Mi querido enemigo CAPÍTULO 5.
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CAPÍTULO 5.

ALEXANDRA.

El tráfico de aquella mañana era sencillamente infernal.

La ciudad estaba medio paralizada por la visita del gobernador y la celebración de una cumbre empresarial en el puerto, un evento que había atraído a inversores, prensa y a medio cuerpo de seguridad del Estado.

Las calles estaban cortadas, los semáforos parecían eternos y lo que normalmente era un trayecto de veinte minutos desde mi casa hasta la oficina se convirtió en casi una hora larga de avances intermitentes y paciencia forzada.

Admito que en cualquier otro momento me habría desesperado ante semejante pérdida de tiempo, pero aquel día no.

Aquel día me encontraba eufórica.

Nada ni nadie podía empañar la sensación que me recorría por dentro, cálida y vibrante.

No era para menos: las acciones de mi empresa seguían subiendo como la espuma tras una salida a bolsa que había superado incluso las previsiones más optimistas de los analistas.

Los titulares hablaban de crecimiento sólido, de liderazgo joven, de visión estratégica.

Definitivamente, el mundo parecía alinearse a mi favor.

Bajé del taxi tras dar una generosa propina al conductor y me dirigí al edificio acristalado que se había convertido durante el último año en mi segunda casa, puesto que pasaba allí más tiempo que en cualquier otro lugar.

Entré por la amplia puerta giratoria, saludando al conserje con una ligera inclinación de cabeza, y atravesé el vestíbulo siendo consciente de las habituales miradas curiosas, pero siempre respetuosas, de las que era objeto por parte de los empleados con los que me cruzaba.

Tomé el primer ascensor que quedó libre y, como casi siempre, nadie se animó a entrar conmigo.

Sabía que mi presencia les imponía, lo que me sorprendía y divertía en la misma medida, pues aún me costaba asimilar que todos ellos trabajaran para mí y que aquella impresionante construcción en el centro de la ciudad, como tantas otras cosas, fuera de mi propiedad.

Aproveché el trayecto para recolocarme la camisa dentro del pantalón de vestir y alisar con cuidado la tela; mientras, el ascensor ascendía en silencio, aislándome unos segundos del resto del mundo.

Fijé la vista en el espejo, repasando con discreción los detalles de mi figura: el corte impecable del traje, los zapatos de piel pulida, el reloj sobrio en la muñeca.

Nada quedaba de aquella chiquilla desgarbada que vestía ropa de segunda mano y que aprovechaba los zapatos hasta casi reventarlos.

Me acaricié pensativa la cicatriz de la cara.

A veces lo hacía de forma inconsciente, sobre todo cuando afloraban recuerdos del pasado.

No había querido borrarla. Aunque de niña la detestaba, ahora conformaba una seña de identidad a la que me veía incapaz de renunciar.

Observé que mi rostro, por lo habitual algo sombrío, mostraba la misma expresión de satisfacción que podría tener un alpinista después de conseguir escalar la cima de una complicadísima montaña tras largo tiempo de esfuerzo y sacrificio.

Las puertas del ascensor se abrieron y me encaminé a mi despacho comprendiendo que, por primera vez en mucho tiempo, no me apetecía trabajar.

Aquel día me sentía nostálgica y me permití el lujo de recordar con aire soñador mi época en la universidad.

Fueron años felices, aunque duros, en los que tuve que compaginar mi trabajo como cajera en un supermercado con mis estudios.

Después, cuando me licencié en ingeniería informática en la Universidad de Stanford, llegaron las primeras ofertas de trabajo.

Me maravillaba que las empresas casi se pelearan por mí, aunque mi expediente académico hablaba por sí solo, por supuesto.

Fue entonces cuando me dejé llevar por una desmedida ambición que me instigó a querer ir más allá que los demás y, a los veintitrés años recién cumplidos, arriesgué todo lo que tenía para montar un pequeño negocio con un par de empleados a los que apenas podía pagar.

