CAPÍTULO 4.
LOGAN.
—¡Bien jugado, Logan! Otro día te doy la revancha… —me propuso, educado, Trevor, uno de los socios del club con los que solía jugar al tenis todas las semanas, tras ofrecerme la diestra para despedirse de mí con un deportivo apretón de manos.
—Claro, ya te llamaré —contesté estrechando su mano con gesto desganado.
Había jugado demasiado mal, fallando con mis servicios y restando como si, en vez de llevar una raqueta en la mano, sostuviera un matamoscas. Nada raro teniendo en cuenta que llevaba días con la cabeza en otro sitio, por supuesto.
Abandoné la pista y crucé el complejo deportivo, rezongando por lo bajo, mientras el sol de la tarde arrancaba destellos al césped perfectamente recortado.
Las pistas de tierra batida, las sombrillas blancas, el murmullo contenido de conversaciones ajenas…
Todo seguía como siempre y, sin embargo, nada lo estaba.
¿Quién demonios estaba detrás de la misteriosa empresa que había adquirido el 60% de las participaciones del Magnolia Harbor Club mediante tentadoras ofertas?
¿Cómo era posible que todos los socios capitalistas hubieran aceptado vender su parte sin consultármelo siquiera?
Y, sobre todo, ¿qué pretensiones tenían los nuevos propietarios respecto a mi club?
Llevaba un par de semanas tratando de llegar al fondo del asunto, pero todo lo que había conseguido averiguar se limitaba a ciertos rumores sobre una empresa fantasma dirigida, probablemente, por un testaferro.
Me preocupaba la opacidad con la que se había realizado aquel traspaso, pues, entre otras cosas, había dejado de ser el socio mayoritario de forma automática y, por tanto, mi futuro en la gerencia del club dependía de la voluntad de gente que ni siquiera conocía.
Algo en todo aquello me daba muy mala espina. Demasiada.
Una vez más maldije a mi padre por haberse quitado la vida dos años atrás después de una noche de juego, alcohol y compañías femeninas poco recomendables, dejándonos a mi madre y a mí prácticamente en la ruina.
A partir de aquel fatídico día, la diosa Fortuna parecía haberme dado de lado, negándome todas sus bondades.
Desde jovencito sabía que mi padre era ludópata, pero desconocía que se hubiese gastado la fortuna heredada de mi abuelo en todo tipo de salas de apuestas y casinos.
Tras su fallecimiento, luchaba por mantener lo último que nos quedaba, que no era más que la mansión familiar a la que había vuelto a vivir después de vender mi estupendo apartamento en el centro de la ciudad, y el 40% de propiedad de mi amado club, fundado por mi abuelo años atrás y último bastión empresarial de lo que llegó a ser una auténtica fortuna, pues tanto el otro 60% como el resto de propiedades, acciones y fondos de inversión de la familia habían sido liquidados en secreto por mi padre en un vano intento de afrontar sus deudas antes de morir.
Fue aquella una etapa especialmente amarga.
De la noche a la mañana, tuve que enfrentarme al acoso constante de los acreedores, a todo tipo de llamadas incómodas y a tensas reuniones con varias entidades bancarias.
Desde entonces, cada mes era una carrera contrarreloj para cubrir hipotecas y préstamos bancarios que me mantenían en una asfixia económica permanente.
Incluso me había visto obligado a vender mi fabuloso Porsche 911 de época, el regalo que mi padre me había hecho al cumplir la mayoría de edad. Aún recordaba el sonido del potentísimo motor alejándose por última vez y la absurda sensación de estar despidiéndome de algo más que un coche.
Por suerte, el club —bajo mi dirección— funcionaba de manera extraordinaria. Las cuentas empezaban a estabilizarse y, si todo seguía así, podría liquidar en un plazo razonable las deudas heredadas. Pero no me engañaba: mi posición seguía siendo demasiado frágil.
Vivía sosteniendo un castillo de naipes que podía venirse abajo con la más mínima ráfaga de viento.
—No puede pasar nada más… —murmuré para mí, tratando de tranquilizarme.
Aun así, al pasar junto a uno de los robles del jardín, apoyé la mano en el tronco, casi por instinto. Nunca había sido supersticioso, pero últimamente me había vuelto precavido.
A veces pensaba en lo distinto que habría sido todo con un hermano a mi lado, alguien con quien repartir responsabilidades. Pero era hijo único, y mi madre no entendía de números ni de estrategia; para las cuestiones económicas era poco menos que un cero a la izquierda.
Por un instante, eché la vista atrás y recordé los años en los que mi mayor preocupación era elegir con qué chica saldría el fin de semana, a qué destino volaríamos en verano o qué plan improvisar con los amigos. Entonces creía que la vida sería siempre así de sencilla.
