CAPÍTULO 8.
LOGAN.
Observé con detenimiento el señorial edificio donde vivía aquella sádica que pretendía esclavizarme durante los próximos tres meses.
Se encontraba en uno de los distritos más selectos de la zona centro de la ciudad, allí donde el metro cuadrado era escandalosamente caro y los pisos, de enormes proporciones, casi imposibles de comprar.
Si no fuese por el contrato, redactado de forma meticulosa por Troy y firmado vía email por la propia Alexandra el día anterior, jamás me hubiese presentado allí, por supuesto; no me fiaba un pelo de ella.
Ahora, no obstante, no tenía más remedio que cumplir con mi parte del trato.
Después, las aguas volverían a su cauce y mi único contacto con Cara rota sería, en todo caso, a través de nuestros respectivos abogados.
Revisé la hora en mi reloj de pulsera: las ocho en punto de la mañana. Hora de empezar. Resoplé con fuerza antes de llamar al telefonillo electrónico del ático del edificio. Una cámara de vídeo se encendió y me enfocó la cara antes de que el portal se abriese invitándome a entrar.
Revisé mi aspecto en el espejo del ascensor. Mi rostro reflejaba una expresión que sería perfectamente adecuada para acudir a un funeral y mi atuendo, compuesto por vaqueros, un polo oscuro y unas Converse, lo había elegido considerando el tipo de trabajo que imaginaba tendría que desempeñar.
Salí a un vestíbulo amplio y silencioso, y avancé hasta una puerta de madera maciza, reforzada, que imponía tanto como el propio edificio.
Me detuve frente a ella. Permanecí inmóvil unos segundos antes de decidirme a llamar al timbre.
Siempre había detestado las situaciones que escapaban a mi control, y aquella, sin lugar a dudas, era una de ellas.
Una vez más, me arrepentí de las odiosas fechorías que había cometido de adolescente y que me habían llevado a aquella absurda situación, aunque eso no quitaba que mi aversión por Alexandra fuese aún más exacerbada que en el pasado.
Escuché los pasos atropellados de un perro acercándose a la puerta y gruñendo amenazador. Me gustaban los animales, aunque el único perro que había tenido en toda mi vida era un yorkshire de apenas tres kilos y medio que me regalaron cuando cumplí seis años.
La puerta se abrió por mano de la propia Alexandra.
Sujetaba con fuerza a un perrazo del collar, tratando de evitar que se abalanzara sobre mí.
Se trataba de una especie de rottweiler mezclado con algo parecido a un demonio de Tasmania.
Su pelaje, negro como el carbón, y su dentadura, blanca y demasiado a la vista, le otorgaban un aspecto feroz.
Un perro digno de su ama, sin duda alguna.
—¡Buenos días! —me saludó con gesto alegre—.
Veo que eres puntual, ¡eso me gusta! —añadió socarronamente mientras obligaba al perro a sentarse con mano firme.
Al igual que en las anteriores ocasiones, su indumentaria era impecable, con una falda de vestir gris marengo y una blusa sin mangas que mostraba sus torneados brazos.
—Buenos días —me limité a decir en tono neutro sin atreverme a moverme del sitio.
—¡Entra! —dijo con voz imperativa antes de comenzar a hablar al perro como si yo no estuviera presente—: Mira, César, vas a tener un nuevo cuidador.
Te sacará de paseo al parque tres veces al día y te bañará en el cuarto de baño de servicio cada semana.
También te pondrá de comer por las mañanas y te lavará los dientes con tu cepillo especial…
Sé bueno con él y procura no comértelo, ¿de acuerdo?
¡Sería idiota! Llevaba menos de cinco minutos en su casa y ya deseaba matarla. Mal empezaba la cosa, desde luego.
—Qué ricura de criatura… —comenté con retintín mientras miraba al monstruoso bicho con cara de espanto. Me pregunté si sería seguro quedarme a solas con él, aunque el orgullo me impidió expresar en voz alta tal inquietud.
—Te he dejado una lista de tareas en la encimera de la cocina —anunció tras lanzarme una mirada que no supe bien cómo interpretar—. Lo quiero todo para hoy. Y en ese armario tienes las cosas del perro. En un rato lo sacas y le das un buen paseo.
—De acuerdo —me obligué a decir a regañadientes. Odiaba recibir órdenes y mucho más de ella.
—Bien, me voy entonces. Tienes varios restaurantes cerca para comer si lo deseas, pero no dejes a César solo más de media hora, ¿entendido?
