Mi querido enemigo CAPÍTULO 6.
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CAPÍTULO 6.

LOGAN.

Levanté la mirada ante aquel sofisticado edificio acristalado tras comprobar, una vez más, que coincidía con la dirección facilitada por aquella estúpida secretaria, una tal Julia Méndez, que por fin se había dignado a concertarme una cita tras marearme durante varias semanas.

Me sorprendió no ver rastro del nombre de la empresa que había comprado parte del Magnolia Harbor Club, sino un logotipo con la cabeza de un león rugiendo sobre unas letras doradas que formaban una extraña palabra: «ScarCompany » .

Curioso nombre. Me sonaba que era una empresa relacionada con aplicaciones y temas informáticos.

¡Qué raro!, ¿qué tendría que ver aquel sitio con la compra de un club deportivo?

Sabía que muchos negocios de éxito tendían a diversificar sus intereses, pero, aun así, no me daba buenas vibraciones.

Entré en el amplio vestíbulo y me dirigí sin demora a la mesa de recepción. Estaba ansioso por averiguar quiénes eran aquellos misteriosos inversores que últimamente me tenían tan inquieto.

—Buenos días, tengo una cita con la señorita Julia Méndez —anuncié en cuanto una de las dos recepcionistas, de aspecto sofisticado y aire altivo, fijó su mirada en mí con cierta desidia.

—Un momento, por favor —replicó antes de realizar una breve llamada por teléfono—. Vaya a la octava planta y pregunte allí por ella —se limitó a decir en cuanto colgó el aparato, bajando de nuevo los ojos a la pantalla del ordenador que tenía delante.

¡Guau!, ¡cuánta amabilidad! Esperaba que no todos fueran iguales por allí.

Subí al ascensor intentando acompasar la respiración y devolver mis pulsaciones a un ritmo razonable. No era propio de mí sentir esa inquietud anticipada, esa tensión sorda en el pecho que no tenía nada que ver con el esfuerzo físico.

Tal vez estaba exagerando. El Magnolia Harbor Club seguía siendo rentable; las cuentas eran sólidas y los números no mentían. Lo lógico sería que los nuevos socios quisieran mantener el rumbo y aprovechar una estructura que ya funcionaba.

Y, sin embargo…

Si todo era tan sencillo, ¿por qué entonces tanto secretismo? ¿Por qué esa cadena de intermediarios, esa opacidad casi calculada? Había algo en todo aquello que no me cuadraba.

Al llegar a la octava planta me crucé con un hombre de aspecto distinguido al que aproveché para preguntar:

—¿La señorita Julia Méndez…?

—Segunda puerta a la derecha, al final del pasillo.

Seguí sus indicaciones hasta llegar a un despacho en el que estaba sentada una chica morena con gafas de pasta y moño. También vestía de forma elegante e imaginé que en aquella empresa debía de haber algún tipo de código de vestimenta.

—¿Julia Méndez?

—Sí, y usted es Logan Dawson, supongo…

Me observó con una mezcla de curiosidad contenida, como si al fin pudiera asociar un rostro a las insistentes llamadas que había recibido durante las últimas semanas. Su expresión era profesional, impecable, pero no lo bastante como para ocultar del todo una pizca de admiración en la mirada.

—Sí, soy yo.

—Si es tan amable, espere un ratito en la sala de al lado. Enseguida iré a por usted.

Estuve a punto de preguntar con quién demonios me iba a reunir, pero desistí de mi empeño al recordar las veces que había planteado aquella misma cuestión de forma telefónica y ella se había limitado a contestar: «Con la junta directiva de Bluewater Holdings LLC» .

Esperé un buen rato sentado en un moderno sofá de cuero marrón mientras me preguntaba qué entendería aquella idiota por un «ratito»; tras casi media hora de espera mi paciencia tocó a su fin y me levanté, furioso, en su busca.

—Disculpe, ¿se puede saber cuándo me voy a poder reunir de una vez con la junta directiva ? —pregunté con cierto retintín.

¡Panda de estúpidos! No los conocía, pero ahora me caían todavía peor que antes.

—Un momento, por favor.

Agarró el teléfono y marcó una tecla. Murmuró algo por lo bajo que no logré entender. Después colgó y se dirigió de nuevo a mí.

—Puede pasar ya. Salga por ahí y entre por la primera puerta a la derecha. Están aguardando su llegada.

Me dio la impresión de que me habían hecho esperar aposta, pero enseguida deseché tan absurda idea. ¿Por qué alguien haría algo así? No me convenía dejarme llevar por ideas paranoicas.

Seguí sus instrucciones hasta abrir la puerta de un gigantesco despacho iluminado por la luz del exterior a través de unos anchísimos ventanales con vistas a la calle.

El mobiliario, de diseño, era exclusivamente en blanco y negro, pero no fue eso lo que llamó de inmediato mi atención, sino la persona que estaba sentada tras una larga y acristalada mesa que hacía las veces de escritorio.

Me hubiese costado reconocerla si no llega a ser por la inconfundible marca que le atravesaba la cara de manera perpendicular, delatando su identidad.

Alexandra Bennett.

Parpadeé desconcertado y me quedé por completo inmóvil, con el corazón paralizado, pero con la mente funcionando a toda velocidad.

