CAPÍTULO 3.
LOGAN.
—Jopé, ¿cuándo sabremos si Cara rota se ha chivado o no a la directora? —preguntó Madison, con voz angustiada, por enésima vez en lo que llevábamos de lunes.
—Quizá no sepa que fuimos nosotros… —comentó Troy en tono esperanzado mientras atravesamos el jardín interior del instituto camino al pabellón de deportes.
Ninguno de los tres contaba con ánimo para ir a la clase de gimnasia, pero tampoco se nos ocurría una excusa medianamente creíble para librarnos de ella.
—Por supuesto que sabe que fuimos nosotros —intervine sin poder ocultar del todo la preocupación en mi tono de voz—. Cara rota puede ser muchas cosas, pero no es estúpida.
La mañana había transcurrido con aparente normalidad, como si nada extraño hubiese ocurrido en la fiesta del viernes.
Sabía que la broma se nos había ido un poco de las manos, por supuesto, y que si el tema llegaba a oídos de la directora nos podría acarrear una sanción disciplinaria poco oportuna, pues los exámenes de acceso a la universidad estaban a la vuelta de la esquina.
Podrían, incluso, impedirnos la graduación por mucha influencia que pudieran llegar a tener nuestros padres.
¡Señor!, ¿cómo se nos había ocurrido cometer aquella idiotez?
¡Maldito ron con cola! Me juré no volver a beber esa porquería en los días de mi vida.
En el fondo estábamos un poco arrepentidos, aunque ninguno de los tres lo dijera a las claras.
No sabía bien si era debido a la gamberrada en sí o a las consecuencias que podría ocasionarnos.
Probablemente un poco a ambas cosas, aunque el recuerdo de Cara rota besándose con el tal Lucas (más tarde averigüé que el rubio aquel se llamaba así) me concedió licencia para intentar deshacerme de cualquier remordimiento.
Aún no entendía por qué me había molestado tanto aquello, aunque eso constituía el menor de mis problemas.
Por el rabillo del ojo me percaté de la repentina presencia de Alexandra, que se dirigía también al pabellón de deportes con su inseparable Paige.
Alguien le había cortado el pelo tratando de cuadrarle la melena a la altura de la barbilla, aunque el resultado parecía el trabajo de un peluquero completamente loco.
Imaginaba que la pintura que habíamos encontrado abandonada en el almacén del colegio era difícil de eliminar, y más aún del cabello.
Menos mal que la mezclamos con agua porque quedaba poca y estaba muy espesa; de lo contrario, quizá Cara rota se hubiese tenido que rapar el pelo a lo teniente O´Neill.
Tenía que reconocer que la chica poseía temple, pues ni siquiera se había dignado a dedicarnos una sola palabra de reproche por lo sucedido.
Probablemente prefería torturarnos así, dejándonos con la duda de si acudiría o no con el cuento a la dirección del colegio.
Hubiese preferido mil veces que viniese a enfrentarnos de una vez y que dejase de fingir tanta indiferencia.
En cuanto Troy y yo entramos en los vestuarios masculinos, noté que el ambiente estaba tenso.
Todos se habían enterado de lo ocurrido en la fiesta, por supuesto, y aunque en general el asunto había sido objeto de cierta mofa, unos pocos se habían atrevido a recriminar tibiamente nuestra acción, cosa que me molestó.
Tampoco había sido para tanto, la verdad.
Salimos al gimnasio sin demasiada prisa, pues todavía faltaba un buen rato para que llegara el profesor de educación física, el señor Robers.
Fue entonces cuando alguien propuso jugar al baloncesto y algunos comenzamos a formar dos equipos mixtos mientras otros se tiraban cómodamente en las colchonetas a esperar la aparición del profesor.
Me sorprendió que Cara rota se acercara para entrar en la partida.
Nunca lo hacía.
ALEXANDRA.
—No me puedo creer que ninguno de esos tres cabrones te haya pedido perdón —señaló Paige con rencor mientras nos dirigíamos a la zona de las espalderas. Nos gustaba sentarnos allí y esperar al inicio de la clase intercambiando confidencias, alejadas de los demás.
—Pues a mí no me pilla por sorpresa. Pero no importa, a todo cerdo le llega su San Martín —repliqué mencionando una frase que me hacía mucha gracia, aunque la de «ojo por ojo» todavía me gustaba más.