No fue un camino de rosas, pero una conjunción de factores consiguió que aquello fuese el origen de lo que hoy en día constituía una de las empresas de software más solventes y con mayor proyección del país.

Y era mía.

No lo hubiese conseguido sin la inestimable ayuda de Paige, desde luego. Su apoyo moral y su ayuda económica en el proyecto inicial la habían convertido en propietaria de un importante paquete de acciones de la empresa, lo que significaba que era asquerosamente rica. Aunque no tanto como yo.

—Buenos días, Julia —saludé a mi secretaria, una chica eficaz y espabilada que se había convertido para mí en una especie de mano derecha.

—Buenos días, Alexandra —respondió devolviéndome el saludo con una sonrisa amplia y profesional mientras se levantaba para acompañarme hasta el despacho.

Repetíamos aquella coreografía cada mañana. Ella caminaba medio paso por delante, repasando con precisión milimétrica la agenda del día: reuniones, llamadas, videoconferencias, cifras pendientes de revisar. Todo perfectamente ordenado.

La escuché mientras tomaba asiento en el amplio sillón de cuero que ya parecía haber adoptado la forma exacta de mi espalda tras un año de uso, pero mi mente, aquel día, estaba un poco en otro sitio.

Un par de toquecitos en el quicio de la puerta me obligaron a volver al mundo de los vivos. Se trataba de Paige, que entraba en mi despacho con cara de felicidad y una bolsa de Dunkin’ Donuts en la mano.

—¿Interrumpo?

—En absoluto, ¡entra!

—Os dejo, entonces. Cualquier cosa, me dices… —se despidió mi secretaria en tono eficiente. Seguía sin acostumbrarme del todo a la extremada deferencia con la que siempre me trataba.

—¿A qué debo el honor de tu presencia? —pregunté a mi amiga en cuanto nos quedamos a solas. No era muy habitual verla por allí a horas tan tempranas, aunque imaginaba el motivo de su visita.

—Oh, vamos… ¡Lo sabes perfectamente! ¿Has visto cómo está subiendo el valor de las acciones? He venido a desayunar contigo para celebrarlo.

Sonreí divertida, pues pocas cosas hacían madrugar a Paige. Ella era la que llevaba, con gran eficacia, las relaciones públicas de la empresa, aunque todos sabíamos que raro era el día en el que aparecía por su despacho antes de las once de la mañana.

—¿ Dónuts ?, ¿en serio?

Aquellos bollos rebosantes de azúcar no entraban dentro de mi dieta habitual, desde luego.

—Habría traído champán para celebrarlo, pero sé que no te gusta y, además, no son horas —explicó guiñándome un ojo con complicidad—.

¡Cómete uno de estos y no me seas aguafiestas!

—insistió abriendo la caja y llevándose una de aquellas bombas calóricas a la boca con gesto de placer.

Seguía estando algo rellenita, pero la edad le había sentado indudablemente bien.

Sus rasgos, liberados de las antiguas gafas tras una operación de miopía más que acertada, habían ganado definición con el tiempo, afinándose de manera natural y elegante, y la seguridad con la que ahora se comportaba —serena y firme— borraba todo rastro de timidez de su época adolescente, como si aquella versión insegura de sí misma hubiese quedado definitivamente atrás.

—Está bien, dame uno… —cedí, eligiendo el que tenía cobertura de chocolate. Me lo podía permitir sin problemas, aunque tomé buena nota de alargar un poco más la próxima sesión de fitness con mi entrenador personal.

—Me han llamado de la revista NextGen Capital —informó a continuación con repentina seriedad—. Van a incluirte en la lista de los 25 jóvenes menores de 30 años más ricos del país.

—No me interesa aparecer en esas listas…

—Ya se lo he dicho, pero, aun así, te van a incluir.

—¿Y para qué han llamado entonces?

—Quieren hacerte una entrevista y un par de fotografías —aclaró limpiándose de forma meticulosa las manos con una servilleta de papel tras dar buena cuenta de su dónut—. Pero tranquila, ya les he respondido que no estás disponible.

—Mejor.

