CAPÍTULO 9.
LOGAN.
La fiesta transcurría sin contratiempos. A pesar de haber anochecido, el aire seguía templado — con ese calor suave y persistente tan propio de Carolina del Sur en mayo—, lo que nos había permitido celebrar el aniversario del Magnolia en los jardines que rodeaban el edificio principal.
La iluminación, discreta y estratégica, provenía de antorchas que simulaban fuego real y proyectaban destellos dorados a su alrededor, mientras una orquesta tocaba en directo versiones suaves de clásicos contemporáneos.
Los invitados se desplazaban con libertad entre las mesas altas, la pista improvisada y la zona de cóctel.
Todo contribuía a crear una atmósfera elegante, íntima y cuidadosamente relajada.
Casi parecía que nada pudiera torcerse, y eso que yo llevaba dos semanas sin apenas pisar el club.
Había tenido que coordinar el evento a golpe de llamadas y mensajes, porque mi nuevo “empleo” como asistente doméstico oficial de cierta víbora rencorosa me absorbía por completo.
Limpiar. Ordenar. Pasear a aquella bestia de cuatro patas. Hacer recados por toda Harbor City como si no tuviera otra cosa mejor que hacer.
Estaba agotado. Me dolía la espalda, pero, sobre todo, el orgullo. Al menos, los domingos me concedía cierta tregua. ¡Qué generosidad!
Durante un rato continué fingiendo interés en la conversación mantenida con un grupo de socios, con los que jugaba al tenis de manera habitual, mientras miraba disimuladamente a mi alrededor.
Conocía a la mayoría de la gente, por supuesto, no en vano me pasaba allí media vida.
De nuevo, mi mirada se encontró con la de aquella rubia que no me quitaba el ojo de encima en lo que llevábamos de noche y con quien me traía una especie de coqueteo desde que había coincidido con ella, semanas atrás, en la piscina del club.
Se llamaba Emily y debía rondar los veintitantos.
La evalué con ojo crítico, desde la blanca sonrisa al cuerpo delgado pero curvilíneo, y consideré que, quizá, había llegado el momento de que las cosas cambiaran entre nosotros, pues últimamente notaba que el cuerpo me pedía guerra, y no precisamente de la que requería armas de fuego.
Desde que lo había dejado con Carolyn, mis affaires amorosos no habían sido más que episodios esporádicos, carentes de cualquier profundidad, y así quería que siguiera siendo.
En ese momento, alguien me preguntó algo, lo que me obligó a participar en la conversación que se gestaba a mi alrededor tras haber estado un rato ausente, sumido en mis propias reflexiones.
Puede que fuese mejor moverme de allí. Busqué con la mirada a Troy y a Madison hasta que los localicé.
Troy se encontraba pidiendo una copa en la barra mientras Madison, algo más alejada, parecía aburrida escuchando a un hombre con pronunciado entrecejo que no hacía más que invadir su espacio personal.
Decidí acudir en su rescate, pues la forma en la que mi amiga se toqueteaba nerviosa el flequillo me indicaba que necesitaba cambiar de compañía con urgencia.
Me disculpé antes de abandonar el grupo e ir en su busca.
—¡Maddie!, necesito que me ayudes a una cosa —dije acercándome a ella y agarrándola del brazo con gesto desenvuelto.
—¡Claro! —contestó dedicándome una sonrisa de agradecimiento—. Nos vemos más tarde… —añadió dirigiéndose al decepcionado pretendiente, que se quedaba mirándonos con cara de pocos amigos.
—¡De nada! —susurré en cuanto nos alejamos un poco.
—¡Gracias!, ¡es que no me daba pie a irme…! Ya podía haber sido ese de ahí —dijo señalando a un guaperas de pelo rizado—. ¿Lo conoces? —preguntó entrecerrando los ojos de manera significativa.
—Sí, suelo jugar al tenis con él, ¿quieres que te lo presente?
—¡Olvídalo! —exclamó ella tras adoptar una expresión de repentina seriedad—. Mira quién ha venido…. —agregó señalando con la cabeza a un par de figuras femeninas que se acercaban a la barra con gesto risueño.
A Alexandra la identifiqué de inmediato, pero a Paige tardé unos segundos en reconocerla. Venían escoltadas por César, que, pegado a los talones de su dueña, contribuía a que el curioso trío fuese el centro de atención.
—Así que siguen siendo amigas… —murmuré mientras mi cabeza funcionaba a toda velocidad .
No había vuelto a ver a Alexandra desde aquella mañana en su casa, en el inicio oficial de mi pequeño infierno.
Cuando yo llegaba por las mañanas, ella ya se había marchado.
Y cuando me iba, todavía no había llegado.
Una coreografía perfectamente calculada—.
¿Por qué vienen con el perro? ¿No saben que está prohibido entrar con animales aquí?
—Me da que hay nuevas normas en el club —comentó Madison tirando de ironía y repasando con la mirada a las recién llegadas—. No nos habías dicho que Cara rota está tan… ¿impresionante?
Muy a mi pesar, debía reconocer que esa era la palabra que mejor la definía.
El vestido de cóctel verde que llevaba dejaba parte de su espalda al descubierto, resaltando con elegancia su figura, y su rostro, de expresión burlona e indolente, atraía invariablemente las miradas ajenas, sobre todo las masculinas.
