CAPÍTULO 2.
ALEXANDRA.
—Paige, no insistas. No voy a ir —repetí por enésima vez mientras apartaba mi cuenco vacío en la mesa del comedor.
A diferencia de la mayoría de los alumnos, que se quejaban del menú como si fuera un atentado gastronómico, a mí la comida del instituto me parecía excelente. No tenía nada que ver con los platos recalentados y sin sabor del centro de menores.
—¿Pero por qué no? ¡Es la fiesta de fin de curso! —protestó Paige, rebañando su arroz con leche con un entusiasmo casi infantil—. Además, he oído que va a venir parte del equipo de natación de no sé qué instituto, y dicen que están de escándalo.
La miré por encima de mi vaso de agua, escéptica.
—Ah, claro. Ese argumento sí que es irrefutable…
Probablemente yo era la única chica del curso que no había tenido ni un solo escarceo romántico.
Incluso Paige había acumulado un par de “historias de verano” que relataba como si fueran capítulos de una saga épica.
A mí, en cambio, todo aquello me importaba un rábano.
No podía permitirme distracciones absurdas.
Necesitaba conservar mi media impecable; mi futuro dependía de eso, entre otras cosas.
—Vamos, Lexiiiii… —insistió, alargando mi apodo con dramatismo.
Negué con la cabeza.
—No me parece buena idea, Paige. Además, tengo que estudiar. Los exámenes finales y el SAT están a la vuelta de la esquina.
Había algo más, por supuesto. Sabía que la fiesta estaba organizada, en gran parte, por el trío dorado de St. Thomas —Logan, Madison y Troy—, y aquello no me inspiraba precisamente confianza.
—Lexi, por favor. No seas aguafiestas… además, ya sabes que vas a sacar un diez en todo.
Cuando a mi amiga se le metía algo en la cabeza, era difícil hacerla cambiar de opinión.
—No sé… Tengo la sensación de que no es buena idea que vaya.
Paige dejó la cuchara sobre la mesa con un golpe suave.
—Si tú no vas, yo tampoco podré ir...
Suspiré.
Ese era el único argumento capaz de debilitarme.
—Aunque quisiera ir, no tengo nada que ponerme —murmuré—. Y es el próximo viernes.
Nada en mi armario era remotamente apropiado para una fiesta de ese tipo, y no me apetecía ser, de nuevo, el hazmerreír de los demás debido a mi indumentaria.
—Podemos ir de compras esta misma tarde. Invito yo.
Negué con la cabeza de inmediato.
—Ni hablar.
No me gustaba que Paige se gastara su dinero en mí.
Ya había hecho más que suficiente comprándome material escolar, unas zapatillas decentes para Educación Física y regalándome su ordenador antiguo, un portátil que ahora era capaz de desmontar y montar con una facilidad que a ella le parecía magia y a mí, simple lógica.
—No seas tonta, Lexi —replicó poniendo los ojos en blanco—. Considéralo el precio por acompañarme a la fiesta. Además, mis abuelos me han dado dinero por mi próxima graduación y no tengo otra cosa mejor en qué gastarlo.
Apreté los labios. Mi orgullo siempre libraba batallas inútiles cuando se trataba de Paige.
—Está bien —cedí al final, suspirando despacio—. Pero que conste que lo hago por ti. No me hace ninguna ilusión asistir a una fiesta organizada, básicamente, a la mayor gloria de Logan Dawson y su panda de aduladores.
Paige sonrió triunfante.
—Tranquila, ese día estarán a lo suyo.
No estaba tan segura.
Por la tarde, al regresar al aula para recoger mis cosas, supe que algo iba mal incluso antes de abrir mi taquilla. La cerradura estaba ligeramente forzada y, al abrirla, lo confirmé.
Había desaparecido mi compás y el resto del material para las clases de Dibujo Técnico.
Por si fuera poco, las láminas que tenía que entregar a la señorita Britton estaban emborronadas y hechas un desastre.
Toda una tarde de esfuerzo tirada a la basura, por no hablar de que ya no podría entregar los trabajos a tiempo.
Además, era el tercer compás que me desaparecía en lo que llevaba de curso.
Respiré hondo.
—No puede ser… —murmuró Paige al verlo—. Tranquila, me quedo esta tarde contigo y lo rehacemos juntas. Podemos usar mi material.
—Ya, pero voy a necesitar un compás para el examen y… ¡Malditos! —No terminé la frase porque no hacía falta. Los compases no eran baratos, al menos los buenos.
La rabia me tensó los músculos. Tuve que contener el impulso de ir directamente a buscar a Logan y a sus secuaces y exigir explicaciones. Pero no. Debía dominarme y actuar con cautela. En el fondo, eso era exactamente lo que buscaban: que saltara, que perdiera el control y me enfrentara a ellos.
Sabía que estaban detrás de aquello, por supuesto. Como siempre. Aunque el trío diabólico rara vez actuaba de forma directa, su especialidad no era ejecutar, sino mover los hilos, y siempre había voluntarios dispuestos a obedecer, encantados de ensuciarse las manos por ellos.
—¡Calma! Le diré a mi madre que lo he vuelto a perder y que me compre uno nuevo… aunque ya te he dicho mil veces que deberías hablar con la señorita Rivers. No puedes seguir aguantando este tipo de cosas.