—dijo cogiendo el bolso de una mesita alta situada en un extremo del hall—.
A las ocho te puedes ir, pero ni se te ocurra hacerlo antes —añadió acariciando con brevedad al perro antes de salir del apartamento sin dedicarme una palabra más.
Permanecí quieto durante unos segundos, sin atreverme casi a respirar y esperando que aquella bestia de cuatro patas se acostumbrara poco a poco a mi presencia.
Quise pensar que Alexandra no me hubiese dejado a solas con él si de verdad fuera peligroso, pero tampoco hubiera puesto la mano en el fuego al respecto, por supuesto.
Me agaché extendiendo la mano y lo llamé por su nombre.
Más me valía hacerme con él cuanto antes .
El perro me olisqueó con cautela, como si evaluara si merecía la pena considerarme una amenaza.
Tras unos segundos de escrutinio silencioso, giró sobre sí mismo y se internó en la casa, dejándome atrás con una indiferencia casi desdeñosa.
Recorrí el apartamento con morbosa curiosidad.
Se trataba de un piso enorme, con suelos de madera pulida, amplios ventanales con vistas a un parque y una reforma que debía de haber costado un auténtico dineral.
Baños de diseño, cocina ultramoderna y muebles de firma revelaban un estilo sofisticado y funcional.
Era evidente que allí había intervenido un arquitecto con las ideas muy claras.
No vivía mal Cara rota , no. Reflexioné sobre cómo habría asumido el cambio de vivir en la más extrema pobreza a rodearse de semejante lujo.
Debía admitir que aquella especie de lunática revanchista me intrigaba.
Siempre lo había hecho, en verdad, pues ya en el instituto, por alguna extraña y siniestra razón, llamaba poderosamente mi atención.
De no haber sido así, seguro que no me hubiera dedicado a hacerle la vida imposible y ahora no me encontraría en semejante situación. Maldije mi suerte una vez más.
Continué mi recorrido por el apartamento, aunque me sorprendió la casi total ausencia de fotografías y objetos de carácter personal. Era un piso precioso, pero sin alma, como si la propietaria hubiese decidido prescindir de cualquier cosa que pudiera dar pistas sobre su personalidad.
Curioso.
Aunque también podría ser que hubiese hecho una pequeña limpieza antes de mi llegada, guardando o escondiendo lo que fuera en uno de los numerosos armarios repartidos por toda la casa.
Entré en el dormitorio principal con cierto recelo, pues de pronto tuve la sensación de invadir un espacio que no me correspondía.
Observé que la cama estaba sin hacer y que había algo de ropa tirada encima de un sillón.
¿Se suponía que tenía que recoger su cuarto?
Imaginaba que sí. Aquella idiota no deseaba otra cosa más que humillarme.
Me dirigí a la cocina para revisar la lista de tareas que debía desempeñar.
¡Madre de Dios!, ni en una semana me daría tiempo a hacer todo aquello, menos aún en un día.
Además de ocuparme del perro, debía hacer la casa, recoger un par de trajes de la tintorería, llevar una receta a la farmacia, hacer la compra en el súper, ordenar la ropa de su vestidor por colores y colocar todos los libros del salón por orden alfabético.
No sabía ni por dónde empezar.
Me esperaban tres meses de auténtico infierno…
ALEXANDRA.
Observar a Logan deambular por mi casa mientras ejecutaba la interminable lista de tareas que le había encomendado me provocaba un placer difícil de describir.
Gracias a los discretos dispositivos que había instalado en distintas estancias del piso, podía vigilar todos y cada uno de sus movimientos, por lo que llevaba gran parte de la mañana sin poder retirar la vista del hipnótico espectáculo que revelaba la pantalla de mi ordenador.
El momento en el que había ordenado mi cuarto, doblando con rabia la ropa dejada aposta fuera del armario y haciendo la cama estirando las suaves sábanas de seda, me había parecido enfermizamente erótico.
Puede que hubiese llegado la hora de acudir a un buen psicólogo, pues solo una perturbada podría sentirse atraída por quien tantas veces había demostrado en el pasado ser su peor enemigo.
Había tenido la esperanza de que aquella absurda fascinación se hubiese evaporado con el paso del tiempo, pero, para mi desgracia, no era así.
Logan Dawson me seducía al igual que en mi época estudiantil, hora era ya de reconocerlo, aunque fuese ante mí misma, pues ni bajo tortura admitiría tan vergonzoso secreto frente a un tercero, ni siquiera ante Paige.
