CAPÍTULO 2. #2
Los siguientes veinte minutos me dediqué a observarla con disimulo mientras fingía seguir la conversación del pequeño grupo que se había reunido a mi alrededor, formado por varios compañeros de clase.
De pronto, un tipo rubio y alto que no me sonaba de nada se acercó a ella con una sonrisa demasiado confiada. Alexandra dudó un segundo, pero finalmente le devolvió la sonrisa.
La pelirroja continuaba lanzándome miradas desde el otro lado de la pista, insistente, casi desafiante. Un rato antes habría bastado eso para que me acercara a entablar conversación, sin embargo, ya no me interesaba.
No tenía claro qué había cambiado. Solo sabía que algo —o alguien— había desplazado mi atención. Y que esa pérdida de control, por mínima que fuera, me estaba irritando más de lo que estaba dispuesto a admitir.
ALEXANDRA.
—No sabía que iba a haber tanta gente… —dije por lo bajo mientras nos acercábamos a la improvisada barra, montada en un extremo de la sala de actos del colegio, a por algo de bebida.
—¡Mejor! Lo mismo conocemos a alguien interesante —replicó Paige haciendo gala de un optimismo que yo no compartía—. ¿Qué tomamos?
—Yo quiero una Coca Light —contesté recolocando el tirante de mi vestido y considerando que, teniendo en cuenta mis antecedentes familiares, más me valía mantenerme alejada del alcohol de por vida.
Me encontraba incómoda vestida así; tenía la sensación de ir marcando demasiado el cuerpo y de atraer en exceso las miradas ajenas, sobre todo las de los chicos. Además, el rímel que había insistido Paige en aplicarme en las pestañas me escocía un poco.
—¡Mira que eres sosa! Pues yo me la pienso mezclar con un poco de whisky , que, por cierto, no sé quién lo habrá traído, pero me parece una buenísima idea.
Observé a mi amiga servirse una copa. Consideré que estaba mejor que nunca, con su vestido color ocre, su media melena castaña peinada con raya en medio y su cara despejada, libre de aquellas horribles gafas que había sustituido durante unas horas por unas lentillas.
Lástima que no las pudiera usar más a menudo sin que le empezasen a lagrimear los ojos.
Nos acomodamos en un extremo de la barra, desde donde teníamos una vista privilegiada de la pista. Observábamos las idas y venidas de la gente, comentando en voz baja cada gesto, cada acercamiento sospechoso, cada pareja improvisada que se formaba bajo las luces tenues.
Mientras tanto, yo hacía un esfuerzo casi heroico por no dirigir la mirada hacia el centro de la sala.
Hacia Logan Dawson.
Como siempre, sobresalía sin necesidad de intentarlo.
No era solo cuestión de estatura o de físico; era esa seguridad insolente, esa forma de moverse como si el espacio se reordenara a su alrededor.
Una vez más me sorprendí preguntándome por qué los dioses habían sido tan escandalosamente generosos con él.
Podrían haberlo hecho jorobado, o bizco, o, al menos, haberle regalado unos cuantos granos estratégicamente situados en el rostro.
El universo sería un lugar bastante más justo.
Los minutos pasaron y, en un momento determinado, me moví un poco hacia atrás hasta sentir que chocaba con alguien. De inmediato, me di la vuelta para disculparme.
—Perdona.
—Tranquila, no ha sido nada.
Se trataba del chico alto y rubio al que Paige había fichado desde hacía ya un buen rato. Me dedicó una sonrisa de blanquísima dentadura que, seguro, habría derretido a cualquier otra que no fuera yo. Aun así, me cayó bien.
—Me llamo Lucas, ¿y tú?
—Alexandra.
—Encantado, Alexandra —susurró lanzándose a darme dos besos en ambas mejillas con soltura—. ¿Y tu amiga?
—Soy Paige, encantada —se presentó la aludida, ofreciendo la mejilla para recibir también los consabidos dos besos. ¡Qué manía tenían los niñatos aquellos con tanto besuqueo de presentación! Me ponían nerviosa.
—Este es mi amigo, Mason —dijo a continuación el tal Lucas tras agarrar de la camisa a un chico bajito y algo esmirriado, pero con pinta de simpático, que se acercó a nosotras saludando con desenvoltura.
