Mi querido enemigo CAPÍTULO 1. #3
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CAPÍTULO 1. #3

Desde el primer día que puso un pie en el St. Thomas —con el uniforme impecable y aquellos mocasines baratos que no combinaban con nada—, caminando por el patio como si no le debiera aquel privilegio a nadie, supe que sería una presencia incómoda, que no encajaría con los demás, ni tenía la menor intención de hacerlo.

Había otros becados, por supuesto, pero eran discretos, dóciles. Sabían cuál era su lugar y, sobre todo, no se atrevían a desafiar a quienes, en última instancia, costeaban sus estudios.

No era el caso de Alexandra.

Ella era desafiante, indomable, insolente y, para colmo, me había arrebatado el puesto al mejor estudiante del curso casi sin despeinarse. El León de Plata llevaba dos años escapándoseme por su culpa, y eso era algo que no podía perdonar.

La observé mientras cruzaba la entrada del edificio de los seniors . Se movía como un felino contenido, con una lentitud medida, precisa, como si cada paso respondiera a un cálculo invisible.

Antes de desaparecer, giró levemente la cabeza y nos lanzó una mirada oblicua, afilada, cargada de desprecio.

Había algo en ella que me incomodaba.

—Bah, olvidémonos de ellas —dijo Troy, encogiéndose de hombros mientras echábamos a andar—. Esta noche es lo importante. ¿Vamos a la fiesta de Fabio o qué?

Madison puso los ojos en blanco.

—Si vuelve a emborracharse como la última vez y a montar numeritos, me largo en cinco minutos.

—Fabio ha preguntado si vas —añadió Madison mirándome de reojo—. Dice que sin ti no hay fiesta…

—Que haga lo que quiera —respondí con cierta desgana.

Aquellas fiestas empezaban a aburrirme. Siempre era lo mismo: música alta, alcohol caro, chicas algo aburridas y chicos que competían por ver quién hacía más el idiota.

No sé por qué, pero últimamente nada de eso me resultaba especialmente interesante.

Prefería quedarme en el club jugando al tenis, o simplemente disfrutar en casa viendo alguna de mis series favoritas.

Entramos en clase de Matemáticas cuando la señora Rivers ya nos esperaba con expresión severa.

Siempre me habían gustado las matemáticas.

Eran un territorio claro, lógico. O estabas en lo cierto o no lo estabas, sin matices, sin excusas.

Pero aquel día me costaba concentrarme, y no por la ecuación de la recta en el espacio que la profesora desarrollaba en la pizarra, sino porque, una fila delante, a la derecha, se había sentado ella .

Alexandra Bennet.

La observé de nuevo, esta vez con detenimiento.

Tenía un rostro curioso, casi magnético: ojos grandes, de un gris oscuro que parecía absorber la luz, la nariz recta, los labios llenos y un mentón firme que le confería esa expresión constante de obstinación, como si estuviera siempre dispuesta a plantar cara, aunque lo más llamativo era aquella cicatriz cruzándole el rostro en diagonal, desde la frente al pómulo derecho.

No la hacía fea, en verdad, pero sí distinta.

Había oído rumores sobre su origen, algo sobre una pelea callejera que acabó mal, pero nada confirmado.

Me obligué a apartar la mirada justo cuando la profesora empezaba a repartir una hoja con un par de problemas para resolver.

El primero era sencillo y lo terminé rápido, pero el segundo era un auténtico galimatías. Fruncí el ceño, revisando los datos un par de veces, pues algo no encajaba del todo. El tiempo corría y levanté la vista instintivamente. El resto estaban igual de perdidos que yo.

Todos menos una.

Alexandra permanecía tranquila, con el bolígrafo girando entre sus dedos, esbozando una ligera sonrisa.

Apreté la mandíbula. No podía perder otra vez. Devolví mi atención al problema, forzando mi concentración hasta que la solución se abrió paso con claridad en mi mente y comencé a resolverlo con rapidez.

—¿Alguien tiene la solución del segundo problema? —preguntó, al cabo de unos instantes, la señorita Rivers, alternando la mirada entre Alexandra y yo, los únicos capaces de enfrentarnos a aquel pequeño infierno.

—Estoy a punto… —murmuré, conteniendo la frustración.

—¿Y tú, Alexandra? —inquirió la profesora con un deje casi retórico, como si la respuesta fuera evidente.

—La tengo —respondió ella con una serenidad que me resultó insoportable.

Por supuesto que la tenía.

—Sal a la pizarra y expón el resultado.

Si las miradas matasen, aquella especie de cerebrito con cicatriz habría caído fulminada en ese mismo instante. Pero, como por desgracia no disponía de semejante poder, se levantó con total tranquilidad y se dirigió a la pizarra.

Expuso el problema con una precisión impecable, desgranando cada paso con una claridad casi irritante. Nadie, salvo yo, parecía prestar verdadera atención; eran los últimos minutos de clase y el resto solo pensaba en marcharse.

Cuando terminó, dejó el bolígrafo sobre la bandeja y regresó a su asiento.

Antes de sentarse, me lanzó una mirada breve, sutil, con un matiz inconfundiblemente burlesco.

Apreté la mandíbula. Definitivamente, aquella chica no tenía la menor intención de ocupar el lugar que teóricamente le correspondía dentro del St. Thomas.