CAPÍTULO 6. #2
—¿Remodelar? ¿Para qué? —pregunté con incredulidad—. Es el mejor club deportivo de toda la ciudad y tú… ¿pretendes cerrarlo justo ahora?
Aquello empezaba a ser una auténtica pesadilla.
—Correcto, eso es lo que pretendo.
—No lo entiendo. Las cuentas del club están saneadas y es perfectamente rentable. Puedo enseñarte los libros de contabilidad, si lo deseas. Si se cierra ahora, aunque sea temporalmente, perderíamos todos los socios. ¡Sería un auténtico desastre!
—Ya he visto las cuentas, aunque en realidad, tampoco es que me importen demasiado —replicó realizando un movimiento con la mano que me pareció algo despectivo—. Y ya sé que perderíamos a los socios, pero yo, al contrario que tú, me lo puedo permitir…
Por un momento tuve la impresión de que aquella mujer tenía cuernos, rabo y un tridente, aunque no fue más que una corta alucinación.
¡Sería hija de…! Así que su objetivo no era otro más que destruirme económicamente.
Lo más probable era que estuviera enterada del estado de mi herencia y de las deudas contraídas por mi padre.
—Pretendes arruinarme… —musité más para mí mismo que para ella, que me miraba con gesto condescendiente, como si yo fuera un alumno corto de entendederas al que le hubiese costado horrores comprender la explicación de un problema matemático de especial complejidad.
—Bueno…, es una forma de verlo —admitió con una sonrisa maligna. Sabía que el comportamiento que había tenido con ella en el pasado era inexcusable, pero, aun así, no pude evitar odiarla con toda mi alma.
—Entiendo…
De nuevo nos quedamos callados. Le hubiera suplicado de haber considerado que podría hacerle cambiar de idea, pero intuía que nada ni nadie conseguiría tal cosa.
Necesitaba irme de allí y aclarar mis pensamientos.
Hice el amago de levantarme de mi asiento, pero ella efectuó un gesto con la mano que me hizo permanecer en el sitio.
—Existe otra posibilidad.
Me fastidiaba que jugase conmigo, por mucho que una vocecita susurrara en mi oído que lo que estaba ocurriendo me lo había buscado yo solito.
—¿A qué te refieres…?
—A que quizá podríamos llegar a un acuerdo para que me limite a ser tu socia en el club sin inmiscuirme en su gestión.
Eso sonaba mucho mejor, aunque algo me decía que, fuera lo que fuese que tuviese en mente, no me lo iba a poner fácil.
—¿Y en qué consistiría ese acuerdo ?
—Tendría que pensarlo… —se limitó a decir esbozando una media sonrisa. Era obvio que se estaba divirtiendo de lo lindo a mi costa y que lo tendría ya todo más que meditado. Tan solo quería alargar mi agonía un poco más.
—Alexandra, déjate de historias y dime de una vez qué demonios quieres de mí —exploté, incapaz de contenerme. Puede que tuviera la capacidad de arruinarme, pero mi orgullo me impedía someterme sumisamente a ella.
—Concierta una cita con Julia, mi secretaria, para dentro de una semana. Continuaremos hablando entonces —declaró levantándose de su asiento y dando por terminada la reunión.
A continuación, me señaló la salida con un ademán burlesco.
Me llevó un par de segundos controlar mi furia antes de levantarme y dirigirme a la puerta sin añadir palabra.
Sentía las mejillas arder de pura indignación.
No recordaba haber sido tratado de una manera tan humillante en toda mi vida.
Estuve a punto de marcharme sin hablar con la tal Julia, pero comprendí que, al menos de momento, no me quedaba otra opción más que seguirle el juego a aquella especie de psicópata con ansias de venganza.
Me apunté la cita para la semana siguiente y salí del edificio en busca de una bocanada de aire fresco. De inmediato, saqué mi teléfono móvil del bolsillo y efectué una llamada a tres, cosa que rara vez hacía. Pasaron unos segundos antes de que tanto Troy como Madison contestaran casi a la vez.
—Me pillas a punto de entrar en una entrevista de trabajo, ¿es importante?
—Yo estoy en la peluquería. ¿Qué pasa, Logan?
—Chicos, os espero luego en el club, para comer. Tenemos que hablar.
—¿Qué ocurre? Yo ya he quedado para comer.
—Y yo no sé a qué hora voy a terminar aquí…
—Es importante, chicos. ¡Intentad venir!
—Pero ¿qué diablos pasa? ¡Adelántanos, al menos, de qué va el asunto! —rogó Madison en tono intrigado.
Inspiré con fuerza antes de contestar:
—A ver por dónde empiezo…
ALEXANDRA.
Observé a Logan Dawson salir de mi despacho con gesto airado antes de girar mi sillón hacia la ventana y fijar distraída la vista en el paisaje exterior, que no era otro más que el edificio de enfrente.
Solía repetir ese hábito cuando necesitaba despejar la mente y rebajar el nivel de estrés.
Tardé unos minutos en conseguir que mi corazón volviera a latir a un ritmo normal.
Lo detestaba, sí, pero no tanto por lo ocurrido en el pasado como por el efecto que aún provocaba en mí. ¡Señor!, ¿cómo era posible? ¿Acaso mi ADN era portador de algún gen relacionado con el masoquismo? Me desconcertaba mi propia incapacidad para permanecer inmune a sus encantos.
Hechos del pasado volvieron de pronto a mi mente como un descontrolado torrente de agua tras una tormenta violenta.
La memoria había sido siempre la parte más rebelde de mi anatomía.
Y la más traidora. Era la única capaz de actuar siempre a su criterio, de aparecer y desaparecer a su libre voluntad, de someterme de forma permanente.
Y yo era esclava de un recuerdo que me empujaba a saldar una serie de cuentas pendientes con Logan Dawson, por mucho que el simple parpadeo de sus ojos color ámbar consiguiera agitar mis pulsaciones y entrecortar mi respiración.
Había esperado encontrarme con alguien distinto al prepotente y despectivo adolescente que manejaba al resto de compañeros con el dedo meñique, pero no.
Seguía siendo el mismo. Al menos en lo esencial, porque, en lo físico, los años habían obrado un cambio inquietante, multiplicando su belleza de una forma casi insultante.
Era un Logan más sólido, más definido, más hombre.
Si antes había sido un adolescente guapo, ahora se había convertido en un hombre endiabladamente atractivo que sabía exactamente el efecto que provocaba en los demás.
Maldije por lo bajo, deseando, con una irritación difícil de disimular, haberme encontrado con una versión menos espectacular de él.
Sus disculpas me habían parecido falsas y forzadas. No las aceptaba. Tampoco las necesitaba, la verdad. Solo deseaba hacer un poco de justicia terrenal, puesto que nunca había estado muy segura de que existiera la divina.
Me levanté de mi asiento con gesto pensativo, convencida de que había conseguido plantar la semilla que pretendía sembrar en él: la inquietud.
La inquietud que germina en el alma de tu enemigo es la mejor arma para empezar a torturarlo, y si algo tenía claro era que Logan Dawson era mi enemigo.
No porque yo lo hubiera decidido, sino porque él declaró aquella guerra mucho tiempo atrás, cuando pensó que podía humillarme sin consecuencias.
Su verdadero error no fue atacarme, fue creer que yo jamás tendría la fuerza —ni la posición— para devolverle el golpe.