CAPÍTULO 2. #3
Fue un beso agradable, es todo lo que puedo decir, puesto que ni vi estrellas, ni el mundo tembló a mis pies, ni nada por el estilo.
Estuvimos un buen rato besándonos mientras yo me preguntaba si sentiría lo mismo con otro chico, uno que me gustase de verdad.
La inoportuna imagen de Logan apareció en mis pensamientos como un invitado no deseado, lo que me hizo interrumpir el contacto y separarme de mi acompañante con cierta brusquedad. Necesitaba un respiro.
—Tengo que ir al baño, ¿me esperas?
—Claro que sí, de aquí no me muevo hasta que vuelvas… —susurró cogiéndome la mano para llevársela a los labios en un gesto caballeresco. ¡Madre de Dios!, aquel chico sería capaz de conquistar a casi cualquier mujer de aquel lado del hemisferio. Lástima que a mí no.
Saludé a Paige, que continuaba hablando animada con su acompañante, antes de salir de la sala de actos camino al cuarto de baño.
Me alegraba por mi amiga, pues necesitaba con urgencia que alguien, que no fuera yo, le subiera el ego.
No debía de ser fácil cargar con el San Benito de ser la gordita de la clase, aunque yo tenía fe en que volase alto en cuanto cambiara de aires y saliera del ambiente viciado de aquel colegio.
Decidí acudir a los servicios de Primaria.
Estaban algo alejados, pero por eso mismo estarían vacíos.
Me notaba acalorada, por lo que me mojé la nuca en el lavabo antes de encerrarme en uno de los pequeños habitáculos para hacer pis.
De inmediato, escuché que alguien más entraba en la estancia.
Eran tres voces que cuchicheaban y reían, dos masculinas y una femenina.
Mis alarmas se dispararon en cuanto identifiqué la voz profunda y varonil de Logan.
Nada bueno tramaban, eso seguro. Terminé y esperé de pie con la esperanza de que se fueran, aunque también consideré la posibilidad de salir de una vez y huir a toda velocidad.
De pronto, se quedaron en silencio y escuché un ruido sobre mi cabeza.
Los cuartos de baño del instituto estaban abiertos por arriba, por lo que tuve el tiempo justo de ver cómo me caía encima un cubo entero de un líquido que me empapó el pecho y me salpicó el pelo.
Enseguida escuché unas risotadas antes de que los autores de la fechoría abandonaran la estancia con paso apresurado.
Permanecí de pie e inmóvil, sin saber muy bien qué hacer. El líquido era una mezcla de agua y pintura roja. Suponía que lo habrían sacado de alguna de las aulas. Mi vestido estaba arruinado, pero lo que me preocupaba era el pelo; quizás tuviera que cortarlo.
Hacía mucho tiempo que no lloraba. Demasiado, quizá. Traté de reprimir las lágrimas que, inexorables, fluyeron a raudales de mis ojos hasta que escuché a Paige entrar en el baño y llamarme a gritos.
—Lexi, ¿estás aquí?
Decidí salir por toda contestación. La cara de mi amiga era todo un poema.
—¡Hijos de p…! Ya decía yo que estabas tardando demasiado. ¿Quién ha sido?
—Imagina… han sido esos tres idiotas en persona —logré decir, obligándome a reaccionar. Debía irme de allí cuanto antes, sin que nadie más me viera. De lo contrario, sería todavía más humillante para mí.
—¡Esos cabrones otra vez…! Esta vez se les ha ido de las manos. El lunes mismo hablamos con la directora, esto no va a quedar así —masculló mi amiga escupiendo cada palabra. Nunca la había visto tan furiosa.
—Necesito que me saques de aquí. Apuesto a que ya tengo un comité de recepción esperando para sacarme unas cuantas fotos con esta pinta…
—¡Ni lo dudes! Deben de estar a la espera de que decidas salir por la entrada principal —dijo con gesto de preocupación—. Pero podemos intentar escapar por la puerta de Infantil. Seguro que se puede abrir desde dentro y si no, salimos al patio y saltamos por la verja a la calle como podamos.
Tuve un intenso sentimiento de gratitud hacia mi amiga. La habría abrazado si no llegase a ser porque la hubiese puesto perdida.
Abandonamos los servicios y recorrimos a oscuras parte del jardín interior tras conseguir una especie de túnica que se utilizaba para las obras de teatro y que intercambié por mi vestido arruinado.
Las puertas al exterior estaban cerradas con llave, por lo que nos vimos obligadas a salir al patio y escalar la verja para llegar a la calle.
Enseguida cogimos un taxi y nos dirigimos a casa de Paige, pues ya habíamos acordado previamente que aquel día dormiría en su casa.
Casi mejor, iba a necesitar su ayuda con lo del pelo.
Dentro del vehículo, mi amiga me cogió la mano en un gesto de consuelo mientras yo miraba hacia fuera tratando, esta vez con más éxito, de controlar las lágrimas.
Por un momento me pregunté qué pasaría con Lucas.
¿Le habrían contado lo ocurrido? Esperaba que no, la verdad.
Prefería que me tachara de maleducada por desaparecer sin despedirme a que se enterara de la verdad.
Me había sentido humillada muchas veces en mi vida, demasiadas quizá, pero nunca tanto como aquel día. Tuve conciencia del profundo odio y rencor que sentía contra la vida que me había tocado en suerte, contra un sistema que nunca me había regalado nada.
Y, sobre todo, contra aquellos tres idiotas que se empeñaban en recordarme, día tras día, cuál era mi lugar en su jerarquía inventada. Conmigo ya acumulaban una lista demasiado larga de afrentas.
Algún día, de una forma u otra, se las devolvería.
Especialmente a Logan Dawson.