—Pero ¿por qué demonios no has querido hablar con la directora? Seguro que los hubiesen expulsado unos días del colegio, ¡eso como poco! Además, mira el desastre que te he tenido que hacer en el pelo…
—Ya te he dicho que no soy de las que se chivan.
—No fastidies, Lexi, ¡pues déjame contarlo a mí! Esto no puede quedar así… Llevan dos años buscándote las vueltas, ¿no te parece que es el momento de devolver alguna?
—¿Y qué crees que conseguiría? ¿Perderlos tres días de vista? Y a lo mejor ni eso. La madre de Madison forma parte de la asociación de padres y la de Troy es pariente de la directora… Como mucho les darían un tirón de orejas, nada más.
—Pues ale, ¡que se vayan de rositas otra vez!
—Yo no he dicho eso. ¿Nunca has escuchado que la venganza es un plato que se sirve frío?
—¿Se puede saber qué es lo que tienes en mente?
—Cuando lo sepa, te lo diré. Pero no será aquí, ni ahora. Antes tenemos que estar en igualdad de condiciones.
—¿Igualdad de condiciones? ¿A qué te refieres…?
La cara de intriga de Paige era de lo más elocuente, aunque no me pareció el momento ni el lugar adecuado para sincerarme respecto a todas y cada una de mis ambiciones.
Preferí propinarle un puñetazo cariñoso en el hombro antes de levantarme de un salto para dirigirme a la cancha de baloncesto.
Puede que aún no hubiese llegado el tiempo de ajustar las cuentas con esos tres idiotas, pero algo me impulsaba a seguir midiéndome con ellos, aunque en ese momento no sería en las aulas, sino con un balón en las manos.
—Ya hablaremos de eso. Voy a apuntarme a la partida, ¿te vienes?
—¿Con esos? No, gracias, ¡y tú tampoco deberías!
Le respondí con una sonrisa de gratitud. No estaba acostumbrada a que alguien se preocupara tanto por mí.
Me acerqué a la cancha justo cuando estaban formando los equipos.
Logan, Troy y Madison quedaron juntos en el mismo equipo, acompañados por dos chicas de su órbita habitual.
Yo me integré en el contrario.
Notaba la mirada de Logan fija en mí, pero no había burla en su expresión, ni tampoco desprecio. Era algo más extraño. Una mezcla incómoda de sorpresa y algo que se parecía demasiado al respeto, aunque puede que me equivocara, por supuesto.
Troy, por el contrario, apenas me miraba, incómodo con mi presencia. ¿Pensaría quizá en lo ocurrido el viernes?
—¿Seguro que sabes jugar? —preguntó Madison dedicándome una sonrisa helada.
No respondí. Me limité a colocarme en mi posición y el partido comenzó.
Sabía que, entre las chicas, yo era la más atlética, la más rápida. Corría ligera, anticipando jugadas y robando balones con precisión quirúrgica mientras escuchaba un par de comentarios sorprendidos desde las colchonetas.
A mitad del partido íbamos empate y la tensión empezó a ser palpable.
Mientras que Logan y Troy apenas se acercaban a mí, evitando disputarme el balón salvo en contadas ocasiones, Madison comenzó a marcarme más de la cuenta.
Primero fueron roces “accidentales”. Luego agarrones disimulados.
Después, un empujón claro cuando salté a por un rebote. La pelota rodó fuera de la cancha.
—¿Tienes algún problema? —pregunté.
—Ninguno.
—Eh, para ya, Madison —gritó alguien de mi equipo. Sentí que era la primera ocasión en la que alguien me defendía públicamente, desafiando a un integrante del poderoso trío.
Un hecho histórico, sin duda.
De pronto, sentí que algo explotaba en mi interior, al igual que un volcán que erupciona tras años de contención.
No solía dejarme llevar por mis emociones, pues la vida me había enseñado a conservar la mente fría para encarar los problemas, pero aquel día la ira nubló mi buen juicio y me dediqué a pagar con la misma moneda a Madison, marcándola con dureza hasta que esta detuvo el juego y estalló:
—Eh, ¡tú!, Cara rota , ¿se puede saber qué estás haciendo?
Era la primera vez que alguien osaba llamarme de aquella manera, al menos a la cara.