Qué ingenuo había sido.
¿De verdad existió esa época? ¿Fue real?
Últimamente tenía la extraña sensación de haber vivido una especie de fantasía, un sueño edulcorado del que me habían despertado con brusquedad.
Y, casi sin querer, pensé en Carolyn, la bellísima Carolyn, l a única chica a la que me había tomado en serio a pesar de que, en realidad, nunca había creído demasiado en el amor romántico.
Carolyn había estado ahí cuando mi apellido todavía abría puertas y mi futuro se dibujaba con letras triunfales.
Pero en cuanto entendió que mi vida se tambaleaba, que ya no era uno de los príncipes herederos de Harbor City, sino el hijo de un hombre arruinado y defenestrado, desapareció, como las ratas que abandonan un barco que empieza a hundirse.
Apreté la mandíbula.
Aún me escocía. Menos que antes, pero lo suficiente. Al menos, aquello me había dejado algo claro: no volvería a implicarme más de lo necesario con ninguna mujer. Jamás.
Además, demasiado daño habían hecho esas malditas películas de Hollywood, vendiendo fantasías a medida para ingenuos. ¿Quién se creía de verdad esa estupidez de la media naranja? ¿El amor de tu vida? ¿La fidelidad eterna?
Pamplinas.
Historias bien empaquetadas para quienes necesitaban creer en algo que, sencillamente, no existía.
Entré en la cafetería del club buscando con la mirada a Troy y a Madison.
Los localicé enseguida. Estaban sentados en nuestra mesa habitual, junto al ventanal que daba a las pistas de tenis. Troy revisaba distraídamente el menú, aunque probablemente se lo sabía de memoria. Madison, en cambio, parecía más interesada en su móvil que en la carta.
Todos los jueves comíamos juntos allí. Era una costumbre heredada de los años del instituto, una especie de pacto silencioso para no perder el contacto.
Hasta hacía tan solo unas semanas, aquellas comidas eran divertidas, llenas de bromas y planes improvisados, pero de pronto se habían convertido en reuniones plagadas de caras largas y gestos de preocupación.
—¿Qué tal? —saludé al sentarme frente a ellos.
Troy alzó la vista primero.
—He tenido días mejores —respondió en tono fúnebre tras emitir un hondo suspiro.
Era obvio que la inactividad laboral no le sentaba demasiado bien.
Desde que lo habían despedido, de un día para otro y sin dar la más mínima explicación, de Montgomery Legal Group, el despacho de abogados más prestigioso de la ciudad, no levantaba cabeza.
Troy fingía que no le afectaba, pero yo lo conocía lo suficiente como para saber que aquello lo estaba minando por dentro.
Madison dejó el teléfono sobre la mesa.
—Yo estoy decidiendo entre una hamburguesa bien grasienta y un filete empanado con patatas fritas —declaró tras cerrar la carta de un rápido movimiento—.
Es lo bueno de no tener que embutirte en un vestido de boda que casi te corta la respiración.
Ahora ya puedo comer lo que me venga en gana…
—agregó con un sarcasmo ajeno a su verdadera naturaleza.
Desde que recibió las fotos de Henry, su prometido, besándose con otra chica justo unos días antes de la boda, estaba insoportable, aunque la entendía.
La cancelación del enlace matrimonial, apenas diez días atrás, había sido todo un escándalo, sobre todo porque las fotos en cuestión habían corrido como la pólvora por internet.
En nuestro mundo, la humillación privada podía ser soportable. La pública, no.
—Quizá te hayan hecho un favor, Madie —murmuró Troy, encogiéndose de hombros—. Mejor ahora que dentro de unos años, ¿no crees?
Madison lo fulminó con la mirada.
—¿En serio? Por esa regla de tres, lo mismo te han hecho un favor a ti también con despedirte… Puede que encuentres un trabajo mejor, ¿no crees? —replicó con amargura mientras apretaba la servilleta como si estuviese retorciendo con saña el cuello de alguien.
—No es lo mismo, Madie, ¡no seas bruta! Además, estoy con Troy: si Henry ha sido capaz de irse a la cama con otra en vísperas de la boda, mejor que te hayas enterado antes de seguir adelante con él, ¿no…? Y en todo caso, si decides perdonarle, al menos lo harás con conocimiento de causa.
—¿Perdonar a ese cerdo? —rugió lanzándome la servilleta con rabia—. Antes me meto a monja, ¡lo juro!
¡Madre mía!, aquella historia empezaba a adquirir tintes de tragedia griega.
—No sé yo si te veo de monja, la verdad… —declaré tratando de quitar hierro al asunto. La herida era reciente y a mi amiga le iba a costar lo suyo superar que su queridísimo Henry la hubiese traicionado de una manera tan rastrera.