De inmediato, iniciamos dos conversaciones paralelas: Paige con el tal Mason y yo con Lucas, como si de forma natural siguiéramos un guion previamente establecido. Por la forma desinhibida con la que se comportaban, comprendí que aquellos dos tenían bastante práctica en ese tipo de acercamientos.
Lucas hablaba conmigo desplegando todos sus encantos y acercándose a mí algo más de la cuenta, aunque no me importó, pues en el fondo me sentí halagada de haber despertado el interés de un chico tan atractivo.
Cuando, tiempo después, me cogió de la mano para llevarme a un discreto y poco iluminado rincón de la sala donde había varias parejas besándose sin demasiado recato, lo seguí sin oponer resistencia.
Constaté que algunas de mis compañeras me miraban con cara de furia, lo que me hizo esbozar una sonrisa divertida.
¡Vaya, vaya!, ¿había un mosqueo generalizado porque me llevaba a uno de los machos alfa de la manada?
¡Si supieran que no me interesaba lo más mínimo!
Fue en ese momento cuando mi mirada se cruzó con la de Madison.
¡Dios!, aquella chica destilaba odio puro.
Aparté la vista tras dedicarle una sonrisa desafiante, pues, de pronto, no tuve ninguna duda sobre lo que quería hacer a continuación.
Nunca me había besado con nadie, al menos de manera intencionada, pues más de una vez me había visto obligada a quitarme de encima a un par de asquerosos del centro de menores que pretendieron obtener a la fuerza lo que voluntariamente no quise dar, pero puede que aquel fuese un buen momento para estrenarme: Lucas era un encanto y me sentía a salvo a su lado.
Sus modales refinados, su ropa de marca y su olor a champú caro me resultaban atrayentes.
Además, sería una manera de darles en los morros a toda aquella panda de arpías que en ese mismo instante me espiaban, deseándome, seguramente, las siete plagas de Egipto.
—¿Sabes que eres la chica más interesante que hay aquí? Y la más guapa también… — murmuró el rubio, acercando su boca a mi oreja en un gesto que me pareció perturbador.
—¿En serio? —respondí. Nunca me había considerado demasiado guapa, quizá porque siempre había sido un poco desastrada y no me preocupaba demasiado por mi aspecto, aunque últimamente el espejo me decía otra cosa.
—Completamente en serio. Y esta marca… ¿cómo te la hiciste? —preguntó acariciando mi cicatriz con el dedo índice desde el principio hasta el final, en un lento recorrido de lo más erótico. Era la primera vez que alguien me la tocaba de manera deliberada, y admito que tuvo algo de embriagador.
—Fue en un safari por África con mis padres. Un accidente. Casi prefiero no recordarlo…
¿Qué iba a decir?, ¿que mi madre yonqui y alcohólica permitió que me ocurriera cualquier barbaridad? Mejor que no.
—¡Guau! —exclamó, impresionado—. Pues te queda genial, ¿lo sabías? —agregó fijando de manera descarada la vista en mis labios.
¿Genial? Me entraron ganas de reír, pero no lo hice porque tuve la certeza de que el chico hablaba con absoluta sinceridad.
Además, su boca comenzaba a acercarse con peligro a la mía y tenía otras cosas en las que pensar.
Tuve el impulso de apartarme, pues de pronto me parecía un tanto obsceno que mi primer beso fuera contemplado por toda aquella panda de idiotas que no parecía quitarme el ojo de encima.
En los siguientes tres segundos cambié de opinión cinco veces al respecto.
Es increíble cómo el cerebro es capaz de funcionar a velocidades tan vertiginosas en ciertos momentos.
Al final, nuestros labios terminaron por unirse mientras Lucas me agarraba por las caderas.
Sus movimientos hablaban de precisión y seguridad; era obvio que, al contrario que yo, no era novato en semejantes lides.
Me esforcé por estar a la altura de las circunstancias y mi lengua se enredó con la suya en una cadencia suave al principio, más intensa después.
Agradecí que no llevara ningún aparato dental y que su aliento fuera fresco, aunque tenía un ligero sabor a cola con whisky .