…
—Te recomiendo que repases la tercera ley de Newton, que básicamente dice que para cada acción hay una reacción igual y en el sentido opuesto —repliqué sin molestarme en negar ninguna de sus acusaciones.
—¡Está bien! —exclamó levantando las manos con las palmas hacia arriba, en un gesto que evidenciaba cierta rendición—. Solo espero que, si cumplo mi parte del trato, cumplas tú la tuya y nos dejes en paz a los tres…
—En lo que se refiere a ti, lo tienes firmado y por escrito.
—Lo sé, pero quiero que me des tu palabra. Y que incluyas en el trato a mis amigos.
Esperé unos segundos antes de contestar.
—De acuerdo, tienes mi palabra —declaré llevándome la mano al pecho de forma teatral—. ¿Contento?
—¿Contento, dices? No mucho, últimamente, pero en fin…
—musitó deteniéndose para girarse hacia mí y extender el brazo derecho hacia adelante con la intención de estrecharme la mano.
Trataba, quizá, de afianzar de esa manera nuestro acuerdo, pues era obvio que desconfiaba de mí.
Hacía bien: no entraba en mis planes respetar trato alguno con él.
Le apreté la diestra esbozando una sonrisa burlona, aunque no estaba preparada para el increíble chispazo eléctrico que me atravesó el brazo hasta llegar a la base de la espalda.
Era la primera vez que nos tocábamos de forma deliberada, fuera de algún roce ocasional, años atrás, en clase de gimnasia.
El contacto se extendió apenas unos instantes, tiempo suficiente para congelar la expresión de mi rostro.
¡Dios!, ¿qué me estaba pasando? ¿Cómo era posible que un simple roce de manos con aquel idiota me pareciese uno de los momentos más eróticos de toda mi vida?
Me obligué a recomponerme antes de continuar la visita. Logan se dedicó a informarme sobre el funcionamiento del club, contestando cortésmente a mis preguntas, aunque sin ocultar cierto tono de resentimiento.
Cuando, tiempo después, nos reunimos con los demás, él se despidió con el pretexto de atender al resto de invitados.
A partir de entonces, lo sorprendí más de una vez observándome de lejos con gesto intrigado.
Retiraba de inmediato la vista en cuanto nuestras miradas se cruzaban, aunque no hizo amago de acercarse de nuevo para incorporarse a la conversación del extraño grupo que habíamos formado sus dos íntimos, Paige y yo.
Todo fue un poco raro aquella noche, y aunque odiaba reconocerlo, me había quedado con ganas de pasar un poco más de tiempo con Logan Dawson.