—Menos bromas, Logan, ¡que si os pasara a vosotros algo así…!
—Te recuerdo que nos pasan otras cosas, Madie.
Se hizo el silencio durante unos segundos, un silencio algo incómodo.
—Perdonad, chicos, es cierto. Sé que estoy muy impertinente… Y lo peor de todo es que no puedo evitar seguir queriéndolo.
—¿Te sigue llamando? —pregunté mientras hacía una seña al camarero para que nos trajese las bebidas de siempre.
—Todos los días, pero como no le cojo el teléfono, me deja recados en el contestador.
—¿Y qué te dice, el muy imbécil? —indagó Troy con gesto de curiosidad.
La verdad es que el asunto era un poco raro. Henry podría tener sus defectos, pero en los cuatro años que llevaba saliendo con Madie jamás había dado un patinazo de semejante calibre. ¿Liarse con otra mujer días antes de la boda? ¡Qué poca puntería!
—Lo de siempre: me pide perdón y me insiste en que la chica lo persiguió por todo el gimnasio hasta que, tonto de él, picó. Que alguien le ha tendido una trampa…
—Bueno, eso es obvio: alguien ha querido aguarte la fiesta, pero ¿quién?
De nuevo aquella pregunta para la que no teníamos respuesta por muchas vueltas que diéramos al asunto.
—En cualquier caso, la responsabilidad es suya, siempre podría haber dicho que no… —comentó Troy encogiendo los hombros.
—Lo peor es que todo el mundo se ha enterado de que soy una cornuda.
—Tranquila, eso es lo de menos —mentí como un auténtico bellaco, tratando de dar ánimos a mi amiga. Siempre he considerado que los cuernos son más humillantes si son públicos.
—Cambiando de tema… —terció Madie tras emitir un suspiro de resignación. Se dirigió a Troy, que no dejaba de juguetear nervioso con el tenedor—. ¿Cómo va tu búsqueda de trabajo?
—¿La verdad? Mal. Cambiar de bufete mientras estás trabajando es fácil, pero hacerlo cuando te han puesto de patitas en la calle se convierte en misión imposible, sobre todo cuando los motivos del despido son desconocidos hasta para mí.
—¡Pero si antes te llovían las ofertas de otros despachos! Eres un abogado brillante…
—Eso era antes. Ahora me persigue la sombra de la duda y eso, en los despachos importantes, genera desconfianza. En breve tendré que empezar a buscar casi cualquier cosa si quiero seguir pagando la hipoteca sin recurrir a mis padres, o incluso pensar en trasladarme a otro estado…
Últimamente la mala suerte parecía perseguirnos como una manada de lobos a un rebaño de ovejas.
—Tranquilo, estoy segura de que te acabarán ofreciendo algo bueno —afirmé apretando de manera afectuosa el brazo de mi amigo en un intento de reconfortarlo.
Para Troy, descendiente de una larga estirpe de abogados de prestigio, su trabajo era sagrado, y la forma en la que lo habían despedido, algo degradante, le estaba afectando más de la cuenta.
—¡Ojalá tengas razón! —exclamó Madison cruzando los dedos y agachándose para tocar el suelo de madera, en un gesto similar al que había efectuado yo mismo minutos atrás con un árbol del camino—. Y tú, Logan, ¿has conseguido hablar ya con los nuevos inversores del club?
—No, me siguen dando largas —admití en tono de derrota—. He intentado fijar una reunión con ellos en reiteradas ocasiones, pero lo único que consigo es hablar con una secretaria medio imbécil que siempre promete devolverme la llamada para concretar una cita, pero que jamás cumple su palabra.
—Eso no es buena señal —murmuró Madison.
Jugueteé con el vaso de agua.
—Lo sé. Alguien ha adquirido el sesenta por ciento de las participaciones del club en cuestión de días. Todo perfectamente legal, pero perfectamente opaco también; ahora ya no soy el socio mayoritario.
Troy soltó un silbido bajo.
—¿Crees que quieren quitarte la dirección del club, o algo así?
—No lo sé —respondí con frialdad—. Pero no pienso quedarme esperando a que lo decidan.
Madison apoyó los codos en la mesa.
—Chicos, deberíamos salir este viernes a cogernos una buena cogorza. Creo que lo necesitamos, en serio.
La propuesta sonó más a desafío que a invitación.
Ni Troy ni yo contestamos. Ninguno de los dos estaba para una noche de desmadre. Al menos por el momento. Lo haríamos más adelante, cuando la vida nos sonriera de nuevo.
De pronto tuve la extraña sensación de que alguien estaba moviendo piezas en un tablero de ajedrez que hasta entonces me pertenecía en exclusiva.
Comimos en relativo silencio, cada uno sumido en sus propias reflexiones.