—¿Para qué? Dudo mucho que me hiciera demasiado caso…
—Oh, vamos, Lexi… ya van varias faenas de este tipo en lo que llevamos de curso. ¿Hasta cuándo piensas aguantarlo?
—No seas ingenua, Paige. ¿De verdad piensas que el colegio no sabe lo que ocurre en sus aulas? Simplemente mira hacia otro lado. Además, ya te he dicho muchas veces que no soy una chivata.
En el mundo en el que yo había crecido, tan distinto al de aquellos niñatos que lo tenían todo y no valoraban nada, chivarse era peor que cometer cualquier tropelía.
Los chivatos eran señalados, apartados, condenados al aislamiento.
Yo aprendí muy pronto que era preferible devolver el golpe por uno mismo que acudir llorando a un profesor.
Ya encontraría la forma de hacer justicia.
Aún no sabía cómo, ni cuándo. Pero lo haría.
LOGAN.
La fiesta estaba siendo todo un éxito. El ambiente, vibrante y desinhibido, tenía esa mezcla de euforia y exceso que siempre precede a las vacaciones de verano, con alumnos del último curso y un desfile interminable de chicos y chicas de colegios cercanos a los que habíamos invitado.
El instituto nos había cedido el inmenso salón de actos, ese mismo en el que, durante el año, se representaban obras de teatro y se celebraban todo tipo de ceremonias.
Aquella noche, sin embargo, lo habíamos transformado por completo, retirando casi todos los asientos y envolviendo el espacio en una penumbra calculada, apenas iluminada por luces indirectas, mientras la música —una selección bastante romántica— se encargaba del resto.
También habíamos introducido alcohol a hurtadillas.
Sabíamos que estaba terminantemente prohibido, pero no habría profesores vigilando, solo un guardia de seguridad apostado en la puerta, cuya única misión consistía en desalojarnos a las dos de la madrugada y evitar, en la medida de lo posible, que aquello se descontrolara más de la cuenta.
Apuré mi ron con cola de un trago, a pesar de que sabía a demonios. El alcohol nunca me había gustado, pero en una noche como aquella, no beber era casi de pringados.
—Chicos, ¿habéis visto a la pelirroja? La del vestido azul —comentó Troy al regresar de la barra, copa en mano.
—¿Alguien sabe quién es? —pregunté, sin apartar la mirada. Estaba seguro de no haberla visto antes. De ser así, la recordaría.
—Ni idea… pero podríamos averiguarlo —intervino Tom, un compañero del equipo de fútbol americano, con una sonrisa cómplice.
Fue entonces cuando la chica, como si hubiera percibido nuestras miradas, giró la cabeza hacia nosotros y sonrió. Algo me dijo que aquel gesto estaba dirigido, exclusivamente, a mí.
Sonreí apenas. Nunca me había gustado precipitarme. Prefería dejar que la expectativa creciera, tensar un poco el momento. Así todo resultaba más interesante.
La música subió de intensidad y un grito estalló desde el centro de la pista.
Madison estaba rodeada de un pequeño corrillo, bailando con la seguridad de quien sabe que todas las miradas terminaban posándose en ella.
Reí por lo bajo, convencido de que una de las mejores cosas que había hecho en mi vida había sido mantener su amistad tras aquel breve idilio en el que ambos entendimos, sin necesidad de explicaciones, que no estábamos hechos el uno para el otro.
El ambiente vibraba, como si algo estuviera a punto de suceder.
—Eh… mira quién acaba de llegar —anunció Troy, esta vez con un deje de auténtica sorpresa en la voz.
Un par de chicas entraban a la inmensa sala mirando a su alrededor con curiosidad.
¡No podía ser! Eran la ratita con gafas y Cara rota .
¿Qué hacían allí ellas dos? Me constaba que nadie las había invitado, aunque, siendo honesto, debía reconocer que no necesitaban invitación.
Me irritó que Cara rota observara a los demás con gesto indolente, como si en el fondo le importara un pito el hecho de encontrarse allí.
—¿Habéis visto a Cara rota ? No parece ella… —musitó Tom, acercándose más a mí con aire conspirador.
Era cierto: no se parecía en nada a la chica que se sentaba dos filas por delante en clase.
Para empezar, había soltado la larga coleta que llevaba siempre, y el cabello oscuro le caía libre sobre los hombros, brillante, indómito, lustroso.
El vestido —sencillo, sin adornos innecesarios— se ajustaba a su cuerpo con naturalidad, marcando una silueta que jamás habría adivinado bajo sus eternas sudaderas unisex.
No era llamativa al estilo de Madison, era…otra cosa. Más peligrosa, quizá.
—Vaya, vaya… —murmuró Troy en mi oído—. La empollona sabe arreglarse.
No respondí, pero, por algún motivo, el comentario me molestó.
Pensé que, en aquel momento, podría pasar por uno de nosotros, una niña bien , aunque algo en su actitud revelaba que no se encontraba del todo cómoda con su atuendo.
Muy a mi pesar, tuve que reconocer que llamaba la atención de los presentes y no para mal, precisamente.
Varias cabezas se giraron casi al unísono cuando avanzó por la sala, como si llevara un imán invisible bajo la piel.