Había algo en todo aquello que me molestaba más de la cuenta.
Recordé por un instante aquella espantosa fiesta de fin de curso, años atrás, en la que tuve tan lamentable actuación.
¡Señor!, ¿cómo se me ocurrió hacer aquello?
Lo ocurrido con Alexandra durante las últimas semanas no significaba que no me avergonzara de mi pasado, y la presencia de Paige me empujaba a recordarlo con más fuerza.
Durante unos breves instantes, pocos en realidad, consideré que el estado de semiesclavitud al que me veía sometido era más que merecido.
—Paige también ha cambiado mucho —comenté mientras observaba por el rabillo del ojo que Troy se acercaba a toda velocidad haciendo aspavientos con las manos.
—¡Chicos!, ¿las habéis visto? —preguntó en cuanto se incorporó a nuestra pequeña reunión—. ¿Las has invitado tú…? —continuó dirigiéndose a mí con ademán inquisitivo.
—Por supuesto que no… Pero es obvio que no necesitan invitación; el club es prácticamente de Cara rota —admití sin poder ocultar un deje de furia en mi tono de voz.
Jamás llegaría a asimilar semejante idea—.
Hasta se ha traído al perro, como si esto fuera una barbacoa dominical…
—agregué pasándome la mano por el pelo, gesto al que solía recurrir cuando algo me molestaba más de la cuenta.
—¿Y ahora… qué hacemos? —planteó Troy encogiendo los hombros con desconcierto.
—¿Cómo que qué hacemos?
—¡Vamos, chicos!, lo hemos hablado muchas veces… Les debemos una disculpa, ¡y una bien gorda! —explicó mi amigo fijando alternativamente la mirada en Madison y en mí antes de llevarse su copa a los labios, algo nervioso.
—A Paige sí —admitió Madison con gesto sombrío—, pero…
¿a Cara rota ? ¿Te recuerdo la que nos ha liado?
Y no me vengas con lo de que me ha hecho un favor al boicotear mi boda, por favor —añadió negando con la cabeza—.
Además, ya has confirmado que tu antiguo despacho tiene como cliente a ScarCompany… ¿Y dónde has empezado a trabajar
tú ahora?, ¿en un sitio de tres al cuarto que te explota y donde lo único que haces es recurrir multas de tráfico?
—Lo sé, ¡lo sé!, pero, aun así, creo que les debemos una disculpa a las dos… ¿Tú qué dices, Logan?
—No lo sé… Alexandra ni siquiera reaccionó cuando le pedí perdón, pero quizá deberíamos ir y enseñar la bandera blanca de manera formal. Podríamos matar dos pájaros de un tiro: descargar el peso de nuestras conciencias con respecto a Paige y tratar de aplacar a la otra sádica.
Nos miramos en silencio durante unos segundos, entendiéndonos con la mirada como cuando éramos adolescentes y necesitábamos adoptar alguna decisión que afectara a los tres.
—¡Está bien! —claudicó Madison con cara de resignación—. Como queráis, pero antes vamos a tomarnos un buen copazo. Creo que, por una vez, lo necesitamos…
Sí, puede que fuera buena idea; nunca es fácil enfrentarse a los fantasmas del pasado.
ALEXANDRA.
—¿De verdad era necesario traernos al perro…? —preguntó Paige mientras evaluaba con curiosidad al personal que nos rodeaba.
—¿Y por qué no? A César le encantan las fiestas al aire libre.
—Ya, pero…, ¿te das cuenta de que todo el mundo nos está mirando?
—Eso es porque los tres estamos guapísimos —repliqué en tono socarrón antes de dar media vuelta para pedirle al barman un cóctel de naranja sin alcohol. No había duda de que Logan había tirado la casa por la ventana, pues tanto la organización de la fiesta como el catering eran excelentes.
—Hablando de guapos, no se puede negar que en este club hay unos cuantos… —comentó Paige mirando a su alrededor con una sonrisa apreciativa.
De inmediato busqué, de forma inconsciente, al anfitrión de la fiesta.
Se encontraba en una zona algo alejada de donde nos encontrábamos, franqueada por unos incombustibles Troy y Madison, que no parecían haber cambiado demasiado de como yo los recordaba.
Los tres hablaban entre ellos en un pequeño círculo al igual que lo hacían antaño, como si estuviésemos de nuevo en la época escolar.
—¿Sabes que es la primera vez que pongo un pie en este condenado club? —admití obligándome a apartar la vista del trío, sobre todo de Logan, que estaba increíblemente guapo con un traje de chaqueta azul oscuro.
—¿En serio…? —inquirió Paige, sorprendida—. Pensaba que te habrías pasado alguna vez para ver de cerca tus nuevas posesiones.
—Pues no. Es curioso, de pequeña me moría de ganas porque alguien me invitase a pasar el día aquí, y ahora, que es prácticamente mío, ni siquiera he tenido la curiosidad de ver las instalaciones.
—¿Se puede saber entonces por qué hemos venido?
—Para poner nervioso al enemigo… Deben estar en pleno conciliábulo, decidiendo qué diablos hacer con nosotras.
—¡El trío maléfico! ¿Qué te apuestas a que ni se acercan?