No tenía ningún interés en aquel tipo de cosas, pues prefería vivir en el anonimato más absoluto.

—Cambiando de tema, he pensado que podíamos irnos unos días de viaje juntas… Hace tiempo que no lo hacemos.

—¡Uf!, ahora mismo tengo un montón de trabajo. Quizá el mes que viene…

—¿El mes que viene? ¡Venga ya! Siempre dices lo mismo… —se quejó mi amiga chasqueando la lengua con gesto de fastidio—. Acabas de cumplir los veintisiete, Lexi, y creo que deberías empezar a pensar que hay vida más allá de estas cuatro paredes.

No era la primera vez que manteníamos aquella conversación, por supuesto, y aunque sabía que tenía razón, sentía que aún no había llegado el momento de levantar el pie del acelerador; todavía tenía muchas cosas que hacer antes de relajarme un poco.

—Lo sé, pero no puedo detenerme ahora. La empresa está en plena expansión y no debo desaprovechar la brecha que tenemos abierta. Estamos empezando a vender en Asia y Europa y eso significa un montón de oportunidades en el horizonte.

—Todo eso ya lo sé, Lexi. Aunque no lo parezca, estoy al corriente de las cuentas de la empresa.

Y no te estoy pidiendo que te detengas, solo que aprendas a delegar de una vez.

Tienes un montón de gente competente a tus órdenes…

Además, es el momento de que empieces a disfrutar de tu éxito: sal por ahí, viaja, échate un novio, ¡vive!

—¿Un novio? —repetí en tono socarrón, tratando de banalizar la conversación. No estaba para reflexiones transcendentales—. ¿Y que me esté dando todo el día la lata como esos dos plastas con los que tú sales? No, gracias.

Aún me sorprendía que Paige llevara más de un año saliendo con dos tíos al mismo tiempo, aunqu e lo verdaderamente llamativo no era solo la situación en sí, sino el hecho de que ambos conocieran la existencia del otro y, aparentemente, la aceptaran con una serenidad casi filosófica.

Me preguntaba cómo Paige lograba sostener aquel equilibrio tan delicado sin que todo saltara por los aires.

—¡Ey, no te metas con mis novios! Si supieras lo bien que me lo paso con ellos… —proclamó con una mueca indecente que me hizo reír.

—¡Ya imagino!, aunque supongo que en algún momento tendrás que elegir a uno de los dos, digo yo. Acabarán por cansarse y te lo exigirán.

—Pues cuando llegue el momento ya veré lo que hago, pero hasta entonces, ¡ carpe diem!

Me encantaba la capacidad que tenía Paige de disfrutar la vida en profundidad, saltándose a la torera todo tipo de convencionalismos sociales.

—Y ya que hablamos de estos temas, ¿se puede saber cuándo ha sido la última vez que has echado un buen polvo? —preguntó apoyando los codos en mi escritorio y sujetándose la barbilla con cara de interés.

—Uno bueno, hace tiempo; uno normal, hace no tanto —respondí con absoluta sinceridad. El Tinder me parecía un invento maravilloso, pues me permitía encontrar con facilidad cierto desahogo sin necesidad de entramparme en una relación que, al menos de momento, ni buscaba ni deseaba.

—Está bien, no seré yo quien juzgue la manera en la que enfocas tu vida sentimental o, mejor dicho, la ausencia de ella, pero no me puedo creer que no quieras enamorarte alguna vez… ¿Tú sabes lo que te estás perdiendo?

—Ni lo sé, ni me interesa. No tengo tiempo para esas tonterías. Además, ya cubres tú ese cupo por las dos, ¿no crees? —repliqué burlona, sacándole la lengua.

—¡Como quieras!, me doy por vencida contigo —admitió levantando los brazos en gesto de rendición.

Me reconfortaba que se preocupara por mí y, una vez más, consideré que la existencia de Paige en mi vida bien podría compensar la ausencia de una familia convencional—.

Por cierto… —añadió a continuación con una sonrisa algo malévola—, ¿cómo va nuestro asunto?

Respondí con otra sonrisa igual de perversa.