Comprendí que me había pasado media vida anhelando aquello que ahora me sobraba: poder y dinero, aunque mi deseo más oculto, aquel que a veces me había hecho despertar en plena noche, sudorosa y palpitante, parecía resurgir ante mis ojos con renovadas energías, amenazando con amargarme otra vez la existencia.
Necesitaba librarme para siempre del hechizo que aquel hombre ejercía sobre mí.
Quizá me ayudara el hecho de volver a relacionarme con él, pues, al fin y al cabo, yo no era ya una mocosa fácil de impresionar, sino una mujer hecha y derecha.
La llegada de Paige, que entró en mi despacho con gesto sonriente portando un par de cafés en vasos de plástico, me sacó de mis perturbadoras reflexiones.
—Solo y con sacarina para ti, cortado y con azúcar para mí —indicó a modo de saludo antes de depositar ambos recipientes sobre mi escritorio.
—¡Excelente idea! —exclamé agradeciendo su visita. Mi amiga siempre conseguía sosegar mi espíritu, aunque solo fuera con su mera presencia—. ¿Qué tal todo? —añadí en tono casual, como si desconociera el motivo exacto de su visita a mitad de mañana.
—Déjate de formalismos y cuéntame cómo ha ido el encuentro matutino con tu nuevo esclavo … —. Paige no era de las que se iban por las ramas, desde luego.
—Apenas hemos hablado. La he dejado en compañía de César y con una larga lista de tareas por hacer —respondí con una sonrisa un tanto sádica.
—¡Me encanta! No puedo evitar reírme cada vez que pienso en Logan con el plumero en la mano y pasando la aspiradora por tu casa… Eres un poco maquiavélica, ¿lo sabías?
— Peccata minuta para el lío que le podría formar si en verdad me lo propusiese. El difunto Simon Dawson la organizó bien gorda. A veces me alegro de no haber conocido a mi padre…
—¿Y qué pasa con los otros dos? —preguntó a continuación, refiriéndose a Troy y Madison.
—Con ellos doy por saldada mi deuda. Aunque a Madison creo que, en el fondo, le he hecho un gran servicio. El novio ese con el que se iba a casar era una pieza con pinta de remilgado…
—No creo que ella lo vea así. Se organizó un escándalo de campeonato, por lo visto —replicó entre risas.
—No es algo que me quite el sueño. Además, puede darse por contenta si no me dedico también a sabotear la inmobiliaria esa que tiene montada…
—repuse en tono condescendiente. En verdad, no deseaba saber más de aquel par de descerebrados, pues de sobra sabía que fue Logan quien, en su momento, instigó a los demás contra mí.
—Me parece que pocas cosas te quitan el sueño…
Alguna que otra sí, pero me abstuve de comentarlo.
—Cambiando de tema, ¿qué haces dentro de dos sábados?
—¿Dos sábados? En principio lo de siempre, quedaré con uno de mis chicos…
¿Por qué lo preguntas? —. Me seguía sorprendiendo la soltura con la que Paige se refería a su triángulo amoroso, aunque, ¿qué sabía yo de relaciones?
Nunca había querido una que fuera más allá de unos cuantos encuentros apasionados.
—Cambio de planes. Te vienes conmigo a una fiesta.
—¿Una fiesta? —repitió con cara de curiosidad.
Al contrario que yo, mi amiga se pirraba por cualquier tipo de sarao en el que hubiese música, copas y tíos en abundancia.
Y no necesariamente en ese orden—. ¿Quién y a dónde nos han invitado, exactamente?
—preguntó a continuación, apoyando los codos en la mesa con gesto inquisitivo.
—Es el cincuenta aniversario del Magnolia Harbor Club y mi nuevo esclavo lo va a celebrar por todo lo alto.
En realidad, nadie nos ha invitado a ir, pero como flamante propietaria del negocio que soy, o al menos de gran parte de este, he decidido darme una vuelta por allí… ¿Qué te parece?, ¿te apuntas?
—¿Veros a Logan y a ti compartiendo de nuevo tiempo y espacio? ¡Jamás me lo perdería! —admitió en tono socarrón antes de terminar de un largo trago su café.
—Dudo mucho que interactuemos demasiado, la verdad. Aun así, puede que nos divirtamos…
Imaginar a Logan ejerciendo de anfitrión vestido con un impecable traje de chaqueta me provocó un escalofrío por toda la columna vertebral.
Decididamente, tendría que buscar un psicólogo.
Y uno bueno, porque tenía tarea conmigo.
Demasiada.