Me acerqué a ella en actitud amenazante, con los músculos tensos y el rictus torcido.
—¿Qué me has llamado?
— Cara rota —repitió Madison dedicando media sonrisa a los demás, que empezaban a colocarse en círculo a nuestro alrededor. Parecían expectantes, esperando que ocurriera lo que había sido postergado, quizá, durante demasiado tiempo.
—Me parece increíble que no seas consciente de lo estúpida que eres, con tus ínfulas de grandeza y tu ridícula prepotencia…
No debía estar acostumbrada a que alguien le hablara así, pues me miró con gesto de estupor, como si le costara entender el significado de mis palabras. Esperé una réplica mordaz por su parte, pero se limitó a darme un ligero empujón en los hombros mientras decía en tono despectivo:
—¡Lárgate de una vez!
Reaccioné de inmediato, devolviéndole el empujón sin pensármelo siquiera.
Después nos quedamos inmóviles, mirándonos a los ojos en actitud desafiante hasta que ella levantó lentamente los puños a la altura de la cabeza y separó las piernas, una delante de otra, en posición de guardia.
La imité con rapidez, aceptando con placer el tácito desafío.
Observé por el rabillo del ojo que el resto de los compañeros se acercaba con premura para ver el espectáculo, incluyendo a Paige, que nos miraba con cara de susto.
Volví a centrar mi atención en Madison, que se movía con lentitud tratando de acercarse a mí, pero sin bajar la guardia.
No era la primera vez que me peleaba, por supuesto, aunque jamás había imaginado que lo haría en aquel colegio tan fino, ni con Madison como contrincante.
Me sorprendió lo bien que parecía desenvolverse, pues por lo general las chicas se peleaban sin táctica alguna, intentando agarrar del pelo a su contrincante.
No era mi caso. Ni el de Madison, por lo que veía.
Por sus movimientos deduje que debía de haber recibido clases de algún tipo de arte marcial, tan de moda últimamente entre las niñas pijas, en aquella mierda de club deportivo en el que estaba metida todo el día, propiedad de la familia de Logan Dawson.
La dejé aproximarse a mí hasta que soltó el primer golpe.
Lo hizo mediante un latigazo rápido y directo a mi mentón, pero yo estaba preparada para algo parecido.
Lo esquivé sin problemas y aproveché para lanzar mi derecha contra su mejilla, abriendo la mano de manera deliberada tras considerar que un buen bofetón la humillaría más que un puñetazo.
El guantazo fue apoteósico y me supo a gloria bendita.
Sonreí con satisfacción al ver su cara de furia.
Aún así, no se dejó amilanar y trató de alcanzarme en varias ocasiones, pero yo conseguí zafarme, una y otra vez, sin problemas.
Puede que a aquella especie de Barbie odiosa le hubiesen enseñado los principios básicos del kárate, pero yo me había visto obligada a defenderme de otros niños desde bien pequeña.
Me dediqué a jugar con ella, esquivando sus golpes mientras bailaba burlona a su alrededor, propinándole, ya de paso, unas cuantas bofetadas, pero cuando consiguió conectarme un golpe en el cuello decidí que se habían acabado las bromas.
Por un momento consideré que, si le hacía daño, podría jugarme la expulsión del colegio a un paso de los exámenes, lo que me hizo dudar, pero la tentación era demasiado fuerte como para resistirme a ella.
Simulé un ataque por la izquierda y de inmediato me lancé a la carga desde el costado.
Durante un par de segundos tuve su cara a mi merced, preparada para recibir mi puño, pero entonces escuché la voz de Logan gritar.
—¡Parad, por favor!
Giré los ojos hacia él apenas un segundo. Allí estaba, con la camiseta sudorosa, pero bello como un dios griego. Lo extraño fue que, durante una milésima de segundo, vi algo en su expresión que me desconcertó. Preocupación, quizá, pero no solo por su amiga, sino también… ¿por mí?
Ese instante fue suficiente.
Madison aprovechó mi distracción y lanzó un derechazo con toda su fuerza. Sentí el impacto en la sien.
No dolió al principio; tan solo vi un estallido blanco, un arcoíris eléctrico cruzándome por los ojos.
El suelo se inclinó hacia mí y alguien gritó mi nombre. Después, todo se volvió negro.