Mi querido enemigo CAPÍTULO 7.
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CAPÍTULO 7.

ALEXANDRA.

—Alexandra…

La voz de Julia, siempre impecable y precisa, irrumpió al otro lado de la línea telefónica.

Aproveché la interrupción para cerrar el informe que llevaba varios minutos desmenuzando con meticulosidad: el último balance sobre la venta de acciones de ScarCompany en el mercado bursátil. Los números seguían sonriéndome.

—Logan Dawson ha llegado. Lo he hecho pasar a la sala de espera, tal y como indicaste.

—Que espere media hora más. Después, que entre —ordené sin poder contener una mueca algo perversa. Me divertía imaginar la cara de rabia de Logan mientras esperaba a ser recibido.

—De acuerdo, Alexandra —contestó Julia antes de dar por finalizada la llamada. La chica debía de estar bastante intrigada con el asunto, pues no era propio de mí comportarme con tan poca cortesía.

Me dediqué a esperar leyendo distraídamente el periódico en el ordenador, incapaz de concentrarme en nada más, y a la media hora exacta escuché que se abría la puerta de mi despacho.

Era él, por supuesto. Venía tan arreglado como en la anterior ocasión, con camisa blanca perfectamente planchada, pantalones chinos en tono beige, mocasines de piel pulida y un Rolex Daytona asomando con discreta precisión en su muñeca izquierda .

El cabello, de un castaño claro casi dorado, lo llevaba bastante corto, con un corte limpio que resaltaba la firmeza de sus facciones y endurecía aún más la línea de su mandíbula.

Sus ojos color caramelo se clavaron en los míos con un reproche que no necesitaba palabras.

+Debía admitir que destilaba clase y estilo por los cuatro costados. Parecía una versión moderna del fallecido John Kennedy Jr.

¿Por qué diablos tenía que ser tan guapo?

Me levanté educadamente para recibirlo, aunque, al igual que la otra vez, no hice amago de acercarme a él.

—Logan, buenos días. Siéntate, por favor.

—Buenos días… —respondió tomando asiento enfrente de mí. Su tono de voz podría ser más adecuado para insultar que para saludar, lo que me hizo sonreír, divertida.

—¿Qué tal la semana? —pregunté con sorna. No podía resistirme a tomarle un poco el pelo.

—¿Qué tal si me explicas de una vez qué es lo que pretendes de mí? Me empiezo a cansar de este juego tan siniestro, la verdad.

¡Vaya, vaya! Lo tenía atrapado y, aun así, se permitía el lujo de plantarme cara. ¡Mejor!, más divertido sería todo. Además, lo contrario me hubiese decepcionado bastante, lo confieso.

—Está bien, ¡como quieras! Tengo una oferta para ti. Si la aceptas, me olvidaré de tu queridísimo club y me comportaré como una socia sin voz ni voto. Y tú lo seguirás dirigiendo como hasta ahora.

—¿Y en qué consiste esa oferta?

La expresión de desconfianza que reflejaba su rostro le otorgaba cierta vulnerabilidad. Por un instante sentí un poco de empatía hacia él, pero solo fue un instante.

—Quiero que, durante tres meses, seas mi… ¿cómo llamarlo? —fingí considerarlo durante unos segundos mientras aguantaba la risa—. Mi asistente personal… —concluí por decir, dedicándole una sonrisa venenosa.

Él recibió mi propuesta con cara de asombro, como si no estuviese muy seguro de haberme escuchado bien.

—Tu… ¿asistente personal? —repitió tragando saliva.

—Eso es.

—¿Y en qué consistiría exactamente… el trabajo?

—Pues, básicamente, en que hagas lo que yo te diga.

Te presentarás todos los días en mi casa a las ocho de la mañana y te irás a las ocho de la tarde, excepto el sábado que, si estoy contenta con tu trabajo, te podrás ir antes.

Limpiarás, te ocuparás de mi perro y obedecerás sin rechistar mis órdenes, ¿entendido?

Ya me había ocupado de concederle unas generosas vacaciones pagadas a la empleada del hogar que solía encargarse de mi casa, pues sabía perfectamente que Logan no estaba en condiciones de rechazar mi oferta.

—Pero… ¡tú lo que quieres es que sea tu maldito esclavo! —replicó con cara de espanto. ¡Chico listo!, lo había entendido a la primera.

—No voy a entrar a valorar los términos de mi oferta. La coges o la dejas, así de simple.

—¿Y si no acepto…? ¿qué harías entonces?

—Mi querido Logan —comencé a decir en tono de burla—.

Creía que te lo había dejado muy claro el otro día, pero veo que eres de los que necesitan escuchar las cosas dos veces, por lo menos.

Te lo explicaré con mayor detalle: si te niegas, cerraré tu estúpido club hasta que las deudas te consuman y pierdas esa increíble mansión en la que aún vives con tu madre y que está hipotecada hasta los cimientos; después, cuando te veas obligado a venderme tu parte del club por una ínfima parte de lo que vale ahora, puesto que estará cerrado y será improductivo, lo reconvertiré en lo que a mí me dé la gana, una granja de cerdos o cualquier otra cosa que se me pase por la cabeza, aunque eso ya no será de tu incumbencia. ¿Lo has comprendido ahora?

Si hubiese podido aniquilarme con la mirada, lo hubiese hecho, estoy segura. Menos mal que no podía. Se quedó en silencio, observándome con gesto de ira mientras asimilaba mis palabras. Parecía haber recibido una bofetada en plena cara.

—¿De verdad serías capaz de hacer eso…?

—No me obligues a demostrártelo.

De nuevo, reflexionó en silencio, examinándome con gesto inquisitivo hasta que, por fin, pareció tomar una decisión.

—¿Tres meses?

—Tres meses.

—Lo quiero firmado por escrito.

—Como quieras.

—¿Cuándo… tendría que empezar?

—El lunes. Que Julia te dé la dirección. Te recomiendo que delegues en otra persona la dirección del club durante este tiempo, pues dudo mucho que te puedas ocupar de él.

—Allí estaré —se limitó a decir antes de dirigirme una última e iracunda mirada y abandonar mi despacho.

Decididamente, aquello iba a ser muy, pero que muy, divertido.