Tuve la sensación de que todo un batallón de recuerdos atravesaba aquel impoluto despacho como una locomotora a punto de descarrilar.

El problema era que buena parte de esos recuerdos no me dejaban especialmente en buen lugar; más bien todo lo contrario.

No sabía muy bien qué demonios hacía Cara rota allí, pero tenía claro que, fuera lo que fuese, no era bueno para mí.

—Hola, Logan… —. Era su voz, por supuesto, aunque con un matiz algo más ronco de lo que yo recordaba, nada extraño teniendo en cuenta que hacía diez años que no coincidía con ella. Se levantó y señaló cortésmente el sillón colocado enfrente de su escritorio—. Siéntate, por favor.

Obedecí de forma inconsciente, incapaz de pronunciar palabra y tratando a toda costa de recuperar el dominio sobre mí mismo.

—Hola…, Alexandra. No esperaba verte aquí, la verdad.

—Ya imagino… —se limitó a decir mientras me observaba con una media sonrisa que me provocó un escalofrío.

Esperé a que dijera algo más, pero para mi sorpresa se reclinó en su asiento sin añadir palabra. Durante unos segundos el silencio fue atronador, aunque ella, al contrario que yo, no parecía sentirse incómoda.

Estaba cambiada. No se parecía en nada a la adolescente algo desastrada que había conocido.

El traje ajustado de chaqueta que vestía parecía hecho a medida y olía de lejos a alta costura, y su estudiado corte de pelo, dejando la oscura y ondulada melena un poco más allá de la altura de los hombros, enmarcaba a la perfección aquel rostro que tan bien recordaba: facciones regulares, labios llenos, mandíbula firme y ojos de un extraño color grisáceo.

La cicatriz, que antaño le daba un aspecto siniestro, ahora, de adulta, le otorgaba cierto carácter.

Me fastidiaba tener que reconocerlo, pero Cara rota se había convertido en una mujer imponente.

—¿Y bien…? —me obligué a decir para romper el embarazoso mutismo—. ¿Esperamos a alguien más?

—A nadie.

Su respuesta, directa y cortante, me intranquilizó aún más de lo que ya lo estaba.

—Tenía entendido que me debía reunir con la junta directiva de una empresa llamada Bluewater Holdings LLC.

—Digamos que yo soy la junta directiva de Bluewater Holdings LLC.

, una filial de ScarCompany creada para inversiones de distinta índole—.

Hablaba con absoluta de falta de emoción, como si estuviese dando el parte meteorológico del día, mientras toqueteaba un pisapapeles con el logo de un león rugiendo—.

Y ScarCompany es, mayoritariamente, mía…

—añadió entrecerrando los ojos en un gesto de autocomplacencia.

Apenas tardé unos segundos en comprender del todo el significado de sus palabras. ¡Dios!, aquello era un desastre. Ella, y solo ella, era quien se había hecho con el control del Magnolia. Me encontraba, literalmente, en sus manos. Un sudor frío comenzó a invadir mi frente.

—¿Por qué lo has hecho…? —no pude evitar preguntar, casi a bocajarro, a pesar de intuir la respuesta, por supuesto. No había más que ver la expresión de su rostro para comprender su intención de ajustarme las cuentas.

—¿A qué te refieres…?

Jugaba conmigo. Y no ocultaba demasiado bien el hecho de estar disfrutando con ello.

—¿Por qué has invertido en mi club?

—¿ Tu club? —preguntó, a su vez, haciendo hincapié en el «tu» y arqueando con ironía una ceja—. No creo que tenga que darte explicaciones de por qué hago lo que hago —agregó, dejándome bastante descolocado.

Me estaba imaginando todo un torrente de reproches por su parte, pero no parecía ser esa su intención. Decidí coger el toro por los cuernos y acabar con aquello de una vez. O al menos, intentarlo.

—Está bien, Alexandra, si lo que quieres es una disculpa por mi parte, aquí la tienes: fui un auténtico imbécil contigo y, aunque no lo creas, he pensado en ello muchas veces durante todo este tiempo. Siento si te hice daño, de verdad que lo siento…

Me sorprendió la facilidad con la que me expresé, como si las palabras brotasen de mi boca sin apenas meditarlas, probablemente porque eran sinceras.

Me avergonzaba de mi comportamiento durante aquellos años, motivo por el que no guardaba muy buenos recuerdos de los dos últimos cursos de mi etapa escolar.

De nuevo el silencio. Aguanté su penetrante mirada como pude mientras esperaba una respuesta. No recordaba haber vivido un momento tan incómodo en todos los días de mi vida.

—Hablemos de nuestro club. Tengo grandes planes para él…

—dijo finalmente, ignorando por completo mis disculpas.

Aquello iba de mal en peor. ¿Por qué no quería hablar de lo que, sin duda alguna, constituía la principal razón por la que me encontraba allí sentado?

Y, sobre todo, ¿a qué planes se refería?

—¿Qué planes? —decidí preguntar tras carraspear levemente, tratando de controlar el pánico que empezaba a sentir. A esas alturas, nada bueno me esperaba de aquella reunión.

—Creo que lo voy a remodelar. Lo cerraré uno o dos años, hasta que se terminen las obras… Aunque, no sé, tengo que pensarlo.